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La despedida: ‘Rolf en los bosques, las aventuras de un Boy Scout’.

Qué curioso título, ¿verdad?

Efectivamente, como habréis intuido se trata de un libro. Uno de los libros publicados por Ernest T. Seton acerca de la vida en la naturaleza. Éste lo publicó concretamente allá por 1911, cuando era el Jefe de los Boy Scouts de América, y a pesar del título … pues no va de ningún boy scout. O por lo menos no de un scout oficial.

La historia está ambientada en la época de la Guerra Anglo-Estadounidense de 1812, así que difícilmente podría haber uno. Pero sí que trata de un muchacho (Rolf) quien, como ocurre en “Dos pequeños salvajes” (otra de sus obras y de las que os hablé en este otro artículo), es maltratado por la figura paterna, a imagen y semejanza de lo sufrido por el mismo Seton durante su propia infancia, y cuenta con las virtudes y conocimientos de un prototipo de scout.

Seton

En este caso el muchacho conoce a un auténtico y solitario Indio, Quonab, y a su fiel perro Skookum y, fascinado por lo que éste le enseña, se escapa a vivir con él. Posteriormente, ante la oposición de los habitantes de la zona a la interacción entre un chico blanco de 15 años y un indio, se marchan del lugar hacia los bosques del norte.

Allí emprenden una verdadera vida de tramperos, llena de aventuras y enseñanzas proporcionadas por el buen Quonab, quien educa física, técnica, moral y espiritualmente al muchacho en las mejores virtudes de los antiguos indios. Rolf acaba aprendiendo tanto que su mentor le llega a reconocer con el nombre indio de Nibowaka, ‘el sabio’.

La historia es deliciosa, llena de todo el saber de los habitantes del medio natural, y abarca la vida de ambos: sus aventuras como buscadores y comerciantes de pieles…y sus vivencias durante el conflicto mencionado, hasta llegar a la madurez de Rolf, quien se convierte en hombre y político de prestigio, superando la educación recibida y aunándola a su condición de hombre blanco civilizado.

Pero en realidad no vengo a contaros toda esta historia sino más bien a trasladaros los sentimientos expresados por Quonab, hacia el final del texto. Sentimientos que me hicieron reflexionar sobre el inevitable paso del tiempo y los cambios que éste conlleva.

El paso del tiempo había guiado a los dos amigos por senderos diferentes, lejos de aquella vida aventurera en plena naturaleza de los primeros años, y sus visitas se espaciaban cada vez más hasta que:

El viejo Quonab era cada vez más consciente de que sólo se encontraban en el pasado’ (Cuántas veces nos ocurre esto mismo en la vida. Nuestra relación con muchas de las personas que pasaron por ella nos lleva a tenerles un aprecio especial, una confianza basada en algo que sucedió tiempo atrás, pero en realidad nuestros senderos se alejaron tanto que tenemos ya poco en común con ellos. Realmente cuando nos encontramos en el presente…nos reunimos con ellos en el pasado).

Su respeto por Nibowaka había crecido hasta convertirse casi en adoración, y aun así sabía que sus caminos tenían cada año menos en común. Rolf le había sobrepasado. De nuevo estaba solo, como en el día de su encuentro. Sus años le habían conferido cierto conocimiento, y era consciente de que los tiempos estaban cambiando, y que el suyo era el de los días pasados.’

“Mía es la sabiduría de los bosques”, decía, “pero los bosques se van con rapidez. En pocos años no habrá más árboles, y toda mi sabiduría será una fatuidad. En esta tierra existe ahora algo grande y fuerte llamado ‘comercio’, que devorará todas las cosas y a las mismas personas.

Tú, Nibowaka, eres lo suficientemente sabio para remar en la corriente, y has virado para poner a ese gran gigante de tu lado, y su poder te está haciendo grande. Pero esto no es para mí, puesto que sólo tengo lo suficiente para comer, y para dormir cómodo, y me contento con ver amanecer”.

Aquellas palabras me impactaron. El reconocimiento por parte de alguien que poseía tal dominio del medio natural que jamás había necesitado ninguna otra cosa para vivir, de su imposibilidad de poner freno al desarrollo…me sobrecogió.

No importaba que Quonab fuera capaz de leer todos los signos del bosque, moverse en su propia canoa por los arroyos y lagos, que pudiera buscarse cobijo y hacerse un fuego con lo que el medio natural le ofreciese, que poseyera la fuerza y la astucia necesarias para cazar cualquier animal que llevarse a la cazuela, que conociese remedios naturales para sanar enfermedades…todo aquello ya no servía de nada en el nuevo mundo.

Las guerras indias aún no habían tenido lugar, pero aquel modo de vida estaba irremediablemente condenado. Por una simple cuestión de lógica evolutiva: el hombre blanco era capaz de llevar un estilo de vida con el que sacaba el máximo partido a los recursos de la naturaleza. Cultivaba su tierra, araba sus campos, criaba su ganado, sus abejas. Hacía diques y presas, encauzaba las aguas para llevarlas donde quería, construía caminos y puentes….

Todo eso parece una nimiedad, pero le permitía crecer y multiplicarse a un ritmo vertiginoso en un territorio relativamente pequeño. Los indios por su parte eran mucho más respetuosos con el medio natural, simplemente tomaban lo que necesitaban, pero su forma de vida exigía grandes extensiones de terreno para que un pequeño grupo humano saliese adelante…y aquello les dejaba en inferioridad de condiciones. Era inevitable que los indios acabasen siendo “engullidos” por el hombre blanco, aunque la manera en la que sucedió fuese trágica.

En todo caso debemos huir de estereotipos del “buen salvaje”. Sí, los indios también tenían sus defectos como todos los seres humanos. Su mayor debilidad era su propio enfrentamiento, la inexistencia de una conciencia de grupo. Eran simplemente tribus, muy vengativas, opuestas unas a las otras y que salvo al final del todo, jamás pelearon juntos contra los invasores.

Porque ellos eran enemigos entre sí. Incluso hasta el punto de que muchos servían de guías y de apoyo a los blancos si se trataba de fastidiar a la tribu rival: “el enemigo de mi enemigo…es mi amigo“. Incluso en las mismas tribus había grupúsculos y constantes rencillas entre ellos. No, aquella NO era una cultura de unión. De hecho ellos mismos se desplazaban y quitaban territorios unos a otros constantemente.

Sus rituales de iniciación, de valor y de guerra, que tanto impactaron a personajes como Baden-Powell y que le parecían un ejemplo a la hora de forjar el carácter de los muchachos… nos resultan de lo más cruel hoy en día.

Porque el mundo ha cambiado y sigue cambiando a un ritmo vertiginoso. Los patrones por los que lo medimos también cambian y lo que antes se aceptaba como virtud, hoy es tachado de inaceptable.

Las viejas técnicas empleadas por los pioneros y habitantes de los bosques, debido principalmente a la sobrepoblación y sobre-explotación de recursos, han pasado a considerarse agresivas con el medio ambiente, hasta el punto de que muchas no pueden ser utilizadas como la herramienta educativa que una vez fueron.

Hoy en día no puede talarse un árbol para hacer un refugio, o cortar las ramas de un abeto para procurarse una cama de tallos, o arrancar juncos o esparto para hacer una esterilla tejida en un improvisado telar de campamento, ni encender una hoguera, ni lavarse en un río, ni excavar una letrina tradicional o un pozo de desperdicios.

De hecho el manejo de herramientas por parte de los chicos se contempla casi como una temeridad. Tampoco se permiten cocinas que no estén escrupulosamente autorizadas desde el punto de vista sanitario, ni cualquier actividad que pueda suponer el más mínimo riesgo para los participantes… y cuando todo el riesgo es medido y pesado no existe la incertidumbre… ni la aventura. Se convierte en una actividad lúdica del estilo de un gran parque de atracciones o multiaventura.

No. Las condiciones son tantas que nos vemos obligados a prescindir en la práctica de su verdadera utilización para formar el carácter de los chicos. Cuanto más desarrollado es el país… mayores son las restricciones de todo tipo.

Y el caso es que muchas veces vemos una doble vara de medir, y se permiten actividades que suponen una evidente presión para el medio natural o un riesgo sin que nadie diga nada… normalmente porque hay dinero o propaganda de por medio, o modas a las que se apuntan los políticos de turno.

Y así vemos carreras de montaña multitudinarias, competiciones ciclistas de todo tipo por senderos naturales (con los corredores tirando todo tipo de envases y otras porquerías por todas partes), marchas de senderismo con miles de participantes, carreras en las que toman parte cientos de botes o piraguas, pistas de esquí en valles paradisiacos, hoteles en enclaves increíbles, turistas por centenares de miles, deportes de verdadero riesgo donde todo está pesado y medido… pero que generan ingresos económicos, que a la postre son los que mueven el mundo de hoy.

Todos los senderos tradicionales están señalizados, incluso hasta el punto de indicar desniveles, grados de dificultad o dónde se puede ver un paisaje. Caminar por la naturaleza ha dejado de ser algo aventurero y se ha convertido en algo pautado y señalizado como en una gran ciudad, aunque más exigente.
Todo está preparado para ser consumido y fotografiado por los participantes en una exhibición hedonista y egocéntrica sin parangón.

Sí, a veces me ocurre como a aquel indio que imaginaba el bueno de Ernest Seton... y me doy cuenta de que mi tiempo ha pasado. Que ya sólo me quedan los recuerdos y enseñanzas que, como las de Quonab, ahora sólo son una fatuidad.

La aventura que se propone hoy es tan distinta a la que yo disfruté que parecen actividades completamente diferentes. Así que creo que dejaré el mundo girar y de ahora en adelante me dedicaré a observar más y a predicar menos.

Gato legendario (2020)

El de arriba soy yo…para que podáis poner una cara al que estuvo detrás de estos ratos. Ha sido un placer compartir este espacio con todos vosotros durante todos estos años. Espero que al menos les haya servido a algunos para aprender algo de nuestro pasado de lo que sacar algún partido…o simplemente entretenerse.

Por mi parte no me resta más que desearos… ‘Buena Caza’.
Hasta siempre.