“No existe un solo muchacho realmente malo”… ¿todo el mundo es bueno?

¿Os suena esto verdad?

Esta frase ya os la traje a este espacio cuando os hablé del Padre Flanagan y su “Ciudad de los Muchachos”. El famoso (por la serie de películas que inspiraría) sacerdote irlandés estaba convencido de que la delincuencia infantil y juvenil procedía principalmente de una educación y un ambiente deficientes en amor, ejemplo, y especialmente en responsabilidades, y que la práctica del autogobierno de los mismos (que se llevaba a cabo en sus “Ciudades de Muchachos”), les otorgaría esa responsabilidad capaz de reconducir su carácter, su personalidad.

La ‘Granja Scout’ y la Ciudad de los Muchachos

Pues bien, el otro día, en una página Scout de facebook, me volví a topar con una idea similar. En ella se posteaba una frase que afirmaba que ningún niño tiene malicia, que esta se aprende de los adultos.

No pude evitar dejar mi opinión al respecto, y como me pareció un tema interesante os lo presento hoy aquí.

“Pues a nosotros nos parece muy correcta esa afirmación. ¿Es que no es cierto que los chicos son esencialmente buenos y toman lo malo de los adultos y su entorno?”

Es que ese debate es realmente muuuuuy antiguo. Recuerdo que cuando estudiaba Filosofía en el instituto era uno de los temas clásicos. Por un lado estaban los partidarios de Hobbes, que afirmaba que el hombre es malo en su naturaleza y que sólo la civilización lo domestica… y por otro los partidarios de Rousseau, que decía todo lo contrario: el hombre es bueno en su esencia pero se pervierte en la sociedad y por la educación recibida.

“¿Y quién estaba en lo cierto?”

Pues me consta que la mayoría de la gente cree de buena fe que “todo el mundo es bueno”. El mito del “buen salvaje” establecido por Rousseau está implantado en gran parte de la sociedad, que piensa que en su estado natural el hombre es un ser bastante inocente y sin maldad. Que es la influencia de la falta de atención, de una deficiente educación, del abuso paterno, o de la “sociedad”…lo que hace que los inmaculados infantes se perviertan.

Recuerdo que un día, en medio de una sesión de fisioterapia (mi profesión), salió la cuestión con un paciente que pertenecía a un Cuerpo de Seguridad del Estado. Su respuesta fue categórica: “Juanjo, si tu hubieses visto los casos que yo veo a diario sabrías que hay gente mala. Malvada de verdad, en sus adentros. Y sin motivo aparente.”

Lo cierto es que muchas veces tendemos a despojarnos de nuestra parte animal y por eso llegamos a conclusiones peregrinas.

Está claro que todos nacemos con una personalidad y unos talentos, y que estos se irán modelando parcialmente por el entorno…PERO LA BASE ESTÁ AHÍ.

No tenéis más que observar la naturaleza y os daréis cuenta de esa realidad. ¿O no habéis visto nunca una camada de gatitos pequeños? Son todos hijos de la misma madre y reciben la misma influencia al mismo tiempo…pero sus condicionantes genéticos les hacen completamente distintos: tendréis al miedoso, que apenas se separa de su madre, al revoltoso, que se pasa el día mordisqueando y peleando con sus hermanos, el aventurero…que gusta de salir a explorar cada vez más lejos y meterse en problemas….todos son muy diferentes con la misma ‘educación’.

Esto mismo es lo que viene afirmar un Catedrático de Psiquiatría, el Dr. Adolf Tobeña, basándose en los últimos estudios genéticos y neurocientíficos: “Existen unos resortes biológicos que disparan la predisposición a un comportamiento asocial y amoral”.

Y es que los científicos han encontrado centenares de genes identificados por su propensión a la maldad: “Hay genes implicados en la propensión a la irascibilidad, en la agresividad física reiterada o en la insensibilidad hacia el dolor ajeno”.

Y cita como ejemplo el gen MAO-A, presente en las personas más impulsivas y temerarias. Este gen bloquea el sistema de serotonina en el cerebro que es uno de los mejores frenos ante reacciones poco meditadas.
En todo caso su conclusión es obvia: el malo nace malo.

“¡Anda ya! ¡Eso nos parece una exageración!”

Pues según este prestigioso profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, existe un porcentaje (que cifra en aproximadamente un 5%) de personas que ya vienen ‘de fábrica’ con una propensión muy dañina. Ya en las guarderías dan muestras evidentes de esto, al igual que existe un porcentaje (sobre el 20%) que son absolutamente bonachones por naturaleza.

El Dr. Tobeña explica en su libro, “Neurología de la maldad”, que los factores ambientales influyen muy poco en ese 5% comentado. De modo que por desgracia estamos condenados a sufrir a los desaprensivos por mucho que intentemos mejorar nuestro sistema educativo y el control parental.

Pero, y esto también lo refleja el estudio, también hay una gran mayoría de individuos que sí son susceptibles de ser influenciados, de manera positiva o negativa, por el entorno, y por tanto será sobre esa gran parte sobre la que tengan sentido tales políticas educativas. El porcentaje de ‘maliciosos’ será indudablemente mayor si no los formamos adecuadamente y los ponemos bajo influencias adecuadas.

“Entonces ¿sí que existe una influencia externa?”

Pues evidentemente sí. Bien sea parental, social, cultural…

Esa influencia cultural es muy evidente por ejemplo en los comportamientos “novedosos” que se producen ahora entre las chicas. La tendencia a copiar patrones negativos de la masculinidad, modelo que por algún motivo han adoptado como su aspiración, las lleva a mostrar una agresividad que antes no se daba. Y no sólo agresividad…también un vandalismo antes impensable. Por desgracia cada día es más frecuente ver agresiones y maltrato entre compañeras en la misma escuela.

Evidentemente una formación adecuada a la hora de manejar nuestros impulsos se revela imprescindible. En la mayoría de individuos, como hemos visto, tendrá unos resultados muy positivos.

Aunque hemos de ser conscientes de que somos “química pura”. Nuestras hormonas controlan muchas de nuestras acciones (nuestra manera de sentir, nuestro estado de ánimo y nuestros actos se ven absolutamente condicionados por las hormonas), y el ejemplo lo tenemos en los casos en los que las descargas hormonales son más evidentes, por ejemplo durante el ciclo menstrual o tras el parto en el caso de las mujeres.

“¿Dónde quieres ir a parar?”

Pues que si durante la edad adulta ya es difícil manejar esas variaciones…imaginaos en pleno desarrollo juvenil, momento en el que el auto-control no es precisamente su fuerte. La prueba de esto la tenemos en el número de embarazos no deseados en una época en la que la información es mayor que nunca.

A veces queremos creer que la educación lo solucionará todo… y lo cierto es que nos topamos contra el muro de la química y la naturaleza que dan al traste con nuestras esperanzas.

Se revela por tanto necesario enseñar a prevenir situaciones potencialmente peligrosas.
Me refiero a que los jóvenes sean conscientes de que si llevamos al otro a un punto determinado… puede que no sea capaz de reaccionar como esperamos.

De hecho muchos especialistas en psiquiatría (como Daniel Ventura) afirman rotundamente que cualquiera puede tener un comportamiento negativo o anti-social si se le pone en unas condiciones extremas que no sepa manejar. Y no se tratará de un monstruo, ni un psicópata. Será tan sólo un humano puesto en condiciones en las que su lado animal, estimulado por una descarga hormonal y química concreta, se impondrá a su raciocinio.

Y eso lo vemos todos los días en actos atroces en los que ninguno de los que conocían al implicado se explica cómo esa persona amable y tranquila pudo comportarse así.

Una sólida educación moral (y/o religiosa), en la que se trabaje la capacidad de ponernos en lugar del otro antes de actuar, podrá actuar como cortafuego en muchos de esos casos. En el resto nos seguiremos preguntando cómo ese chico (esa persona) fue capaz de…

Y ahora… ¿seguís pensando que “todo el mundo es bueno”?

1 Respuestas a ““No existe un solo muchacho realmente malo”… ¿todo el mundo es bueno?”


  • Repito lo dicho hace algunos años en un artículo de mi blog, “La ingenuidad es un lujo caro”:

    Como responsables de vidas humanas, vidas jóvenes, no podemos jugar al ingenuo y suponer que todo saldrá bien sin nuestra supervisión constante y directa; no debemos confiar sola ni ciegamente en la bondad del método institucional, la virtud de sus valores ni en la profundidad con que los hemos sembrado en la conciencia de los chicos: antes que seres conscientes, son seres de pulsión: son muchachos y, por eso mismo, son capaces de hacerse mucho daño.

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