Un relato acerca del fútbol… ¿y el escultismo?

No.

No voy a comenzar un debate sobre si es conveniente o no jugar al fútbol durante las actividades al aire libre que realizan los scouts.

En realidad sólo quiero traeros una historia que llegó a mi por casualidad y que me dejó pensativo.

Así que sin más preámbulos aquí os la dejo para que la leáis con detenimiento. Y os advierto que cualquier parecido con la historia de otras actividades… es pura coincidencia, je, je.

“Ahora que estoy llegando al final de mis días, a mediados de este siglo XXI, me vienen a la memoria los gloriosos recuerdos de mi juventud y no puedo evitar sentir una profunda tristeza al contemplar cómo lo que fue una de mis principales aficiones, el deporte del fútbol, se ha transfigurado hasta el punto de resultar irreconocible.

El momento crítico de esta transformación tuvo lugar a finales del primer cuarto de esta centuria, cuando las mentes pensantes de las nuevas corrientes pedagógicas, y aquellos que ostentaban el poder, comenzaron a concebir ideas peregrinas referentes a lo que era mi pasión, en pos del progreso y la necesaria evolución.

Aquellas ideas hubieron de contar necesariamente con una fuente de amplificación descomunal, capaz de manipular la voluntad de las masas sin casi resistencia, en forma de poderosos medios de comunicación y de unas redes sociales descontroladas.

Creo que jamás sabremos de quién partió la idea. Probablemente no fue algo que ocurriese de la noche al día, sino poquito a poco… y no nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Al principio fueron pequeños detalles, como el de prohibir el contacto del balón con la cabeza para evitar que los chicos más pequeños pudiesen sufrir la más mínima conmoción.

Le siguió una corriente que consiguió que durante los partidos el público se mantuviese en silencio como signo de respeto y para no desconcentrar a los jugadores, siguiendo el ejemplo del tenis.

Y finalmente vino la intervención de aquellos pedagogos que vieron en aquel deporte de amplia aceptación, en aquel divertido juego, la posibilidad de ser utilizado como magnífico y novedoso sistema educativo en valores.

En realidad no fue extraño que llegasen a esa conclusión:
-Un juego aceptado por una enorme masa de niños y adolescentes y de gran arraigo social.

-Un juego, en el que se estimula el esfuerzo personal y el crecimiento individual. En el que se potencia la necesidad de realizar un trabajo duro por el bien común, el del equipo.

-Que fomenta el espíritu de grupo, la convivencia, la solución de las tensiones y problemas que conllevan los lances del juego, los resultados deportivos y los egos personales.

-Una disciplina que potencia la imaginación, la creatividad, el esquema corporal, la habilidad, el desarrollo físico, la salud….

-Una actividad que aboga por los valores del juego limpio, del espíritu deportivo, del ganar en buena lid, del respeto al contrario…

…. ofrecía un marco fantástico en el que trabajar una educación de cara a conseguir ciudadanos responsables y llenos de valores positivos.

De modo que en las escuelas de fútbol base se comenzó a trabajar el nuevo esquema. Esquema en el que, a los entrenamientos y partidos convencionales, comenzaron a sumarse otras actividades que permitían cubrir aspectos adicionales que convenía estimular, y que fomentaban la convivencia de los muchachos. Muchas de ellas comenzaron a desarrollarse en locales cerrados.

También se implementaron elementos de otros esquemas que contribuyeron a incrementar el espíritu de grupo, como un código de honor al que todos se adherían al ingresar y un grito/lema de los distintos equipos.

Seguidamente se comenzó a promover un trabajo mixto en las mismas. Las chicas debían tener las mismas oportunidades y lo ideal era trabajar desde la base con ambos sexos. Esto ayudaría necesariamente a que aprendieran a respetarse, a convivir los unos con los otros y a eliminar los roles presuntamente establecidos por la sociedad.

La evidente barrera física, más notoria conforme los chicos se hacían mayores, se salvó repartiendo necesariamente los sexos al 50% y reduciendo la competitividad en el juego. Lo importante era el espíritu de juego, los valores, quitando toda importancia al resultado.

Las escuelas promovieron la creación de varios equipos para que los chicos se esforzasen en superarse los unos a los otros y redujeron los tamaños de los equipos a 8 componentes para optimizar el control de los responsables y el mismo funcionamiento de los grupos.

El nuevo esquema les parecía fantástico, pero al quitarle la competitividad natural el juego quedó absolutamente descafeinado. Sin el aliciente de ganar o perder muchos empezaron a no verle la gracia y abandonaron los grupos. Sin embargo otros gustaban de la convivencia y de las actividades complementarias y el número de participantes se mantuvo.

Algunos rebeldes abogaron por seguir manteniendo el juego tal y como se concibió en sus orígenes pero fueron tratados como renegados y retrógrados. La presión social y administrativa los relegó a un papel muy minoritario.

Aquellas escuelas condicionaron el desarrollo del juego en los niveles superiores. El esquema se acabó estableciendo en las diversas competiciones nacionales e internacionales y se expandió como la pólvora por todo el globo.

Pero diversos factores tuvieron una incidencia mucho más trascendental.

La sobrepoblación de las ciudades, fruto del abandono del medio rural y de la explosión demográfica, unida a un proteccionismo demencial y una pusilanimería sin límites, llevó al progresivo abandono de los terrenos de juego en campo abierto.

Se comenzó potenciando el uso de la tecnología en las tardes de invierno y los días lluviosos. Los chicos estaban encantados de jugar interconectados por medio de aquellas modernas consolas de realidad virtual que les permitían disfrutar sin necesidad de experimentar fatiga…ni contacto de ningún tipo.

Los padres también estaban más tranquilos. Adiós a que sus hijos jugasen con frío o calor, a los riesgos de enfriamiento o deshidratación, a los golpes de calor, a los esguinces, distensiones, luxaciones, contusiones y fracturas. Además así no había diferencia física alguna entre chicos…ni entre chicos y chicas. Todos partían con las mismas armas.

Los amplios terrenos de juego fueron pasto de las grandes constructoras en su gran mayoría. Su ubicación en los núcleos urbanos, o en su periferia más próxima, los hacía ser muy deseados para ubicar nuevos edificios que alojar a tantas personas. Poco a poco fueron desapareciendo.

La actividad física sustitutiva pasó a realizarse mediante juegos en locales y salas de ejercicio bien pautado y guiado, impartidos por profesionales que minimizaban todo riesgo. De esta manera la imagen de chiquillos vestidos de corto con un balón bajo el brazo pasó a ser una rara estampa propia de tiempos pasados.

De cuando en cuando se organizaban excursiones a algunos de los campos que se conservaban, normalmente bastante alejados, a fin de que los chicos conociesen los orígenes del juego y experimentasen las sensaciones del mismo. Sin embargo aquellos muchachos, educados desde pequeños en aquel mundo virtual, ya no eran capaces de disfrutar de aquel medio en el que se sentían incómodos. En el mundo real no podían realizar los malabarismos que hacían en sus consolas, y además era inevitable sufrir golpes, sudar y fatigarse. No, aquello les resultaba arcaico y preferían sin duda su moderno mundo.

Aquellos que osaban levantar la voz argumentado que aquello había conseguido desvirtuar el fútbol, que ese ya no era el juego original, eran silenciados por el estamento dominante respondiéndoles que el nuevo sistema había logrado muy buenos resultados y que lo importante era que se mantenía el espíritu de grupo, la integración y el código de valor de aquel “deporte”, además de ser infinitamente más seguro.

Se los tachó de retrógrados, de no querer evolucionar y de ignorar que los tiempos y las necesidades de los muchach@s son cambiantes y que no se podía pretender que lo que había servido durante el siglo XX siguiese sirviendo igual bien entrado el XXI.

Ahora, las ‘viejas glorias’ como yo, sólo podemos soñar con aquellos días de júbilo. Asistimos impotentes a los cambios impuestos y nos contentamos con almacenar todo tipo de recuerdos y grabaciones de nuestros tiempos dorados y compartirlos con aquellos que, como yo, un día fuimos jugadores de aquel divertido juego que llenó de ilusiones, amigos y valores nuestra juventud… llamado fútbol”

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo?

Porque este relato ficticio puede resultar excesivamente forzado o artificioso, pero intuyo que MUCHOS, sino todos, habéis tenido la sensación al leerlo de que algunas de las cosas que en él se cuentan las hemos podido experimentar en otro esquema… de cuyo nombre no quiero acordarme.

Comparte con otros... Share on Facebook
Facebook
0Tweet about this on Twitter
Twitter
Print this page
Print
Email this to someone
email

1 Respuestas a “Un relato acerca del fútbol… ¿y el escultismo?”


Añade un Comentario