El Campamento de los Águilas. Capítulo 8: Los Juegos Mapuche

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Ver izar el Banderín de los Tigres nos confirmaba lo que charlamos la noche anterior. Los Panteras todavía comandaban el Concurso con 289 puntos pero este nuevo logro de los Tigres ponía a las dos Patrullas cabeza a cabeza en la lucha por el Primer Puesto, ya que habían reunido 286 puntos. ¿Nosotros? Terceros, cómodos, con 250.

Los Juegos Mapuche, capítulo 9 de El Campamento de los Águilas, libro de Pedro Navarro

La actividad del día, el noveno del campamento, se basaba en una Olimpíada a la que llamamos los Juegos Mapuche.

-Mapuches, Jorge- Ramiro, junto a José Luis de los más leídos de la Unidad, no dejaba pasar nada que no lo conformase. –Si son “juegos”, son “mapuches”…

-Para nosotros, que hablamos español y podemos expresarnos en singular o en plural sí, es correcto decir, por ejemplo, “juegos” “argentinos”. Pero el idioma mapuche no tiene plural, no existe. Por eso no es correcto decir “mapuches” ni “pehuenes”, Puede decirse “un mapuche”, “dos pehuén”, pero nunca en plural.

Jorge siempre tenía una explicación para cuanta duda se nos apareciera. Era todo un personaje; y lo mejor es que cuando no sabía algo, o no estaba seguro de la respuesta, lo decía sin amagues. Por eso, cada vez que nos daba una explicación su palabra adquiría el rango de palabra santa.

-¿Les cuento sobre los Juegos?

Distintas destrezas indias iban a ser el centro de varias competencias a realizarse en forma individual y por Patrulla. Cada destreza tenía que ver con la vida del mapuche: sus costumbres, pasatiempos, la manera en que cazaban o recolectaban el fruto de su alimentación.

Con anterioridad al Nucal Lanín aprendimos y conocimos muchas cosas de los primeros habitantes de estas tierras, incluso trajimos de casa algunos elementos que nos servirían en lo que tendríamos que preparar durante el día para competir.

Realizaríamos un torneo de “Palin”, que para los mapuche era lo mismo que hoy, gracias a indios (de la India) e ingleses, conocemos como hockey. ¿Será que la garra de nuestras “Leonas” tiene su primer antecedente en la pasión que el mapuche ponía en el juego del palín?

La Patrulla tenía que confeccionar, para cada patrullero, un palo de palín. Había que realizarlo con caña colihue y podíamos colocarle en un extremo un pequeño taco clavado para lograr golpear mejor la bocha.

Realizaríamos una “Levlevtun”, una carrera pedestre, de la que eran muy amante el mapuche. Esta competencia se correría en el camino de autos. También tendríamos tiro al blanco con arco y flecha, por lo que habría que construirse un arco y varias flechas, todo en caña colihue.

Intentando imitar a quienes fueran los inventores de un arma única y completamente original, llevaríamos a cabo una competencia de lanzamiento de boleadoras. Utilizaríamos dos tipos de boleadoras (traídas por los dirigentes), de una y de dos bolas.

Recordando la importancia del piñón del pehuén realizaríamos el juego de su recolección, viviendo el momento en que el mapuche recolectaba el fruto de la araucaria, alimento nutritivo y apetitoso.

Una carrera de balsas, que me parece sería la prueba más difícil… había que construir las balsas (sería la primera vez que construiríamos una) y luego, por supuesto, la carrera propiamente dicha.

Además, se realizaría algo que para nosotros parecía un tanto extraño, algo que no era para cualquiera: un concurso de oratoria. Dicen que la prueba del mapuche para demostrar que ya había dejado de ser un chico, que se había convertido en un hombre, y que comenzarían a tratarlo como tal, era una prueba de oratoria ante su “lonco”, su jefe o cacique.

Toda la competencia estaría condimentada con el uso de vestimenta mapuche y con un Fogón muy especial en donde representaríamos historias y leyendas del pueblo mapuche que, gracias a nuestro ingenio, serían creadas por nosotros.

Vinimos preparados desde Mar del Plata con varias ideas, ropas y material de distinto tipo, pero no sabíamos exactamente cómo serían los juegos. Es por ello que durante la mañana Jorge y Cacho nos dieron todos los detalles necesarios y cada Patrulla se puso a trabajar preparando sus implementos como mejor pudo.

Después de comer iniciamos los Juegos. Cada competencia, individual o por Patrulla, tenía un puntaje que variaba de acuerdo a la naturaleza de cada una de ellas. El Lonco (Jorge) y el Machi, el hechicero (Cacho) que estaban vestidos como tales, eran quienes dirigirían los Juegos y nos irían informando antes de cada prueba el puntaje a repartir.

Si los Águilas queríamos ganar el Concurso de Puntos teníamos que hacer un muy buen papel. Los Tigres nos llevaban 36 puntos y los Panteras 39. En los dos días que restaban hasta la finalización del campamento también teníamos la posibilidad de sumar otros puntos extras: las formaciones, el Juego del Zorro y si hubiera, alguna Inspección sorpresa. Pero, en todo caso, para guardar alguna esperanza de triunfo teníamos que hacer un buen papel en los Juegos.

El Lonco dio por iniciados los Juegos luego de que el Machi dirija una “romanceada”: algo así como una canción o recitado de las Tribus que sirve como preparativo para los momentos más importantes o significativos del pueblo.

Las Patrullas nos habíamos convertido en Tribus. Cada Tribu tenía el nombre de su animal emblema pero en mapuche, si bien hubo una excepción con los Panteras porque para este animal el idioma mapuche no tiene traducción; por ello los Panteras pasaron a ser la tribu Pangui (Puma o león) Los Tigres la tribu Nahuel (que es el yaguareté) Y los Águilas la tribu Calquín. Cada Tribu tenía su distintivo; el nuestro era un collar de “plumas” de águila.

-La recolección de piñones- explicaba el Lonco. –Vale 10 puntos para quien junta más piñones; los segundos ganan 5 puntos y 2 el tercero.

En la Gran Araucaria del campamento había colgados varios globos, cada uno atado mediante un hilo. Ayudados por una “lanza” había que descolgar el “piñón” cortando el hilo. Cada mapuche disponía de un minuto; pasado ese tiempo sonaba el silbato y se intercambiaba el jugador. Las tres Tribus jugaríamos a la vez, siendo el final del juego el momento que no hubieran más “piñones” que recolectar.

Parecía sencillo… hasta que tenías la lanza en la mano e intentabas cortar el hilo, ahí sí que se ponía difícil. Además, había que tener cuidado de que no se te reviente ningún piñón, porque ese no tenía valor para la cuenta final… fue muy entretenido.

-Realicemos el recuento de piñones- el Machi llamó a cada Tribu y contó en voz alta los piñones que recolectó cada una.

-Primer puesto, 5 puntos, la tribu Nahuel. Segundos Pangui y terceros los Calquín, que este invierno me parece no comen piñones…

Para nosotros la recolección no fue nada buena, pero ahora venía el tiro al blanco con arco y flecha; durante la mañana, cuando confeccionamos los arcos, estuvimos practicando mucho y acertamos bastante. Nos teníamos fe.

Para este juego teníamos tres blancos distintos. Cada blanco estaba a una altura y a una distancia diferente. El primer blanco era el más lejano y estaba ubicado sobre un árbol, a unos 5 metros de alto. El segundo sobre una piedra a unos 30 pasos de distancia. El tercero directamente en el suelo, a 20 pasos.

¡Los Calquín un desastre!

En la prueba individual, donde había puntos para los tres primeros, ganó Rikki, de los Pangui, siendo segundo y tercero Mario y Ernesto de los Nahuel. En la puntuación por Tribu se invirtieron las posiciones: ganó Nahuel, segundo Pangue y tercero, claro, nosotros. En total, 9 puntos Nahuel, 8 Pangui y… ¡1 punto Calquín!

-Con esto hay que tener cuidado- nos decía el lonco Jorge mientras mostraba las boleadoras y hacía una pequeña demostración.

Las había de dos tipos. La de una bola, que había que lanzarla y estrellarla contra un blanco de tapas de latas de durazno; y la de dos bolas, que luego de ser lanzada debía enroscarse en un tronco que teníamos clavado al suelo.

Todos lanzamos las boleadoras. Y casi todos erramos. Los pocos que pegaron o enrollaron fueron los que se alzaron con los puntos en juego. Nosotros mejoramos un poquito, pero nada del otro mundo: Rikki y Oscar, de la Pangui, primero y segundo. Nuestro Calquín Marcos tercero. Los Pangui repetían el triunfo por Tribu y nosotros fuimos segundos. En la cosecha final los Pangui ganaron 13 puntos, los Calquín 4 y los Nahuel 1.

Una mejoría, pero todavía estábamos lejos.

Se acercaba la hora de la merienda. Antes teníamos la competencia del Levlevtun, la carrera pedestre. Aquí teníamos confianza en ganar. Adrián era un gran corredor, muy rápido, y era uno de los favoritos, si bien sabíamos que enfrente estaba Félix, otro corredor muy veloz.

Participaban tres corredores por Tribu. Cada uno en una serie diferente. Los tres ganadores de las series pasaban a al a final. Podía darse el caso de que los tres finalistas fueran de una misma Tribu.

En la primera serie corría nuestra carta ganadora, Adrián. Enfrentaba a Saborido Grande de los Pangui y a Miguel de los Nahuel. Ganó Adrián con total comodidad, casi sin esfuerzo.

La segunda serie fue idéntica a la primera. Con el triunfo de Félix que derrotó a José Luis y a Pablito.

La tercera serie fue, sin dudas, la más emocionante, porque fue la más pareja. Aquí tuvimos una grata sorpresa, porque calladito y sin que lo hubiéramos imaginado, ganó Marcos sobre Iván y Claudio. ¡Eso significaba que teníamos a dos Calquín en la final! ¡Y sumábamos con los dos!

La final fue sensacional. Nos desgañitamos alentando, gritando, empujando con el deseo de que las piernas vuelen por sobre el camino.

La señal de partida fue un silbatazo. Tomó la punta Félix con determinación. Adrián titubeó un poquito, medio que se sorprendió con la salida, pero apretó el paso para no quedarse atrás. Marcos, con amor propio y entrega, estaba decidido a no ser un corredor de relleno, quería ganar, y se lanzó a la carrera dispuesto a dar lo mejor de él.

La distancia a recorrer era de aproximadamente 80 metros. La misma distancia que según Jorge corría el mapuche. Una carrera evidentemente de velocidad, en la que había muy poquito tiempo para rehacerse ante un traspié.

Los Nahuel gritaban con voz al cuello todos juntos a un costado del camino. Nosotros, del otro lado, alentábamos a los nuestros acompañados de los Pangui, que querían nuestro triunfo para verse favorecidos en el puntaje final.

Félix traía un paso arrollador. A media carrera Marcos ya había dado todo lo que podía y comenzaba a rezagarse sin posibilidades de luchar por la delantera. Adrián seguía cerca, a la misma distancia que los separó el pique de partida.

-¡Ganás Félix, ganás! ¡No podés perder! ¡Fuerza! ¡Dale!- los Nahuel alentaban con vehemencia el medio triunfo de su Guía. Faltaban metros, apenas unos metros…

La cara de Adrián, transformada por el esfuerzo, demostraba que no se entregaba, que podía, que debía luchar poniendo hasta la última fibra de cuerpo. Comenzó a acercarse, estaba casi a la par, ya lo tenía…

-¡Corré, corré! ¡Dale, dale, dale! ¡Fuerza que lo pasás! ¡Dale, fuerza!

¡Ganó Adrián!

¡Qué carrera! ¡Qué final! Nos tiramos encima de Adrián con ganas de abrazarlo, levantarlo, felicitarlo… qué se yo… ¡era una emoción tan grande!

En eso lo vimos a Marcos. Que también nos emocionó. ¡Y cuánto! Marcos lloraba. No era el llanto de quien se hubiera golpeado o lastimado. No lloraba por tristeza o dolor. Lloraba con lágrimas de bronca. Él sabía que era muy difícil ganar, casi imposible, pero así y todo él corrió para ganar, quería ganar. Le dolió mucho no lograrlo.

La actitud de Marcos caló hondo en nuestros corazones. El pecho nos palpitaba con fuerza, con la misma fuerza que empleó Marcos entregándose sin límites. Los Águilas seguíamos vivos. Por el triunfo de Adrián, y por la actitud de Marcos.

-¡Muchachos! ¿Ven que podemos?- la competencia me ubicó donde debía y no dudé en asumir mi papel. -¡Hay que darle con todas las ganas! ¡Fuerza que podemos!

-¿Cómo va el puntaje?- preguntó Arturo.

-Según mis cálculos…- saqué la libretita donde llevaba anotado el puntaje y realicé las últimas sumas. –Tenemos 257 puntos, más 12 de la carrera, son 269. Los Panteras quedaron en 315. Con la carrera los Tigres sumaron 5, así que tienen… 308. ¡Todavía hay mucha diferencia!- terminé expresando inquieto.

-Pero el torneo de Palin duplica el puntaje- José Luis, como el jugador de ajedrez, ya tenía en la mente las jugadas por venir. –Y para el Fogón estamos bien preparados, y también da un montón de puntos.

Era cierto. Después de lo que nos pasó en el último Fogón nos habíamos propuesto poner mucha energía con el Fogón Final. Arturo, el más leído en cuestiones fantásticas, había creado una leyenda estupenda. En vestimenta íbamos a impresionar, estábamos seguros. La representación necesitaba los retoques finales, pero también sería un éxito.

La cancha de Palin fue construida en el terreno libre que existía entre nuestro Rincón y el mástil. El juego no se desarrollaría exactamente igual de la forma empleada por el mapuche; ellos, por ejemplo, no utilizaban arcos para convertir los tantos, la “pali” o bocha, sólo debía traspasar la línea de meta final. Nosotros utilizaríamos arcos; ésta era una de las adaptaciones que le haríamos en esta ocasión.

¡Qué maravilla la caña colihue! Mucha más fuerte y resistente que nuestra conocida caña tacuara servía para cualquier cosa. En el campamento las empleamos para hacer el mástil, los cercos y las portadas de los Rincones. Fue el material de mesa, bancos y alacenas. Todos los scouts buscamos y seleccionamos una caña para convertirla en bordón personal. Coco hizo un silbato y Héctor una flauta. Construimos la lanza, el arco y las flechas. Ahora, la empleábamos como taco de palín… ¡servía para todo!

De pelota teníamos bochas de polo que consiguió Jorge en el Club que está cerca de su casa, en Parque Camet. Una bocha de madera grande y liviana, especial para poder golpearla con precisión y sin necesidad de utilizar demasiada violencia.

Las reglas eran sencillas. Un arquero (el nuestro era Arturo) y cinco jugadores de campo. Todos jugábamos con un taco, que era con lo único que podía golpearse a la bocha, excepto el arquero, que estaba autorizado a utilizar los pies y los brazos, pero nunca “atajar” la bocha, es decir, no podía atraparla ni retenerla de ninguna manera.

Era muy importante respetar una regla especial: el taco no podía elevarse más allá de la altura de los hombros, por seguridad. Y cuando se corría había que hacerlo con el taco casi rozando el suelo.

El torneo se jugaba todos contra todos. Mediante sorteo se estableció el primer encuentro. Quien resultara derrotado de este partido jugaba en segundo término con el equipo que quedó libre en primera instancia.

-Con fervor… pero con cuidado. ¿Está claro muchachos?

-No se preocupe Jorge, a lo sumo terminaremos con algún dedo roto…- las sonrisas francas por la ocurrencia de Rikki nos libró de cualquier comentario.

-Bueno, espero que solo se trate de los dedos meñiques porque son los más chiquitos y duele menos… ¡Realicemos el sorteo!

Jorge nos presentó su gorra. Dentro de ella había colocado tres papelitos doblados. Dos de ellos estaban marcados. Los dos equipos que retiren los papelitos marcados serían los que jueguen en primer término.

El Lonco estiró la gorra roja. Metí la mano y retiré un papelito.

-¡Esperá! ¡No lo abras!- me detuvo Jorge. –Cuando los tres tengan su papelito en la mano lo abren.

Rikki y Félix sacaron sus papelitos. Los abrimos. El mío estaba en blanco, nos tocaba esperar y ver el partido entre los Pangui y los Nahuel.

El partido era trabado. Mucho roce y apretujarse. Todos querían agarrar la bocha a la vez, por lo que el juego en muchos momentos se convertía en una masa amorfa que iba y venía para acá y para allá de acuerdo a los caprichos de la pali.

De vez en cuando un tacazo bien pegado hacía que la bocha corriera un poco más libre, dando la ocasión de que algún atacante llegue primero a ella e intente una posibilidad de gol.

Así fue que vino el tanto de los Pangui: bochazo del montón hacia adelante; corrida de Iván, que al alcanzar la bocha la desplaza hacia adelante, se acomoda, le pega y… ¡gol! Pangui 1 Nahuel 0. Que fue el resultado final. Nosotros hubiéramos preferido el triunfo de los Nahuel, porque los Pangui estaban primeros en el Concurso, pero no se dio.

-Adrián y Spoletto, no se muevan de abajo- tomé la cinta de capitán y organicé a mi equipo. –Marcos, quedate siempre arriba. Con José Luis vamos a tratar de ganar la bocha y tirártela a vos.

La táctica dio resultado. Los Nahuel seguían jugando como en el partido anterior: corriendo todos detrás de la bocha y sin respetar posiciones fijas; ellos mismos se molestaban para taquear limpio y con justeza.

Ganamos 3 a 0 con tres jugadas iguales: el tacazo para Marcos que recibe solo; enfrenta al arquero… tira… ¡gol! Pudimos hacer más, pero bueno, uno no es una “Leona” del Palin, así que hubo muchos yerros y pifiadas.

¡Estábamos en la final!

En el partido decisivo contábamos con la única hinchada disponible, la que representaban los Nahuel, ya que veían en un triunfo nuestro una buena posibilidad de acortar distancias con los Pangui. Quizá porque se decidía con el triunfo el ganador del torneo, éste fue el partido más entretenido de los tres, a la vez que el más luchado y parejo.

Jugábamos dos tiempos. El primer tiempo terminó 0 a 0. Los Pangui habían copiado nuestra forma de pararnos en la cancha. El juego, entonces, resultó más abierto, más lindo para ver y para jugar. Los defensores habían prevalecido sobre los atacantes impidiendo a tacazos cualquier intento de que los contrarios lleguen al gol.

El partido cambió en cuanto se inició el segundo tiempo. Adrián rechazó un ataque; recibí la bocha en el despeje, giré el cuerpo quedando de frente al arco contrario, y en el mismo giro le tiré la bocha a Marcos en el momento que Félix venía a marcarme. Parecía que la bocha era interceptada por Ernesto que estiró su taco cuan largo era… no llegó, la bocha lo pasó de largo. La recibió Marcos que se frenó para acomodar el cuerpo, pegó el bochazo… ¡Gol! ¡Golazo! ¡1 a 0!

Lo que restó del segundo tiempo fue apretar los dientes, correr mucho y sacar la bocha de nuestro campo tirándola hacia el campo contrario. Nos estábamos defendiendo bien y con eso nos alcanzaba para ganar el partido. Pero los Pangui buscaban el empate y lo consiguieron: una jugada rápida entre Oscar y Pablito en la que no nos pudimos defender… No importa… Faltaba muy poquito para que termine el partido y el empate también nos convertía en Campeones por diferencia de gol.

Pero Oscar, el que se mostraba con mayor habilidad para transportar la bocha, nos tenía locos. Haciendo alarde de su velocidad, luego de recibir la bocha en mitad de la cancha encaró solo hacia el arco. A mí me dejó pagando en el suelo, después gambeteó a Spoletto, pasó a Adrián y cuando quedó solito frente al arco sacó el tacazo con todas sus fuerzas.

Arturo se encontró con la bocha encima. Instintivamente la agarró con su mano libre apretándola contra el cuerpo; había olvidado que estaba prohibido o no pudo hacer otra cosa… ¡Penal!

Oscar acomodó la bocha para ejecutar el penal. Los Panteras lo alentaban dándole un sinfín de recomendaciones y de recordatorios; si convertía el penal lograba premio doble: triunfo y Campeonato. Los Tigres aguardaban en silencio, o rezando para que lo erre, no sé.

-¡Acordate que no podés atrapar la bocha!- le repetía Jorge al arquero. –Si la atrapás, se repite el penal.

Arturo asintió apenas con un gesto de la cabeza. Oscar estaba listo, la vista fija en la bocha. Sonó el silbato. Oscar levantó el taco, lo bajó de golpe, taqueó… ¡Atajó el arquero!

-¡BIIEEEEENN! ¡Grande Arturo!

La bocha le pegó en el brazo, rebotó, cayó al suelo y antes de que nadie tenga tiempo de nada Arturo la pateó hacia un costado, donde ya no corríamos ningún peligro de gol.

En ese momento, cuando los Panteras se disponían a poner la bocha en juego, Jorge volvió a hacer sonar el silbato.

¡Ganamos el torneo de Palín!

-¡Chicos, chicos!- Jorge necesitó repetir un par de veces su llamado de atención para que terminemos con nuestro festejo por el triunfo. Cuando lo logró pudo indicarnos cómo continuaba el día de los Juegos.

-Ahora a preparar y terminar con lo que les quede para el Fogón. Ya se pueden poner la vestimenta mapuche. Cuando esté lista la cena los llamamos para que vengan a retirarla.

La vestimenta mapuche la preparamos a base de sábanas viejas. En Mar del Plata las habíamos teñido de variados colores y simulamos distintos ponchos y quillangos con los que cubrirnos el cuerpo. Vinchas para el pelo y botas, que por su color, semejaban a cuero de guanaco. Por ser el Guía llevaba una vincha especial, representando al Lonco de mi Tribu, y un quillango que, pomposamente, me sería puesto en el suelo para ubicarme sobre él.

También pudimos agregar un importante detalle. El señor Figueroa nos regaló algo impensado de conseguir por nuestra cuenta: varias plumas de águila mora que tenía en la casa. Con las plumas verdaderas hicimos nuevos collares que nos hicieron lucir más calquín que nunca.

Preparamos un “cultrún”, que es un tambor que los mapuche utilizan para sus ceremonias. También un par de máscaras, unas “collón” muy requeridas por ellos en ocasiones especiales como lo sería nuestro Fogón.

El toque final a la vestimenta lo dimos con un detalle que distinguió a nuestra Tribu por sobre las otras: la presencia de la “wenu foye”, la bandera Mapuche. Ella precedió nuestra aparición y sin duda marcó de manera especial la asistencia de los Calquín al Fogón.

Atamos la Bandera a una caña colihue, desplegándola airosa como emblema que quería mantener altivo y orgulloso lo que ella representaba.

La wenu foye, poco conocida por quienes no llevan un chiquitín de sangre mapuche en sus venas, tiene, como todas las banderas, su composición y significado. La mapuche es una figura que se desarrolla en cinco colores:

Curu (negro) Representa la invasión del hombre blanco, la habilidad mapuche y la noche.

Calfu (azul) Los ríos, las lagunas y todo lo que viene de arriba, del cielo.

Caru (verde) La tierra que pisamos y todo lo que se asienta en ella: árboles, piedras y animales.

Colu (rojo) El presente, el pasado y el futuro. La lucha y la sangre por ella derramada.

Chod (amarillo) La redondez de la tierra y sus cuatro puntos cardinales.

Las distintas Tribus nos fuimos acomodando en silencio, a espera del que Machi, que será quien dirigirá el Fogón, como le decimos los scouts, el Guardián de la Leyenda, inicie el mismo. El Lonco ya ocupaba su lugar, sentado, erguido e impertérrito, esperando en la oscuridad.

El Machi se acercó hasta el Lonco caminando lentamente. Traía una antorcha encendida que iluminaba su máscara ceremonial. Se detuvo delante del Lonco en señal de respeto. Nadie hablaba. El Machi giró su cuerpo quedando de frente a nosotros. Alzó la vista y extendió sus brazos al cielo como queriendo abarcar el espacio infinito que lo separaba de las estrellas. Con voz grave y potente comenzó una rogativa a Nguenechen, el dios mapuche:

Nguenechen,

dame bienestar,

tomemos mate juntos.

Oh, Viejo Creador de gente.

Oh, Viejo Creador.

Tú posees la vida,

oh, Viejo Creador Fecundo,

Viejo Creador Fecundo.

Tomemos mate juntos,

dame comida.

Luego de recitar la rogativa se acercó a la pila de leña que estaba dispuesta en forma de pagoda. Colocó la antorcha dentro, se retiró un par de pasos y se arrodilló delante del fuego mientras las llamas comenzaban a cobrar altura.

Cuando el fuego crepitaba con fuerza se puso de pie y comenzó a entonar una canción suave y melodiosa que inmediatamente se hizo eco en nuestras gargantas:

“Junto al fuego siéntate

que las llamas suben ya,

y entonemos a su abrigo

alegremente,

nuestro canto al fuego”

Comenzamos a cantarla en tono bajo, casi en silencio. Luego fue creciendo en intensidad, más alto, más fuerte… hasta que terminó explotando en un fortísimo canto de alegría… ¡Comenzaba el Fogón!

En primer lugar la ceremonia de las cenizas: el momento en que uníamos este Fogón con los anteriores, con aquellos que nos precedían en el tiempo; un mes, un año, cinco años, diez años atrás. Arrojando al fuego las cenizas del último Fogón en el que participamos y que ya había reunido las cenizas de los anteriores.

El clima del Fogón crecía en intensidad a medida que se sucedían cantos, danzas y aplausos. Cada Tribu representó la leyenda que había creado. La nuestra tenía que ver con el “colo-colo”, el pájaro que grita de noche. Es el colaborador del brujo y anuncia la muerte de algún poblador. A esta creencia mapuche Arturo le agregó en qué circunstancias y a qué tipo de pobladores le anuncia su muerte el colo-colo.

El lonco Jorge, el machi Cacho, sumados a los dos “capitanejos”, Héctor y Coco, daban el puntaje después de cada representación. Se sumaban los puntos que daba cada uno de los cuatro y así se arribaba al puntaje final. El mismo método se emplearía para la vestimenta y el concurso de oratoria.

La representación de los Calquín fue muy buena, y así lo interpretaron los cuatro jurados, nos dieron 10 puntos. Los Nahuel apenas arañaron 5 puntos y los Pangui, faltos de creatividad, pobrecitos, se tuvieron que contentar con 2 puntos.

Entre los aplausos y las danzas que amenizaron el Fogón luego de cada actuación, fue muy festejado el “Aplauso del Malón” y la danza del “Mapuche enamorado”, los cuales, por su originalidad y por lo divertido que nos resultaron sirvieron para amenizar y quitar presión por lo que nos jugábamos.

Finalizadas las representaciones fue el momento de premiar las vestimentas. ¡Y volvimos aganar! Otros 10 puntos. Los Nahuel y los Pangui compartieron el segundo puesto y cada Tribu se llevó sus 5 puntos.

Después de un par de chistes y una representación bárbara que realizaron los cuatro Jurados comenzó el concurso de oratoria.

Nuestro orador era José Luis. Él mismo eligió el tema, lo hizo en Mar del Plata, cuando supimos del Fogón, y ahora tendría 5 minutos para expresarlo.

La retórica u oratoria era una cuestión a la que los mapuche le daban muchísima importancia, ya que decían que cualquier “hijo de la tierra” debía expresarse con astucia y facilidad.

La exposición, entonces, debía parecerse lo menos posible a una lección de colegio o a un discurso político. Tenía que lograr ser una charla amena, sincera y convincente. Bien difícil por cierto.

José Luis era nuestro orador. Víctor sería el de los Pangui y Ramiro el de los Nahuel (después de la actuación de Félix en el Juicio del Zorro los Nahuel quisieron cambiar de orador, pero Félix no hizo a tiempo para preparar lo que ya tenía listo Ramiro)

Se realizó un sorteo para saber el orden de los oradores (nadie quería ser el primero, los tres querían ser el último) Quiso la fortuna que fuera el Nahuel Ramiro quien abriera el Concurso.

Estuvo realmente magnífico. Mostró aplomo y seguridad. Hablaba con tranquilidad y con excelente dicción. El tema que eligió fue la importancia de los Parques Nacionales y la necesidad de conservarlos para el bien de la humanidad. Un cerrado aplauso premió su intervención.

Continuó Víctor. Un lindo tema: que es lo que un scout puede aprender de la vida del mapuche. Pero fue corto; se trabó un par de veces y le faltó tranquilidad. Lo derrotaron sus propios nervios.

Por ahora Ramiro era claro ganador, no necesitábamos el veredicto de los cuatro Jurados para saberlo.

Llegó el turno de José Luis. Se puso de pie, avanzó hasta pararse delante del Lonco y luego de pedir permiso para comenzar, y de serle otorgado el permiso, inició la exposición preguntando: “¿Por qué perdemos nuestras tierras hermanos, por qué?”

El tema fue la injusticia que el hombre blanco cometió para con el indio, y la necesidad de que fuera respetada su identidad, tradiciones y costumbres. Tal vez no demostró tanto aplomo y ductilidad para dirigirse a la Asamblea, pero estuvo brillante. Cuando finalizó los Calquín aplaudimos a rabiar, intentando demostrar que su exposición fue la mejor.

Los Cuatro dieron su veredicto:

-Primer lugar en el concurso de oratoria- anunciaba el Lonco. –Haciéndose acreedor de 10 puntos… ¡Ramiro… y José Luis!

¡Otro triunfo! Compartido, pero un gran triunfo. ¡Nos estábamos acercando en el Concurso de Puntos!

El Fogón, el último de nuestro Nucal Lanín, finalizó con el Kumbayá, esa espléndida oración en forma de canción tan hermosa y profunda. En la misma posición que cantamos Jorge nos recordó que al día siguiente nos llevemos cenizas para arrojarlas al próximo Fogón. Y que Saborido Chico tenía su Desafío al Zorro, al que todavía había que atrapar.

-Yo te voy a despertar- le dijo Jorge. –El mensaje decía que tenés que ir con la gorra puesta y dejarla en el puente… ¡Cómo le gusta a este Zorro hacer los Desafíos en el puente!

-Sí, no hay problema- respondió Saborido poco convencido. A veces pasa que al llegar el momento de la verdad las cosas cambian. En el caso del Zorro, con el puente, el Desafío en medio de la noche… no es lo mismo que a plena luz del día… más de uno pierde la seguridad.

-¿Vamos a quedarnos despiertos?- me preguntó Adrián recordándome el plan que habíamos ideado para atrapar al Zorro.

-Sí. No le digamos nada a nadie, por las dudas- yo seguía convencido de que Marcos era el principal sospechoso de ser el Zorro.

Nos acostamos rápidos y en silencio. El cansancio del campamento era acumulativo y todos queríamos dormirnos pronto.

El sonido del silbato por la mañana nos llamaba a vivir el último gran día del campamento.

-Adrián, ¿qué pasó?- le pregunté preocupado. -¿Te dormiste?- Corríamos a la formación y nos preguntábamos que nos había pasado a la noche.

-Sí…- me dijo compungido. -¿Y vos?

-Yo también. Intenté quedarme despierto pero me venció el sueño. ¿Alguien habrá escuchado algo?

-¡Patrulla Águila!- grité bien fuerte cuando la Patrulla estuvo formada.

-¡Astutos y Luchadores!- respondieron los patrulleros.

-¡Scouts Siempre!

-¡Listos!

Los Panteras volvían a estar marcados. Todos, sin excepción, tenían una Z en la cara; algunos, incluso, dos o tres.

-¿Cómo te fue Saborido?- preguntó… ¡Marcos!

El mástil tenía colgada la respuesta. Allí estaba la gorra de Saborido Chico y debajo aparecía la punta de un papel… ¡Un mensaje del Zorro!

POBRECITO SABORIDO. TENIA TANTO MIEDO

QUE LE SAQUE LA GORRA Y NO HIZO NADA.

Z

-¿¡De verdad Saborido!?- las palabras de Marcos y la atención de todos, centradas en el pequeño Saborido, hicieron que él nos relate su versión.

-No se veía nada. Iba por el camino y me tropecé con una soga.

-¿Cómo con una soga?- preguntamos incrédulos.

-Sí, una soga- continuó Saborido. –Había una soga cruzando el camino de lado a lado. Me la llevé por delante y me caí. En ese momento se me vino alguien encima, me sacó la gorra y salió corriendo…

-¡El Zorro!- gritó Marcos. -¿Por qué no lo seguiste?

-¡Qué lo voy a seguir! ¡Qué sabía yo si era el Zorro!

-¿Y quién va a ser?- le respondimos a las carcajadas. Pobre Saborido. Pero la verdad que el Zorro había sido muy audaz. ¿Se habría animado Marcos a hacer eso? Bueno, seguramente los dirigentes le ayudaron a poner la soga, y estarían con él por las dudas… ¿Sería Marcos el Zorro?

Jorge me sacó de mis cavilaciones anunciando que el Banderín de la Patrulla que se izaría hoy sería el último del campamento. Lo haría la Patrulla que hasta ese momento mejor representó el espíritu de los Juegos Mapuche.

-La patrulla, ¡Águila!

Nuevamente la emoción de ver nuestro Banderín en lo más alto del campamento, quizá como una señal de que el Concurso de Puntos aún no estaba perdido.

-Bueno chicos, hoy tenemos la gran definición de los Juegos Mapuche, y tal vez del Nucal Lanín. Disponemos de toda la mañana para construir la balsa y probarla. Después del almuerzo hacemos la puntuación a la balsa mejor presentada y la carrera definitiva.

-Jorge- lo interrumpí. -¿Nos van a dar las cámaras de auto?

Como agregado poco mapuche cada balsa llevaría dos cámaras que irían colocadas en la parte de debajo de la balsa, para asegurar la flotabilidad.

-Si, por supuesto. Héctor las debe estar inflando ahora. Cuando terminen el desayuno las pueden ir a retirar a la cocina.

-¿Cómo está la puntuación del Concurso?- preguntó Félix.

Jorge sacó su libretita y nos anunció el puntaje luego de hacer unas anotaciones.

-Águilas 319. Panteras 337 y Tigres 330.

-¡Bieeeen!- fue el grito de alegría contenido lanzado por los Panteras.

-Recuerden que el concurso de balsas da muchos puntos- terció Cacho. -20 a la balsa mejor presentada y 10 al ganador de la carrera.

Las tres Patrullas sacábamos cuentas. Si bien los Panteras nos llevaban 18 puntos todavía el Concurso estaba muy reñido. Todos teníamos posibilidades de ganarlo.

La construcción de la balsa fue una tarea lenta y metódica. Primero conseguir las cañas, luego acomodarlas, amarrarlas con nudos firmes y prolijos. Poner las cámaras bien ajustadas. Hacer el asiento de los dos tripulantes que navegarían la balsa. Colocar la vela, en la que teníamos pintada la figura de un águila. Confeccionar dos remos prácticos y fuertes. Embellecerla. Y claro, probarla por cada uno de los patrulleros.

Los tripulantes seríamos Spoletto y yo. No me gustaba la idea de que fuera Spoletto la persona que me iba a ayudar a tripular la balsa, lo prefería a Adrián, incluso a Arturo, que eran más grandes y podían darle mayor impulso al remo; pero Spoletto sabía remar, aprendió en canoas y kayaks surcando los arroyos y canales de Mar Chiquita. La Patrulla me presionó y yo acepté.

Cuando bajamos la balsa al lago contuvimos la respiración… ¿se hundirá? La balsa quedó flotando majestuosa, como una princesa del lago. La aseguramos con un cabo y nos dispusimos a abordarla. Primero subí yo. Aguantó bien. Luego Spoletto, también resistió sin problemas. ¡Flotaba! Derechita. Hermosa.

La cuestión fue navegar. No era sencillo. Yo creía que remar era solamente meter el remo en el agua, empujar un poco y sacarlo, nada más. Pero no. Era mucho más que eso. Me di cuenta que lo que yo tenía era mucho entusiasmo y ganas de que la balsa se moviera, pero nada más.

Spoletto, sin embargo, sí sabía lo que hacía. Movía el remo con gracia y facilidad. Me enseñó cómo tomar el remo; de qué manera impulsarlo en el agua. Me explicó que había que seguir un ritmo, que teníamos que movernos de manera pareja y armónica. Si lo hacíamos de otra forma no podríamos dominar la balsa; ella nos iba a dominar a nosotros… y vaya a saber dónde terminábamos.

¡Piiiii! Llamado de atención.

Un nuevo sonido del silbato nos avisó que era la hora de retirar el almuerzo, dejar todo lo que estábamos haciendo e ir a comer.

-¡Pero no pudimos practicar casi nada!- me decía Spoletto preocupado. Él comprendía mejor que nadie el inconveniente que significaba no saber remar y se lamentaba. –Con el asunto de que todos la querían probar no pudimos practicar casi nada…

-Vamos a ver si podemos practicar después de comer- le dije deseando de que así fuera. –Ahora vamos a comer. ¿A quién le toca retirar la comida?

Cuando almorzábamos tuvimos visitas.

-¡Buen provecho!- Jorge y Cacho.

-¡Gracias!

-Sigan comiendo que mientras tanto nosotros vamos a inspeccionar un poquito-dijo Jorge. ¿Me imagino que estará todo bien ordenadito?

Después de la última Inspección sorpresa aprendimos la lección. Tanto el Rincón como la carpa no eran una maravilla pero estaban bastante pasables; por lo menos no había cosas tiradas por todos lados. La carpa se encontraba limpia y lo que no se usaba de material parecía estar en su lugar.

Jorge y Cacho recorrieron el Rincón y miraron dentro de la carpa en silencio, sin una palabra entre ellos. Miraron aquí y allá y se fueron como llegaron.

-Cuando llamemos a formar tienen que ir con las balsas- fue lo único que nos dijeron.

-¿Podemos seguir practicando con las balsas después de comer?- pregunté.

-No, ya no- me respondió Jorge. –Cuando terminen de comer limpian todo y esperan el llamado en el Rincón.

-Rubén- me hablaba Adrián. –vas a tener que aprender durante la carrera.

Por primera vez llegábamos a una formación sin correr. Transportábamos la balsa, es por ello que íbamos caminando y cuidando que nuestra nave no sufra ninguna avería.

Nos formamos detrás de la balsa. Instintivamente comparamos la nuestra con la de los Panteras y Tigres. Ellos estaban haciendo lo mismo. Nuestra balsa era hermosa, digna del lago que deberíamos navegar.

El jurado de las balsas estaba integrado por los mismos cuatro personajes que lo hicieron en el Fogón. Se acercaban a cada balsa, hacían preguntas de cómo fueron construidas, sobre los detalles que presentaba cada una, por qué le pusimos esto o aquello.

-Seguro que ganan ustedes- me decía Rikki admirando nuestra balsa. – ¡Está buenísima!

-Linda, es linda- dijo Oscar. -¿Los va a aguantar? No sé…

-¡Ya vas a ver!- respondí confiado. Ya la habíamos probado con éxito y sabía que nos aguantaba muy bien. El problema era otro: uno de los tripulantes que apenas si sabía remar.

-¡Muy bien muchachada!- el lonco Jorge tomó la palabra. –El jurado va a dar su veredicto:

-¡Atención!- Cacho era el portavoz de los Cuatro. -¡Primer puesto a la balsa mejor presentada! ¡Haciéndose acreedor de 20 puntos! ¡La balsa de la tribu…!- Cómo le gustaba a Cacho crear esos silencios de expectación.

-¡Calquín!

Los gritos de alegría que dimos en ese momento fueron especiales. No solo porque nuestra balsa era elegida como la mejor presentada, ese era un motivo, el otro, que ahora teníamos una posibilidad realmente firme de luchar por llevarnos el Concurso de Puntos.

-Segundo lugar- prosiguió Cacho. –Con 10 puntos, la tribu Nahuel. Y los Pangui, terceros, 5 puntos.

-¿Cómo vamos ahora?- quiso saber Rikki.

Jorge realizó las sumas. Águilas-Calquín, 339. Panteras-Pangui, 342. Tigres-Nahuel, 340 puntos.

¡Esto sí que estaba reñido! ¡Nos separaban apenas 3 puntos entre las tres Patrullas! ¡La carrera de balsas podía definir todo!

-¿En la inspección de Rincones no hubo puntaje?- volvió a preguntar Rikki.

-No. Por primera vez las tres Patrullas tenían la carpa y el Rincón como corresponde. Ah, me olvidaba, ¡los felicito!

Llegaba el momento de la carrera. Quizá la definición del Nucal Lanín estaba en el agua. El lonco Jorge explicó el desarrollo de la competencia, cuál era el trayecto a recorrer: un circuito que estaba delimitado mediante dos botes de los Gendarmes, cada uno tripulado por uno de ellos que, aparte de boyas, cumplían las funciones de eventuales guardavidas.

Los botes se encontraban a unos 50 metros de la orilla del lago, separados entre sí por otros 50 metros. Para dar inicio a la competencia se usaría, como nos era común, el silbato. Cuando escucháramos sonar el silbato los tripulantes nos dirigiríamos corriendo a las embarcaciones, la abordaríamos y comenzaríamos a remar.

Ya en competencia el circuito nos llevaba hasta el primero de los botes, pasaríamos detrás de él e iríamos a la búsqueda del segundo bote. Navegaríamos pasando detrás del segundo bote y nuevamente enfilaríamos hacia el primero, lo rodearíamos y ahora sí, volvíamos al punto de partida. Cuando la balsa atraque en el mismo lugar del que partió la competencia habría terminado.

-¿Entendido? ¿Alguna pregunta?

Estaba todo perfectamente entendido. Los seis tripulantes concentrados en lo que teníamos que hacer. A Spoletto jamás lo había visto tan entusiasmado y tan seguro en una actividad; en realidad esto le gustaba quizá porque dominaba a la perfección.

-Al sonido del silbato largan.

¡Piiiii!

Corrimos hacia las balsas. Llegamos todos juntos, la distancia era tan corta que no le dio tiempo a ninguno para sacar ventaja alguna. Con Spoletto subimos a la balsa con el apuro de ganar, pero con cuidado; si bien la balsa era hermosa y estaba bien construida, tenía su fragilidad y se mostraba bastante movediza.

Ya sentados en nuestros lugares nos ayudamos con los pies para despegarnos del fondo rocoso del lago y navegar sobre el agua fría, cristalina y calma, especial para remar y navegar.

Sentimos que la balsa flotaba libre, sin la molestia de las piedras. Comenzamos a remar. Yo hundía el remo en el agua con todas mis fuerzas, lo más rápido que podía; el agua saltaba y salpicaba en todas direcciones por la energía y la determinación de mis remadas.

Me parecía escuchar gritos de aliento que venían de todos lados. Los gritos de nuestra Tribu, lo de las Tribus contrarias.

-¡Dale! ¡Dale! ¡Fuerza! ¡Vamos, fuerza! ¡Remá, remá!

Nuestra balsa había partido desde uno de los flancos de la formación. Desde mi posición veía a las otras balsas por el rabillo de los ojos. De refilón, vislumbraba que se estaban adelantando. Levanté la cabeza para cerciorarme… ¡Sí, nos adelantaban! ¡Había que remar más fuerte!

Comencé a gritar dándonos aliento.

-¡Más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Más fuerte!

El bullicio que producían los chicos desde la orilla, el chasquido de los remos al golpear el agua, los gritos de los seis embravecidos tripulantes, todo, se mezclaba produciendo una cacofonía imposible de no escuchar.

Perdíamos terreno. Los Nahuel ya daban la vuelta por detrás del primer bote. Los Pangui estaban a centímetros de alcanzarlos. Nosotros veníamos mal, por momentos parecía que ni si quiera avanzábamos.

-¡Pará, pará! ¡Rubén! ¡Pará!- entre el griterío me di cuenta que la voz que buscaba detenerme era la de Spoletto que había dejado de remar y me seguía gritando:

-¡Rubén! ¡Así no! ¡Pará!

Levanté el remo. Miré a Spoletto desconcertado y muy pero muy molesto. No entendía por qué no remaba. ¿Qué le pasa? ¿Qué le agarró?

-¿Por qué no remás?- le grité

-Porque vos estás haciendo cualquier cosa y no podemos avanzar- Spoletto trataba de explicarme enfurecido lo que pasaba. –Tenemos que seguir un ritmo: Vos, yo, vos, yo- haciendo una breve demostración mientras hundía y sacaba el remo del agua, hundía y sacaba. -¿Entendés? ¡Vos, yo, vos, yo!

Dejé que Spoletto marque el ritmo. Cada vez que me tocaba remar Spoletto me daba la orden: -¡HOP!- luego remaba él. Remaba yo: -¡HOP!- remaba él. Remaba yo: -¡HOP!- remaba él. Remaba yo: -¡HOP!- remaba él.

La balsa Nahuel llegaba al segundo bote, ya comenzaba a rodearlo. Los Pangui, luchando contra su propia embarcación, estaban a medio camino del segundo bote. Ya teníamos un ritmo, ahora había que remar para alcanzarlos.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

La diferencia entre el desastre de la partida y lo que estábamos logrando ahora era notoria. La balsa se deslizaba con una facilidad asombrosa; cuando giramos alrededor del segundo bote dejamos atrás a los Pangui. La distancia con los Nahuel todavía era grande, de medio camino al primer bote, pero en este momento era cuando se necesitaba la mejor remada: la tenue brisa que recorría el lago estaba de frente y las velas nos hacían frenar, pero nosotros estábamos remando mejor que los Nahuel.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

A pesar de la concentración y el esfuerzo no podíamos dejar de escuchar a los Nahuel darse ánimos: “¡Vamos que nos alcanzan! ¡Más fuerza!” Y eso, por supuesto, nos daba más fuerza a nosotros.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

Seguíamos remando impasibles. Escuchar la preocupación de los Nahuel nos dio mayor determinación. La distancia se acortaba.

La balsa Nahuel terminaba de pasar detrás del primer bote; nosotros estábamos a unos 10 metros. La vela con el águila se inflaba mostrando al ave que luchaba decidida por alcanzar su meta.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

Pasamos detrás del bote. Los Nahuel miraban hacia atrás bastante desesperados. Quizá los nervios los estaba traicionando; quizá el cansancio. Perdían terreno.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

¡Faltaba poco, muy poco! Poco para alcanzar a los Nahuel y poco para completar el circuito. No sé cuál de las dos cosas se daría primero: si nosotros alcanzando su balsa o ellos llegando a la meta final.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

¡Perdieron el ritmo!

¡Los Nahuel acabaron sucumbiendo a la presión de nuestra marcha perfecta!

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

Los rebasamos en los últimos metros como si ellos se hubieran detenido de golpe a contemplarnos mientras pasábamos por su lado con ritmo firme y sostenido.

-¡HOP! ¡HOP! ¡HOP!

Atracamos la balsa. La Patrulla se nos tiró encima llena de felicidad y compartiendo todos la misma euforia y la alegría que llevábamos dentro.

-¡Ganamos! ¡Ganamos!- le gritaba a Spoletto con el corazón palpitando a mil kilómetros por hora, rebosante de gozo. -¡GANAMOS!

Finalizada semejante carrera nos quedamos en el lago retozando, jugando y navegando en las balsas y en los botes de los Gendarmes.

Necesitábamos un descanso, un momento de distensión para tomar sol, mirar la profundidad del lago o sonreír dichosos por la experiencia vivida.

-Spoletto- me acerqué a mi compañero de tripulación. –Estuviste genial. Si no hubiera sido por vos salíamos últimos.

Spoletto me brindó una sonrisa franca y amplia. Esa sonrisa, como su disposición durante el juego, tampoco se la había visto antes. ¿Es que Spoletto alguna vez había sonreído de esa manera o yo nunca le presté atención?

En todo caso lo descubrí ahora, retozando en la playita del lago. Como descubrí que Spoletto era el mejor Capitán que podía haber tenido no solo nuestra balsa sino cualquiera de las otras dos.

Spoletto estaba feliz. No me dijo nada, solo me sonrió.

“Te lo ganaste en buena ley”, pensé. Y haciendo causa común a su silencio le agregué unas palabras más a mi pensamiento: “Disfrútalo, el triunfo es tuyo. Disfrútalo”

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portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada y de capítulo octavo: Miguel Navarro.

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