El Campamento de los Águilas. Capítulo 7: Subiendo al volcán

Existen días en que uno está a punto de tocar el cielo con las manos y de golpe pega tal resbalón que no para de caer hasta darse flor de golpe en el suelo.

¿Qué nos pasó a los Águilas aquel día? ¿Peleas en la Patrulla, desinteligencias, exceso de confianza? No sé. Tal vez de todo un poco. La cuestión es que en una misma jornada, luego de estar en peleando en la cima del Concurso, nos fuimos bien abajo, más de lo que pensamos podíamos caer si algún día nos sucediera.

El Campamento de los Aguilas, capitulo 7, Subiendo el Volcán

Los problemas empezaron con la inspección de Rincones, completamente sorpresiva, que realizaron Jorge y Cacho en el momento de la merienda.

-¿Por qué no lavaron los platos después del almuerzo?- preguntaba Jorge, serio, evidentemente molesto. -¿Acaso no saben que hay que lavar platos y ollas después de comer?

-Es que estábamos con el Herbario- intenté, débilmente, defender nuestra precaria posición. –Pensamos en lavarlos más tarde, junto con las cosas de la merienda…

-¿También por el Herbario es que tienen la alacena desordenada?- continuó Jorge. -¿Papeles tirados por todos lados y la carpa hecha un chiquero? Todo el Rincón es un desastre. La dejadez no viene solo por los platos del mediodía.

No dije nada más. Lo mismo el resto de la Patrulla. Lo que comenté fue para mi Patrulla y después que se retiraran los dirigentes. No fue nada suave. Me enojé con todos. Y todos se enojaron conmigo. Se armó una discusión bárbara en donde nos gritamos y nos insultamos. El único que mantenía la cordura era José Luis, como siempre, pero ante la imposibilidad de hacernos callar optó por irse al Rincón de los Tigres, a charlar con Ramiro.

Cuando Jorge llamó a formación seguíamos enojados y peleados entre nosotros. Ni siquiera fuimos capaces de arreglar algo del despelote que teníamos en el Rincón.

La tarde era tan hermosa y soleada que nos fuimos a meter al lago. Todavía acarreábamos la paliza del incendio del día anterior, más todo lo que habíamos andado en el juego durante el día. Por esa razón, a pesar de la hora, nos metimos en el agua helada con todas las ganas.

En el agua hicimos un juego en donde la Patrulla realizaba una carrera llevando a uno de sus patrulleros sobre los hombros de los otros. Quien iba sobre los demás no debía mojarse en ningún momento.

Como nosotros estábamos enojados a la primera que nos equivocamos se nos acabó el juego. Lo hacíamos mal, sin ganas o directamente no nos preocupábamos de hacer nada.

Panteras y Tigres, en ese orden, nos pasaron por encima. Lo mismo nos pasó cuando salimos del lago, en la actividad anterior a la cena, la que daríamos a luz, como cada Patrulla, después de comer, durante el Fogón.

El Fogón fue lindo… Y los Águilas fuimos un desastre.

La representación de los Tigres, primero, y la de los Panteras, después, fueron merecedoras de grandes aplausos. Jorge contó algunas historias de la vida de los Mapuches, y por supuesto, no faltaron las canciones y los aplausos.

Cuando nos tocó el turno a nosotros demostramos lo que ocurre cuando alguien hace algo por compromiso, sin ganas y sin poner mucho esfuerzo: sale cualquier cosa menos lo que tenés que hacer.

Jorge no nos dejó ir a dormir sin que antes charlemos en la Patrulla por lo que nos había pasado. Nos reunió él mismo, acompañado por Cacho y alrededor de las brasas candentes del Fogón, para que nos digamos cara a cara todo lo que teníamos dentro.

-¡Lo que pasa es que vos siempre estás gritando!- me decía en un quejido Spoletto, y continuó visiblemente contrariado, -A mí todos me tratan mal… bueno, menos José Luis… él es el único que no me trata mal…

-Pero vos sos un vago- le retrucó Arturo. –Siempre hay que mandarte a que vayas a lavar, que acomodes la carpa, que guardes tu bolsa de rancho…

-La carpa no la cuida nadie- se defendía Spoletto.

-No es cierto- terció Marcos. –Vos te metés adentro de la carpa sin preocuparte de sacarte antes las zapatillas, y tenés todo revuelto…

-¡Vos también tenés todo revuelto!- Spoletto comenzó a lagrimear. ¿Ve Jorge? ¡Siempre se la agarran conmigo!

-Bueno, bueno- Jorge intentaba calmar los ánimos. ¿Nos tranquilizamos un poco? Así va a ser imposible ponerse de acuerdo. Que cada uno diga qué problema tiene y con quién; después lo charlamos entre todos.

Nos sacamos todo lo que teníamos adentro. ¡Menos mal que estaban presentes Jorge y Cacho! Eso permitió que todos participemos y que nadie se agarre a las trompadas, ni siquiera que nos digamos cosas fuera de lugar. Al final… quedamos bien. Por lo menos nos prometimos tratarnos mejor, respetarnos, no gritarnos (yo era el principal receptor de esta parte) trabajar todos con las mismas ganas… ¿Podríamos lograrlo?

-Hoy el Banderín lo iza la patrulla… ¡Pantera!

El Concurso de Puntos se nos había complicado. Después del juego en el lago y de las representaciones para el Fogón los Panteras encabezaban las posiciones con 279 puntos. Ahora eran los Tigres los segundos con 266 y los Águilas, con 245, quedábamos desalentadoramente atrás.

Por lo menos el nuevo día nos encontraba bien, con ganas de revertir la situación. Llegamos primeros a la formación de la mañana y nos reímos con ganas con las anécdotas de Oscar y de Ernesto en sus Desafíos de la noche con el Zorro.

La tarde anterior, al arriar la Bandera, descubrimos un mensaje en donde el Zorro, haciendo grandes aspavientos, “invitaba” a Ernesto y a Oscar a que vayan al mismo puente que fui yo a dejar atado el pañuelo de cada uno de ellos. Primero iría Ernesto y luego Oscar.

Fueron los dos. Ernesto, a pesar de la oscuridad y de los extraños ruidos que escuchó durante todo el camino llegó al puente, ató el pañuelo y volvió sin inconvenientes; y sin noticias del Zorro.

Oscar, debido a la oscuridad, no encontró el puente, o mejor dicho: se perdió. Dijo que se salió del camino, se internó en el monte, no tenía idea de dónde estaba parado. Después de deambular un buen rato pudo volver al camino… pero no llegó al puente. Regresó a la carpa con el pañuelo en la mano.

El Zorro no opinaba de la misma manera. La formación de la mañana al pie del mástil era testigo del mensaje que dejara el Zorro en donde felicitaba a Ernesto y trataba a Oscar de miedoso: según el Zorro apenas Oscar salió del campamento se detuvo, se sentó un rato en el camino y después volvió a la carpa.

Cuando se escuchó esta parte del mensaje del Zorro comenzaron las risotadas y las burlas para Oscar. Él se defendía diciendo que eso era mentira, que él no había tenido miedo y que tampoco se sentó a esperar. Insistía en que se perdió.

Pero el resto de los muchachos, creyéndole o no, igual se reía y lo cargaba, como si todos fueran capaces de desafiar al Zorro… o de andar solos en medio de la noche oscura.

¡El llamado de atención!

De inmediato otro silbatazo cortado en tres sonidos: largo, largo, corto. La llamada a los Guías que provenía del Rincón de los dirigentes.

Los tres Guías llegamos al Rincón casi al mismo tiempo.

-¡Siempre Listo!- nos presentamos ante Jorge.

-Chicos acá están los comestibles que llevarán para la excursión. Lo más conveniente es dividirlos en varias mochilas para repartir el peso; la caminata es larga y siempre en ascenso.

-¿Hay que llevar agua?- pregunté.

-No. Agua vamos a encontrar en todo el camino, es lo único que no tenemos que cargar. ¡Y que nadie vaya sin un gorro en la cabeza!

-¡Siempre Listo!- respondimos los Guías a modo de aceptación y nos dispusimos a reunir y retirar los víveres de cada Patrulla.

La excursión que teníamos por delante era muy especial. En primer lugar porque participaba todo el campamento, cocineros incluidos. Segundo, por su duración, calculábamos el regreso para la hora de la merienda, o un poquito después incluso, por esa razón teníamos que transportar la comida para el almuerzo. Tercero, y lo más importante, el objetivo final: llegar hasta las primeras nieves de la Base del Volcán, allí donde ya no se ve vegetación, sólo rocas, y el majestuoso penacho planco del Lanín.

Los dirigentes nos dieron varias recomendaciones con respecto a la vestimenta, el calzado y la mejor manera de cargar con el peso de las mochilas. Como nos dijera Jorge, la caminata era larga, cansadora y teníamos que hacerla con la mente puesta en llegar a la meta, en que todos podíamos y debíamos hacerlo.

La primera parte del trayecto ya la conocíamos. Transcurría por donde estuvimos jugando al Ataque al Fortín en los primeros días del campamento, transitando un camino amplio y llano que bordeaba un pequeño arroyo que baja de la montaña.

Cuando llegamos a la confluencia del arroyito con uno mucho más grande y torrentoso, el camino siguió en dirección a la naciente de este nuevo cauce de agua. El camino, más angosto, se convirtió en una senda bien visible por los miles de pies que pasaron por ella antes que nosotros.

A pesar de que la senda era fácil de seguir, cada tanto una marca de pintura roja aparecía en alguna piedra, o en la base de un árbol, como indicación de que ese era el camino correcto hacia el Volcán.

Caminábamos en fila india. La espesura del bosque no nos permitía movernos de otra manera.

-¡Che! ¡Caminá! ¡No te pares!

-¡No empujes!

-¡Pero gil! ¡Me sacaste la zapatilla!

-¡Fue sin querer! Vos caminás muy despacio…

Caminar en fila india sin respetar la distancia tiene sus problemas. Pero eran problemas menores, y debido a que marchábamos descansados, no nos molestaban mucho.

Por momentos la senda salía del monte y proseguía por la ribera del arroyo, entre las piedras. A veces cruzaba el arroyo, seguía el trayecto por la orilla contraria, para volver a cruzarlo por sobre las piedras.

Era en estos cruces donde solíamos perder las marcas rojas que, ya gastadas en muchos lugares, las pasábamos de largo y había que regresar a buscarlas. Incluso nos pasó de perder las marcas cuando caminábamos por dentro del bosque: llegamos a una bifurcación donde la senda estaba nítidamente marcada en dirección al corazón del bosque; caminamos unos 10 minutos… y terminamos encerrados en un cañaveral de colihues infranqueables.

-¡Volvamos atrás!- gritaba Jorge. -¡Parece que me equivoqué en la bifurcación!

Respetando la hilera nos dimos media vuelta. Cocó quedó a la cabeza. Así llegamos a la bifurcación, desviamos en dirección contraria a la que habíamos tomado con anterioridad, hacia el arroyo, y allí estaba, unos tres metros más allá de la bifurcación: una pequeña pincelada roja en una piedra grande y mohosa.

-¡Puntos menos para Jorge!- bromeó Coco.

Cruzamos lugares de ensueño. Ese tipo de lugares que aparecen en las películas y que se ven inalcanzables. Uno de los más llamativos fue el que encontramos en un cruce de un brazo del arroyo que pasaba por dentro del monte. Para cruzar el brazo había un puente de madera, simple, pero resistente; y apenas a un tiro de piedra del puente realizado por la mano del hombre había otro, pero el nuevo puente había sido construido por la propia naturaleza: un inmenso coihue caído sorteaba el arroyo de orilla a orilla… ¿Qué puente utilizar?

El coihue era el puente de la aventura. El escenario perfecto para fotografiarse. Una revelación maravillosa de la naturaleza. Un desafío divertido. Un momento de descanso y contemplación para la marcha.

Después de construir e Herbario hablábamos de la flora con mayor propiedad. Cuando llegamos al Parque Nacional solo podíamos distinguir la araucaria, también llamado pehuén. Al construir el Rincón pasamos a conocer a la perfección la caña colihue. Ahora jugábamos a diferenciar al coihue de la lenga o del radal. Con las plantas y con las flores nos era más difícil; pero distinguíamos la palmerilla, la frutilla, la rosa mosqueta o el famoso michai, o calafate, del que se dice que quien come su fruto vuelve, irremediablemente atraído por su embrujo, a visitar la Patagonia. Todos comimos calafate en abundancia.

El arroyo en sí era otra maravilla. Toda el agua era de deshielo y venía desde la cima de la montaña. Había decenas de pequeños afluentes que alimentaban al arroyo continuamente, transformándolo, por momentos, en un río impetuoso y profundo, colmado de rápidos y de saltos de agua por sobre las rocas.

Este mismo río, en otro instante, formaba grandes remansos, como un inmenso estanque, donde el agua se movía plácida y transparente, invitándonos a refrescarnos luego de una zambullida.

Pero lo más impactante del río eran las cascadas. ¡Qué espectáculo! Cruzamos dos cascadas, no tan empinadas como la Cascada Escondida, ni siquiera con un caudal de agua tan importante, pero guardaban la magia de poder contemplarlas en toda su dimensión, rodeadas sólo por el cielo, cayendo una y otra vez en una profunda olla de espuma y agua, escuchándolas proclamar con toda su fuerza el perdurable grito de su triunfo.

En cada uno de estos lugares era imperioso detenerse un momento. Contemplar cuanto nos rodeaba. Abrazarlo con todos los sentidos.

Jorge también aprovechaba otro cometido. La vida en campamento era el campo de pruebas para todos aquellos scouts que estábamos preparando Especialidades. Trabajos y conocimientos que se fueron realizando durante el Año tendrían su coronación ahora, en el Nucal Lanín, que fue como llamamos al campamento.

Si bien hasta el momento Jorge no nos había comentado nada todos sabíamos que él todo lo observaba; y que cada uno de los que queríamos tener nuestra Especialidad la podríamos recibir, o no, al fin del Nucal Lanín.

Adrián estaba realizando la especialidad de Cocinero. Con Rikki éramos los dos que intentábamos lograr la especialidad de Acampador. Ramiro estaba interesado en la de Guardaparque y Arturo en la de Nadador. También teníamos a dos muchachos que demostraban su interés por los pájaros e iban detrás de la especialidad de Ornitólogo.

-Claudio- Jorge se dirigió a uno de los futuros Ornitólogos. –Sobre la lenga que está a la izquierda de la cascada hay un pájaro. ¿Lo ves?

-¿El carpintero patagónico?- preguntó Claudio, demostrando que se había preparado bien.

-¡Excelente!- respondió Jorge. -¿Podrás distinguir todos los pájaros que me presentaste en el trabajo que hicieron con Saborido?

Saborido Grande era el otro scout que quería tener la especialidad de Ornitólogo. Junto a Claudio preparó un trabajo sobre las distintas aves que habitaban el Parque Nacional. La prueba de fuego era saber si podrían divisarlas y distinguirlas en el terreno.

Saborido Grande ya había identificado a una bandada de bandurrias que se movían en la zona de la Cascada Escondida; a un halcón peregrino que surcaba el cielo como una flecha y, luego de avistar y comparar, determinó que los pájaros que estaban cerca del Rincón eran dos calandrias moras, parecidas, excepto por el color, a las calandrias de la Pampa húmeda.

Esta era la primera ocasión en que Jorge le preguntaba a Claudio por un ave determinada. Y casi de inmediato al avistaje del carpintero patagónico, un poco más adelante del lugar en que estaba el “pica árboles”, fue el propio Claudio quien distinguió a una de las aves más espléndidas de la fauna argentina.

En la punta de un pehuén, sola, altiva, distante, pudimos admirar la presencia y la prestancia de un animal hermoso y soberbio.

Impasible a nuestra intromisión en su mundo, a pesar del bullicio que hacíamos, por lo menos hasta que la divisamos; atenta a cuanto la rodeaba, quizá vigilante, quizá preparada para caer sobre su presa, parecía decirnos: “mírenme, aquí estoy”

-¡Un águila mora!- Claudio estaba excitado con su descubrimiento.

Los Águilas también estábamos excitados: Nuestro animal emblema estaba allí delante. Libre. Como amo y señor de cuanto lo rodeaba.

-¡Continuemos chicos, que todavía falta lo más bravo!

Cargamos las mochilas, que ya pesaban un poquito más que antes, y en silencio, en tanto continuábamos admirando al águila mora, retomamos la senda hacia la base del Volcán.

¡En verdad faltaba lo más difícil!

Cuando dejamos definitivamente atrás al arroyo parta introducirnos en el monte y comenzar el ascenso hacia la base del Volcán la marcha cambió… Siempre seguíamos el sendero, bien visible y convenientemente señalado, pero nunca en terreno llano. Siempre en subida, paso a paso, metro a metro.

El ritmo de marcha decreció. Las sonrisas trocaron en rostros adustos. Las bromas y comentarios comunes a muchachos y cosas nuevas se acallaron de golpe. El sonido que nos acompañaba era el resoplido del aliento, las pisadas retumbando en la tierra, algún lamento de cansancio…

Fue necesario parar con mayor asiduidad buscando recuperar fuerzas. Al detenernos, nos tirábamos al suelo con todo el peso del cuerpo, despatarrándonos cuan largos éramos, y casi no hablábamos buscando recuperar fuerzas.

Cacho nos traía siempre su voz de aliento: -¡Vamos muchachos que ya falta poco! En la última parada de descanso que hiciéramos siguió adelante, para estudiar lo que nos faltaba caminar. Volvió poco después con la noticia de que nos faltaban apenas doscientos metros para salir del monte y enfrentarnos al Lanín.

-¿Y después?- preguntaba Jorge. -¿Cómo sigue el camino?

-Comienza una planicie con muchos arbustos y yuyos. Está bien definido el fin del monte y la huella que va hacia el Volcán.

-¡Vamos muchachos que ya lo tenemos!- nos alentó Jorge poniéndose de pie y abriendo la marcha.

Esos últimos doscientos metros eran los más empinados. Cuando llegamos al final del bosque transpirábamos y bufábamos como caballos percherones luego de tirar de un carro. Al salir del bosque descubrimos ante nosotros una planicie desprovista de árboles, sólo arbustos, flores y el pasto más verde que hubiera visto nunca. Adelante, luego de otra subida, la última, se veían las negras rocas volcánicas contrastando nítidamente con la blancura del hielo que, sin perder su continuidad, ascendía hasta la cima del Volcán.

Ingresando a la planicie, pasados los primeros grandes arbustos, nos encontramos rodeados por la vista de cientos de cerros que, apretujándose en un magnífico cordón montañoso, se perdían en el horizonte. Para nosotros, acostumbrados a tener una vista similar del mar uniéndose con el cielo, este cuadro imponente nos llamó profundamente la atención.

La mejor descripción la dio Ramiro: “Parece un océano de montañas”. Y efectivamente era así, pero al revés, porque la orilla, en lugar de dorada arena, era el agua cristalina de los lagos Paimún y Huechulafquen; después, un mar de ondulaciones verdes y azules infinitos.

Aquel fue otro perfecto escenario fotográfico. Otro elemento de asombro; como también lo fue distinguir, en un peñón inaccesible para el hombre, a un grupo de cóndores que tenían allí su nido.

En determinado momento, cuando comenzamos a cruzar la planicie, los cóndores remontaron vuelo haciendo grandes círculos, planeando majestuosos como lo que eran, reyes de la montaña. Descendían girando y girando, siempre con un planeo lento y admirable, puesta su atención en saber quién osaba ingresar a su reino.

¡Qué diferencia con los cóndores del zoológico: siempre quietos, con toda la apariencia de seres tristes y viejos!

Hicimos el tramo final con gran ahínco, con el ánimo renovado. Teníamos ante nuestra vista, en todo su esplendor, los 3776 metros del sereno y blanco pico del Volcán. A sus pies, nosotros, simples mortales, que en ese momento no teníamos otra cosa en la cabeza que encontrar un sitio donde sentarnos a comer y a refrescarnos en alguno de los pequeños hilos de agua que cortaban la verde alfombra del pasto por doquier.

Nos sentamos todos juntos. Dimos gracias a Dios por la comida y por este momento tan especial que estábamos viviendo. Por haber llegado a pesar de las fatigas del camino y de las picaduras de los tábanos que nos persiguieron implacables en el ascenso final dentro del bosque. Por compartir nuestras alegrías… ¡Y devoramos la comida!

La parte final de la excursión llegaría luego del chocolate en barra que tuvimos de postre: hacer pie en el hielo; tocarlo, dejarnos deslizar por él, jugar con ese manto blanco que teníamos tan cerquita.

Jorge estaba listo a invitarnos a ir hasta el hielo cuando un descubrimiento de Iván retrasó un momento el ataque al hielo.

-¡Miren! ¡Miren! ¡Esta piedra flota!- asombrado, Iván dejaba caer piedras en el agua que, en lugar de hundirse, como toda piedra, quedaban flotando y eran arrastradas por la corriente.

Curiosos y asombrados fuimos a observar cómo podía ser eso.

Cada scout buscó una de aquellas extrañas piedras. Resultaron livianitas como pelotas de plástico. Y luego de ser arrojadas al agua, sean grandes o chicas, indefectiblemente quedaban flotando y eran llevadas corriente abajo. ¡Increíble!

Jorge comentó que estas piedras volcánicas, viejísimas, se llamaban piedras pómez. Antiguamente fueron parte de la lava volcánica y que eran muy utilizadas para los pies; para rasparse callosidades y esas cosas.

-¡Ah, sí, en el baño de la casa de mi abuela siempre hay!- comentó Víctor. –Mi abuela la usa para los pies. Pero no tienen esta forma…

-No- respondió Jorge. –las piedras que hay en la casa de tu abuela están industrializadas. Se las corta, se las pule y se les da una forma más agradable, más comercial, que no parezca una piedra.

De más está decir que el peso que antes nos significó la comida, al regresar, sería reemplazado por el de las piedras pómez. Todos nos llevamos varias de recuerdo.

La experiencia en el hielo fue un montón de resbaladas, caídas, sonrisas. Como podíamos, en cuatro patas, de costado, como fuere, subíamos por sobre el hielo para luego dejarnos deslizar sentados. Lográbamos descender a una velocidad vertiginosa, que se multiplicaba cuanto más alto lográbamos subirnos en el hielo.

-¡Correte! ¡Correte que no me puedo frenar!

¡PUM!

Algunos nos chocábamos entre sí al bajar, porque no nos podíamos detener, y otros recién lograban hacerlo cuando el hielo se confundía con las primeras piedras que aparecían delante de sus pies.

Cansado, me senté en una saliente rocosa a mirar a los chicos, y a los grandes, que todavía seguían tirándose en el hielo. Haciendo visera con la mano, porque tenía el sol de frente, miré hacia la cima del Volcán, soñando con algún día poder escalarlo. Pero eso, quizá, fuera el día de mañana, cuando sea mayor. Lo que había logrado hasta ahora estaba más que bien, era magnífico, y estaba dichoso por ello.

Cuando uno la pasa bien se olvida del tiempo. Vaya a saber cuánto estuvimos jugando en el hielo… Pero llegaba el momento de volver… Cada cual tomó su mochila e iniciamos lentamente el descenso, mirando cada tanto hacia atrás, como intentando guardar en la retina esa imagen única, la del Volcán erguido, recortando el cielo.

Nos despedimos en silencio del Lanín. Lo mismo hicimos con los cóndores y con aquella vista tan particular de un mar formado por cerros y montañas. Nos adentramos en el bosque, que nos cubrió por completo con su verde y retomamos la senda que serpenteaba entre los árboles.

El descenso era menos cansador, claro, pero lo empinado del sendero nos invitaba a transitarlo a mayor velocidad que el simple paso…

-¡No corran chicos!- el grito de Jorge quería frenar el ímpetu de la bajada fácil. -¡Es peligroso para los tobillos!

Pero… ¡dicho y hecho! Arturo, grandote y pesado, no corría pero poco le faltaba. Bajaba muy rápido; quiso esquivar unas raíces de coihue y entre la frenada, su propio peso y la velocidad que traía…

-¡Hay! ¡Me doblé el tobillo, me doblé el tobillo!

Jorge le dijo de todo menos lindo. Ahora a Arturo no le quedaba otra que regresar dolorido y caminando mal, a pesar del considerable vendaje que le hiciera Cacho.

Arribamos al campamento pasadas las seis de la tarde. Cansados, sucios. Con hambre y con sed. Jorge nos ordenó agarrar toda la ropa que teníamos sucia y aprovechamos a hacer limpieza doble: la nuestra y la de la ropa. Entretanto los cocineros calentarían el mate cocido que quedó preparado de la mañana.

Lavamos, merendamos y tuvimos tiempo para reunirnos a realizar un par de juegos tranquilos, ya no quedaban energías para andar corriendo o trepando.

Terminada la cena Jorge nos llamó a formar al pie del mástil. Todos queríamos descansar y dormir, y lo preferíamos ante cualquier actividad que nos tuvieran preparada por más divertida que ésta fuera.

Cuando las tres Patrullas hicimos el Grito volvimos a escuchar el sonido del silbato. Provenía de la ladera del cerro que estaba pasando el camino. Los tres pitazos largos nos prevenían que comenzaba una transmisión de morse.

-¡¿Morse ahora?!- fue el quejido general. -¡No Jorge, vamos a dormir!- No hubo un solo scout que no eleve su queja.

-¡Presten atención que ya empieza la transmisión!- fue la respuesta de Jorge sin hacer el menor caso a nuestras quejas.

Aprovechando la oscuridad el transmisor, Cacho, realizó tres destellos de luz. Transmisión visual. Cacho usaría una linterna.

Hubo que repetir el mensaje para que las tres Patrullas lo captemos íntegramente. El mensaje nos decía que había que ir a dormir. Hacer la oración de la noche por Patrulla y acostarse. ¡Hasta mañana!

Cuando los Águilas nos acostamos, antes de rezar la oración, les comenté a los muchachos sobre los últimos días que nos quedaban de campamento.

-Chicos, faltan dos días de campamento y estamos últimos en el Concurso de Puntos- no utilicé ningún tono dramático, ni de enojo, ni de angustia. Solo quería alentar a mis patrulleros. -¿Ustedes quieren ganar el Concurso de Puntos?

Todos lo querían ganar. Ninguno dijo nada en contra. Pero no dejaron de expresar lo complicado que sería lograrlo.

-Chicos, nos quedan los Juegos Mapuches- comentó Adrián. –Tal vez si ganamos varias pruebas…

-¿Cuántos puntos dan por descubrir al Zorro?- se preguntaba Marcos. –Si mañana acepta el Desafío de alguno de nosotros nos podemos organizar para descubrirlo…

-Esa es una buena idea- dije entusiasmado. –Siempre y cuando el Zorro no esté en nuestra Patrulla…

Se hizo un silencio. Cada uno de nosotros, en su interior, sopesaba lo que aquello significaba.

-Yo mañana le hago otro Desafío- Marcos tenía un entusiasmo muy particular con el tema del Zorro. Incluso Adrián lo había visto merodeando por el Rincón de los Tigres el día del primer mensaje de nuestro escurridizo adversario, cuando utilizó el cuchillo de Ramiro para dejarlo clavado en el mástil. ¿Acaso sería Marcos el Zorro?

-Bueno- acepté lucubrando cómo atrapar a Marcos si es que era el Zorro. –Vos mañana temprano dejale el Desafío, que si lo acepta vamos a ver cómo podemos descubrirlo…

El Nucal Lanín estaba llegando a su fin. Todavía faltaba mucho por hacer. Y si queríamos conquistar el Primer Puesto del Concurso debíamos responder como lo hicimos en la excursión al Volcán: sin desfallecer, con entusiasmo, y con muchas ganas de vencer.

información y descarga en libro electrónico

portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada: Miguel Navarro. Foto de capítulo séptimo: Grupo Scout Cardenal Ferrari.

Si te ha gustado consigue desde ya el siguiente capítulo apuntándote al grupo de lectura de nuestra red social scout: SEIS GRADOS.
Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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