El Campamento de los Águilas. Capítulo 6: Servicio Impensado.

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El Campamento de los Aguilas, capitulo 6, Servicio impensado

El Concurso de Puntos había cambiado de líder. Los Tigres, gracias a los puntos conseguidos por descubrir al Zorrito pasaron a encabezar las posiciones. Los Panteras quedaron segundos y nosotros terceros; todos cerquita, sin diferencias muy abultadas. Terminado el Juicio, lo que dio el vuelco en el cambio de posiciones, un nuevo Juego nos brindaba la posibilidad inmediata de un nuevo cambio.

El Juego recreaba a una patrulla de Gendarmes, algo así como la Policía que custodia las fronteras del País, que debía detener a un grupo de contrabandistas en su intento de cruzar la frontera de manera ilegal.

Los Gendarmes formaban un equipo integrado por dos scouts de cada Patrulla. El resto de los jugadores eran los contrabandistas.

Cada contrabandista llevaba una mochila con elementos que intentaría introducir en el País sin pasar por la Aduana. Estos elementos estaban representados por papelitos con el nombre de ellos: zapatillas, perfumes, notebooks, relojes, hasta animales exóticos.

Los Gendarmes debían impedirles el paso. El único requisito importante que debían tener en cuenta es que no podían apresar a un contrabandista que fuera de su Patrulla (esto era un secreto sólo conocido por los Gendarmes)

Los contrabandistas podían eliminar a los Gendarmes, y al igual que ellos, sólo podían eliminar a Gendarmes que no fueran de su Patrulla (secreto sólo conocido por los contrabandistas)

El Juego fue un éxito. Lo ganamos los Águilas que pasamos a los Panteras en el Concurso e Puntos y nos acercábamos con ímpetu a los Tigres. Había varios días de campamento por delante y el ingrediente del Concurso nos ayudaba a dar lo mejor de cada uno en cada actividad que desarrollábamos. Teníamos que tener cuidado de no excedernos: enfrentamientos, peleas, discusiones; todo aquello que puede traer aparejada la competencia. Eso era algo para vencer, y más importante aún que el simple triunfo en un Juego.

Por la tarde, luego del descanso posterior al almuerzo, y el momento que el Zorrito Miguel empleó para lavar las ollas de la cocina, hicimos una caminata hasta el punto donde se unen los lagos Huechulafquen y Paimún.

El trayecto era corto. No más de 20 cuadras estimaba Jorge (los citadinos, cuando se trata de caminar, tenemos incorporado el metro de la cuadra, y está bien, si es la distancia común de nuestro medio ambiente) En la confluencia de ambos lagos nos encontraríamos con una balsa muy particular empleada por los habitantes de la zona. A unos metros, la capilla de madera que vimos desde la combi al llegar desde Mar del Plata, y pegadito a la capilla el Puesto de Gendarmería Nacional, que era otra de los objetivos de la excursión.

Quienes habíamos visto un Gendarme lo hicimos viajando hacia Buenos Aires por la ruta 2, o en la televisión, interviniendo en alguno de los tantos y constantes cortes de rutas que vivió el País. Como marplatenses estábamos acostumbrados a ver en las calles a los integrantes de la Prefectura Nacional, que nos dijo Jorge, también vigilaban las fronteras, pero lo hacían en las del mar o en la de los ríos.

En el Puesto había cuatro Gendarmes. Vestían ropa militar, color verde, y llevaban un arma a la cintura. Y excepto el señor que estaba a cargo, que era el más grande, parecían todos jóvenes y simpáticos. La casa que ocupaban cumplía las funciones de vivienda, oficina, sala de esparcimiento, centro de comunicaciones e inmensa platea para uno de los escenarios más alucinantes que viera en mi vida: la mole del volcán Lanín; un cono perfecto de eterno penacho blanco, que dominaba el paisaje como magnífico telón de fondo. Los verdes cerros, la exuberante vegetación, parecían como pintados de tan perfectos que se veían. El agua de los lagos, espejos líquidos, siempre reflejando el sol. El cielo, maravilloso, celeste, profundo, espectacular.

-¡Qué lugar para trabajar!- el Gendarme que nos acompañaba tampoco se cansaba de contemplar su “oficina” como la llamó cuando nos reunió delante de la puerta de entrada al Puesto.

El encuentro con los Gendarmes comenzó con las presentaciones. Luego una recorrida por la casa; los pesebres de los caballos (el medio de transporte con el que se desplazaban dentro del Parque, donde no había caminos) y el galpón de botes y herramientas.

Luego del recorrido, el señor que dirigía el Puesto y el que nos daba todas las explicaciones, nos ubicó delante del equipo de radio con el que se comunicaban a… no me acuerdo dónde nos dijo…

-¿Acá no usan teléfonos?- preguntó Arturo.

-Cuando hay señal sí. Pero la radio es más segura y efectiva, no necesita señal satelital y funciona con la peor de las tormentas. Nunca nos falla.

El señor, un Sargento Primero, nos informó de su rango, se sentó delante de la radio y comenzó a tocar botones hasta que habló con alguien a quien le dijo que un grupo de “boy scouts” (como siempre sufrimos que nos digan) estábamos de visita en el Puesto. Después permitió que algunos de los chicos también lo hiciéramos. Arturo, por supuesto, fue el primero. Era divertido, y nada del otro mundo.

Después de la comunicación nos sentamos afuera, en el suelo. El sargento primero Páez, nos volvió a recordar su nombre, nos contó sobre la Gendarmería: la labor que desarrollaba en las fronteras, sus problemas y sus logros; la vida en los puntos más extremos del País, tanto en verano como en invierno. Nos relató un sinfín de anécdotas, empezando por el general Güemes, el primer Gendarme de nuestra Patria, y finalizando con historias que había vivido él mismo tanto en el Norte como en el Sur de la Argentina.

¡Qué vida la de los Gendarmes!

Para terminar la visita el sargento Páez nos hizo una invitación muy particular. Nos dijo que nos demos vuelta, que quedemos mirando hacia la postal del Lanín, y una vez en esa posición nos explicó:

-Desde aquí hasta donde está el alambrado, que es el límite del Puesto, hay unos 200 metros. En todo ese terreno hay frutillas silvestres. El que quiera comerlas no tiene más que ir a buscarlas- finalizó su explicación dando la orden que gritan los militares para que los subordinados realicen la tarea de inmediato.

-¡Carrera mar…!

Del único lugar que sabía que podía conseguir frutillas era de la verdulería, y pagándolas. Aquí estaban listas para ser tomadas por quien se agache a recogerlas. No eran tan ricas como las de la verdulería, si para medir el sabor utilizamos la lengua… porque si utilizamos el espíritu indudablemente que éstas eran mil veces más ricas…

-¡Saborido! ¡Vos no comas muchas que todavía andás medio flojo!

Los dos grandes lagos de la zona, el Huechulafquen y el Paimún, están unidos por un estrecho de no más de 50 metros de ancho de orilla a orilla. Desde la ribera en la que nos encontrábamos en ese momento podía leerse el cartel que en la otra orilla anunciaba la dirección del Cementerio Indio y la Fuente de Aguas Termales.

La balsa que unía ambas orillas estaba construida de troncos. Grandes palos amarrados uno al lado del otro y formando una base de 10 metros de largo por unos 3 metros de ancho aproximadamente. Tenía baranda a ambos lados y una cuerda que atravesaba toda la balsa y llegaba de orilla a orilla.

Cuando arribamos al embarcadero la balsa estaba en la ribera opuesta. No se veía a nadie alrededor.

El chiste es que con solo alzar la soga que llega a la balsa, y comenzar a tirar de ella, la balsa empieza a acercarse. Una vez cumplido el cometido de subirla se vuelve a tirar de la soga, como quien juega una cinchada, y la balsa cruza el estrecho en dirección a la otra orilla. La soga, entones, es el medio de amarre y el de tracción. No se necesita más que a quien utiliza la balsa en ese momento para moverse de un lado a otro.

Tuvimos que subir de a pocos para que la balsa aguante el peso. De una Patrulla a la vez, sintiendo en cada brazada que dábamos en la soga cómo surcábamos apacibles las mansas aguas del lago.

-¿Vamos al cementerio indio?- le preguntamos a Jorge.

-¿Son distintos a los cementerios de las ciudades?- insistimos.

-No tengo idea muchachos. Sé que son diferentes, pero nunca estuve en uno. Y tampoco sé si vamos a poder visitar éste porque no conozco a qué distancia está… incluso no sé si se nos permite visitarlo…

-¿Podemos averiguar?- insistíamos esperanzados, vaya a saber por qué interés.

-Le podemos preguntar a Daniel, el Guardaparque.

-Si él nos dice que podemos ir, ¿vamos?

-Bueno, si está permitido podemos ir.

Recorrimos un poco el lugar y volvimos a “embarcarnos”. Llamamos a la balsa “balsa-cincha” y hasta nos permitimos una pequeña competencia para cruzar el estrecho; la de “quien lo cruza más rápido”

Cuando los Tigres pisaban tierra cronometrando el tercer puesto, detrás de nosotros y de los Panteras, que nos ganaron apenas por 10 segundos, vimos la camioneta del Guardaparque que se nos acercaba por el camino del campamento. Venía apurado y se lo veía muy serio. Paró la camioneta, bajó y se dirigió a Jorge con prontitud.

Algo ocurría. El gesto adusto, falto de sonrisas, hablaba de la seriedad del asunto que lo apuraba. No tardamos en enterarnos. Daniel, con premura y sin preámbulos le comentó a Jorge la gravedad de la situación y nosotros no pudimos dejar de escuchar lo que le decía.

-¡Se está produciendo un incendio!- señaló en dirección a donde se elevaba una densa columna de humo negro. Estuvimos tan entretenidos con la balsa-cincha que no prestamos mayor atención a lo que ocurría alrededor.

-Necesito que me des una mano con los chicos- continuaba Daniel. –No es nada que los ponga en peligro: podrían colaborar con el traslado de agua, la limpieza de ramas y esas cosas, estarían fuera del alcance del fuego.

-¡Contá con nosotros!- Jorge no se hizo rogar al dar su respuesta. -¿Tenemos que ir a buscar algo?

-Vengo del campamento- Daniel fue incapaz de ocultar su satisfacción ante la respuesta de Jorge. –Coco y Héctor van a juntar todo lo necesario y vienen para acá en la camioneta. Nos vamos a reunir en mi Puesto con toda la gente que va a trabajar.

Un cosquilleo me recorrió el cuerpo. Estábamos ante un hecho del que habíamos escuchado decir muchas cosas, especialmente lo peligroso que resulta un incendio forestal que no pueda ser controlado: podía acabar con la flora y la fauna de miles de kilómetros cuadrados de los más espléndidos lugares que haya conocido hombre alguno; a más del gran peligro y pérdida que significaba para los pobladores del Parque.

-Que la mitad de los chicos suban en mi camioneta y el resto vaya en la camioneta de ustedes- ordenó Daniel.

Jorge nos organizó para que los Águilas, tres Panteras y Cacho vayamos con Daniel; el resto esperaba a Coco y a Héctor.

Partimos dejando atrás una polvareda que demostraba lo seco del ambiente. La falta de lluvia, altas temperaturas y algún imprudente, el peor de los ingredientes, es una combinación mortífera para el bosque y la columna de humo que distinguíamos desde la camioneta era la señal de que estábamos frente a esa tan indeseada combinación.

Cuando llegamos al Puesto nos reunimos con los Gendarmes, otros Guardaparques y varios pobladores, hombres y muchachos, que nos miraban con recelo. ¿Qué podían hacer estos chicos además de molestar?

Daniel también captó las miradas de desaprobación y sintió que debía dar una explicación.

-Los scouts nos van a poder alcanzar agua e ir limpiando los lugares por donde vamos atacando el fuego. Como buenos scouts están acostumbrados a trabajar organizados y siguiendo las indicaciones que se les dan.

Pensé en Spoletto… que no nos vaya a hacer quedar mal…

El Sargento de Gendarmería fue el único que dijo algo. “Me parece bien. Estos chicos van a trabajar muy bien” El resto de la gente simplemente aceptó la situación y punto.

Los Guardaparques (luego supimos que de los tres que acompañaban a Daniel sólo uno era Guardaparque, los otros dos se estaban preparando para serlo, y el Parque, era el terreno de prueba para recibirse) prepararon el equipo que llevaríamos a la zona del incendio. Nada espectacular, como había creído en un primer momento; solamente palas, hachas, un par de moto sierras, unos palos con unas tiras de cuero a manera de pequeños látigos, bidones con combustible y un equipo portátil de radio.

Gendarmes y pobladores transportaban elementos similares. Esta es una de las grandes dificultades que existen en nuestro País para atacar los incendios forestales: aquí no se puede llamar a los Bomberos para que vengan con sus autobombas; es casi imposible llegar a los incendios con vehículos terrestres.

Es cierto que existen helicópteros y aviones que, preparados especialmente para combatir incendios, son capaces de tomar agua de los lagos para dejarla caer sobre los bosques en llamas. Pero esos aviones y helicópteros no están en todos lados, y tampoco acuden ante un requerimiento menor, como parecía que por ahora era el incendio al que nos enfrentábamos.

Cuando llegaron Coco y Héctor con el resto de la Unidad y los elementos que les hiciera traer Daniel partimos hacia el foco del fuego. Nos apretujamos en tres camionetas; pero así y todo fue necesario que dos de las camionetas regresen para cargar gente y material que no cupo en el primer viaje.

Los Águilas viajamos en el segundo contingente. El camino no llegaba hasta la línea de fuego, por ello las camionetas terminaban su trayecto hasta la orilla del arroyo que, como límite natural, impedían el paso de las tres Ford que nos transportaban.

Caminando y cargando al hombro todo el material del que se disponía para combatir el incendio, debimos trepar, bajar y volver a subir los cerros por más de una hora hasta llegar a una cima que dominaba todo el terreno circundante.

En tanto ascendíamos podíamos olfatear la acción del fuego, y ver, cada vez con mayor claridad, las espirales de humo en dirección al cielo.

Desde la cima la vista del incendio mostraba a las claras la gravedad del asunto. El fuego abarcaba algo así como media manzana de largo, o quizá más. La verde alfombra del bosque iba siendo devorada por grandes lenguas amarillas que se trasladaban de árbol a árbol con pasmosa facilidad.

¡Gracias a Dios no había viento! Daniel nos explicó que esa era nuestra mayor bendición; la acción del viento es la principal fuente de propagación de un incendio forestal y para nuestra suerte soplaba una brisa muy suave, casi inexistente, aunque suficiente para ayudar a desplazar el fuego paso a paso, lento e implacable.

En la cima Daniel dio las indicaciones de cómo actuar. Dividió a los adultos en tres grupos. El primero, con hachas y moto sierras, tendrían la tarea de arrasar el monte allí donde el fuego no había llegado formando lo que se conoce como un contrafuego: algo así como una franja libre de árboles y ramas, el combustible del que se alimenta el fuego. Al llegar a ese sitio las llamas no encuentran qué incendiar y por lo tanto se va extinguiendo.

Otro grupo, a cargo de un Gendarme, arrojaría agua atacando al incendio desde la zona por la que ya habían pasado el fuego. Es importante apagar los tocones, troncos y ramas que en forma de brasas candentes perduran luego del avance implacable de las llamas. En este grupo estaríamos asignados nosotros. Desde la cima podíamos divisar un arroyito que pasaba cerca del incendio; nuestra tarea principal sería trasladar el agua desde allí hasta el grupo.

-¡Va a ser cansador muchachos!- Nos decía Daniel. –Por eso es importante que se organicen de tal manera que no tengan que recorrer grandes distancias. Lo mejor es formar algo así como una cadena humana que les permita desplazarse apenas unos metros. ¿De acuerdo?

Daniel nos hablaba como a personas a las que se les puede confiar una responsabilidad. Ninguno de nosotros necesitaba alguna motivación extra. Todos queríamos colaborar; nos sentíamos importantes, haciendo un trabajo que en este caso sólo nosotros podíamos hacerlo.

La tarea era realmente agotadora. Cacho y Jorge nos organizaron a la perfección: se llenaban los bidones y los dos primeros scouts de la cadena tomaban los bidones con agua, caminaban unos metros y entregaban el bidón a la segunda pareja, a la vez que volvían al arroyo con un bidón vacío que les era entregado por el lleno con agua. La pareja que recibiera el bidón con agua repetía la operación entregándolo a una tercera pareja, éstos a la cuarta, y a la quinta y así hasta que el bidón con agua llegaba a los adultos que tenían la tarea de arrojarla donde fuera necesario hacerlo.

Al principio fue fácil; pero el cansancio comenzó a dejar sus huellas. El ritmo de trabajo decayó… pero la acción del fuego no se detenía… debíamos seguir combatiéndolo con ímpetu.

Cada tanto parábamos para hacer un pequeño descanso. En ese momento nos sentábamos, entumecidos, hasta que el Gendarme nos daba la orden de continuar. ¡Ni uno sólo de los chicos flaqueó!

En medio del trabajo y la fatiga recibimos otra bendición: ¡la brisa cambiaba de dirección y amentaba su intensidad! El viento giró 180º. Ahora el cambio fue total: el fuego, que antes había encontrado mucho combustible con el que abastecerse y continuar su marcha, ahora, que comenzó a girar, se encontró con los cortafuegos de un flanco y con el terreno ya arrasado por otro.

Pero todavía estaba vivo. El humo comenzó a ocultarnos la visión; el calor de las llamas era trasladado por el viento haciendo que la temperatura del aire subiera a límites alarmantes.

Las gargantas nos picaban debido a la acción del humo y las cenizas que se nos metían por todos lados.

Daniel, que iba y venía coordinando la labor de cada grupo apareció entre el humo con un pañuelo tapándole la boca y la nariz, a la manera de los bandidos que quieren ocultar su rostro.

-¡Chicos, pónganse los pañuelos de la misma manera que yo!

Fue un gran alivio. Luego nos pidió que ahora, más que nunca, era necesario dar hasta el último gramo de energía: si el fuego, en lugar de tocones y brasas, encontraba carbones empapados en agua y llenos de humedad, se moriría por completo.

¡Vamos chicos, con ganas, que el incendio es nuestro!- nos alentaba el Gendarme.

Ya oscurecía cuando se acercó Daniel a los gritos.

-¡Ya está chicos! ¡Ya está! ¡Parece que los vencimos!

No teníamos fuerza ni para dar un grito de alegría. Estábamos exhaustos, sucios por las cenizas y el hollín; los ojos llorosos por el humo. Igual estaban Daniel, el Gendarme, los Pobladores y todos los que habíamos combatido el fuego. Pero sonreímos felices… ¡Derrotamos a las llamas! ¡Lo logramos!

-Igual vamos a hacer guardia por la noche- continuó Daniel. –Pero esa será tarea para algunos de nosotros. Ustedes vuelvan a su campamento que bien se han ganado el descanso.

-¿Se sabe que produjo el incendio? ¿Alguna idea?- preguntó Jorge.

-No, ahora ninguna. Quizá mañana podamos recorrer la zona con tranquilidad y descubrir qué lo inició y dónde. Lo único que se sabe es que ayer por acá andaba un grupo de excursionistas, gente que estaba de paso. Ese tipo de gente es la que menos cuidado tiene con el fuego cuando hace un asado o tira una colilla de cigarrillos. Aunque parezca mentira una simple colilla de cigarrillos, que parece apagado, puede ser causa de un tremendo desastre.

-¿Vamos volviendo entonces?- preguntó Coco. –que estos pibes deben andar con un hambre… no quiero que digan que los cocineros no cumplimos con nuestra labor por atender un fueguito en el bosque…

-Sí, vuelvan tranquilos. ¡Ah, muchachos!- antes de que emprendamos el regreso Daniel nos detenía para decirnos algo de último momento. -¡Los felicito! Realmente hay que aguantarse laburar como lo hicieron. Se comportaron como verdaderos scouts. ¡Muy bien!

¡Cómo se ensancha el corazón cuando uno hace algo bien y encima lo felicitan de esta manera!

Para llegar a las camionetas tardamos más tiempo que el que empleamos para llegar hasta el incendio. Entre el cansancio y la oscuridad, nadie tenía linterna, el camino se tornó un tanto más complicado que a la ida.

Una vez en el campamento surgió otro problema. El hambre. Esa tarde no merendamos. Los cocineros, como nosotros, hicieron de Bomberos y no tuvieron oportunidad de preparar absolutamente nada. ¿Qué cenamos?

Fue una comida distinta, sin dudas. Se calentó el agua para mate cocido. Pan, queso, salame y de postre dulce de batata o de membrillo, de acuerdo al gusto de cada uno. Todo en cantidades indiscriminadas. Sólo Arturo necesitó un “Ya comiste mucho” ¿Bastante bien, no?

Esa noche solo deseábamos descansar. No hubo Desafíos ni bromas del Zorro. Nada de juegos; tampoco alguna charla o fogón. Descanso. Sólo descanso.

La mañana, que comenzó más tarde de lo habitual, producto del merecido descanso, nos encontró listos para proseguir con las aventuras y la diversión. Sin dudas que el día anterior había sido especial. Durante la formación continuamos comentando y recordando la experiencia del incendio. En nuestros jóvenes corazones guardábamos un sentimiento de coraje y decisión que hacía sentirnos algo así como héroes.

Terminábamos de dar los Gritos de Patrulla cuando vimos acercarse la camioneta del Guardaparque. ¿Habrá revivido el fuego? Aguardamos en silencio la llegada de Daniel, expectantes a lo que pudiera estar ocurriendo nuevamente con las llamas.

Pero el rostro de Daniel no tenía el menor rastro de seriedad ni desasosiego, al contrario. Si bien ojeroso y con marcas de cansancio, a más del uniforme blanco de cenizas y manchado por todos lados, se lo veía sereno y alegre. ¡Parece que esta vez no se trataba de problemas!

-¡Buenos días!- saludó Daniel con evidente placer. -¡Qué bueno que los encuentro justo cuando van a izar la Bandera! Hace tiempo que no participo de una Ceremonia como esta, acompañado por scouts, si me permiten…

-¡Pero cómo no!- Jorge, contagiándose del espíritu que movía a Daniel agradeció su participación. –Para nosotros también es un placer contar con vos, te agradecemos que quisieras compartirlo.

-Sí, quería estar un ratito con ustedes para decirles que me puso muy feliz lo que hicieron ayer. Y que los felicito, ya se los dije, pero se los quería reiterar.

Agradecimos con modestia. Jorge también nos tenía preparado algo: luego de rezar la Oración (que Daniel recitó con nosotros sin equivocarse nunca), nos lo hizo saber regalándonos una hermosa consideración.

-Antes de izar la Bandera, le explico a Daniel para que lo entienda, nombramos a la Patrulla que más se destacó el día anterior. Esa Patrulla tiene el honor de que su Banderín se eleve junto a la bandera Argentina… Y hoy, de acuerdo a lo vivido en el día de ayer, con Cacho creemos que lo más justo y correcto es que las tres Patrullas tengan el honor de izar su Banderín…

Los tres Guías nos acercamos con nuestros Banderines en la mano. Estábamos perfectamente de acuerdo con la izada, y muy orgullosos por cierto.

Fue Cacho el que pidió el Matemático.

¡Qué bueno! Las tres Patrullas acompañando a nuestra Bandera con su Banderín. Daniel haciendo el saludo scout mientras realizábamos el izado. Los rostros de Jorge y Cacho demostrando lo dichosos que los hacía la situación.

Cuando Bandera y Banderines estuvieron bien en alto volvimos a realizar nuestros Gritos. Fue un auténtico clamor del espíritu de satisfacción que vivíamos. Después, sin tiempo para más, Jorge nos mandó a higienizarnos y prepararnos para el desayuno con la frase que gustaba utilizar cuando alguien había llegado a buen puerto con la nave que representa la tarea encomendada.

-Muchachos, ¡no se duerman en los laureles!

Con el estómago satisfecho por el desayuno las Patrullas acudimos al llamado del silbato intentando ser los primeros en formar. El Concurso de Puntos continuaba y cada formación era un punto extra para la primera Patrulla en formar.

Dimos los Gritos y Jorge, sin pronunciar palabra, nos dio a cada Guía un papelito doblado mientras daba el llamado a ponernos en acción.

-¡Al trabajo!

-¡Siempre Listo!- respondimos automáticamente, pero sin tener idea de lo que teníamos que hacer.

Jorge y Cacho se retiraron charlando animadamente hacia el Rincón de Dirigentes. No nos dieron ni la hora.

-¡Abramos el papel!

Nos apretujamos en círculo, por Patrulla, desdoblando el papelito. Era más grande de lo que aparentaba. Se trataba de un escrito que comencé a leer en voz alta para que todos los Águilas escuchen de qué se trataba.

El mensaje decía así:

QUERIDOS MUCHACHOS:

ES NECESARIO QUE SEPAN QUE

ESTE PARQUE TIENE MUCHAS HISTORIAS DE VIDA. LA DE

LOS POBLADORES, LA DE LOS VISITANTES, LA DE LOS

TRABAJADORES. LA VIRGEN MARIA ES PARTE DE ALGUNA

DE ELLAS. LA ESCUELA LO TIENE, LOS CAMPINGS, LOS

PUESTOS. TODOS DAN UN MENSAJE IMPORTANTE EN LO

QUE VIVEN Y HACEN.

PARA QUE NOSOTROS LO COMPRENDAMOS, DARLES SU JUSTO

VALOR, HAY QUE CONOCERLOS. Y PARA ESO HAY QUE

ESCUCHARLAS, SABERLA.

SI NOS GUSTA LA HISTORIA, SI NO TIENEN REPAROS,

HAY QUE DEJARSE LLEVAR.

NADA VALE MÁS QUE DEJARSE GUIAR POR LO BUENO,

POR LO IMPORTANTE. ENTONCES, SI ELLA LO VALE,

¡ADELANTE!

ALGUIEN EN EL CAMPING DONDE ESTA LA COMBI TIENE

LA PRIMERA HISTORIA QUE DEBEN CONOCER.

¡EXITOS!

-¡Tenemos que ir al camping!- comenté en voz alta. –Allá hay que buscar la persona que nos va a contar la historia.

-¡Uhh!- se quejó Spoletto. -¿Hasta allá tenemos que ir? ¡Queda relejos!

En el mismo momento que Spoletto protestaba Coco y Héctor, en la camioneta, se nos acercaban lentamente. Cuando llegaron hasta donde estábamos con los mensajes Coco, sin bajarse del vehículo, nos comentó en qué andaban.

-Chicos, vamos a Junín a hacer compras. ¿Necesitan algo?

-¿Nos pueden dejar en el camping cuando pasan por ahí?

Una sonrisa pícara inundó el rostro de los cocineros. Sin dudas se acercaron a propósito a preguntarnos si necesitábamos algo.

-Bueno, suban todos. Acomódense bien que van a tener que ir bastante apretaditos.

Toda la Unidad subió en tropel. Las tres Patrullas teníamos la misma misión que realizar. Nos dejaron frente al camping. Y ahora, ¿a quién preguntar?

En la entrada del camping había una pequeña construcción tipo oficina. Un muchacho estaba pintando el marco de una ventana; nos dirigimos hacia él.

-Buen día- íbamos juntos toda la Unidad, pero fui el primero en hablar –Nosotros acampamos en el campo de los Figueroa. Estamos haciendo un juego y nuestros dirigentes nos enviaron al camping a que encontremos a una persona que nos va a contar una historia. ¿Vos sabés algo?

El muchacho nos miró con cara de no entender nada. Sabía quiénes éramos: los que ayudaron a apagar el incendio. Pero no sabía nada de alguien que nos pueda contar una historia. Si queríamos le podíamos preguntar al señor que en ese momento cruzaba el camping llevando una carretilla cargada de leña.

Llegamos hasta el señor; lo saludamos, nos presentamos y le hicimos el mismo comentario que al muchacho de la entrada.

-¡Ustedes estuvieron ayer apagando el fuego!- nos dijo el señor a modo de respuesta. –Yo también estuve.

-Ah, sí, yo me acuerdo- dijo Ramiro. –Usted manejaba una de las moto sierras.

-Exacto. La verdad que les agradezco que se pusieran a ayudar. Aquí el peligro grande en el verano son los incendios.

-¿Sabe algo de una historia que nos tienen que contar?- preguntó Rikki impaciente.

-De historias para contarle a ustedes no sé nada… aunque conozco muchas historias. Viví aquí toda mi vida y la de cosas que he pasado…- la mirada del hombre brilló con el resplandor de los recuerdos. Nos miró sonriente y con cómplice voz nos dijo que tenía unos sobres que seguramente eran para nosotros. Que lo esperemos un momentito y nos los traía.

El señor continuó con la carretilla hasta un tanque detrás de los baños: el termotanque a leña. Se dirigió hacia la entrada, nos hizo señas para que nos acerquemos e ingresó a la oficinita. Cuando salió traía en la mano tres sobres. Tomó el primero, leyó lo que decía, y lo repitió en voz alta: “Águilas”

Me adelanté y recibí el sobre de las manos del señor. Lo mismo ocurrió con los Panteras y los Tigres.

-Eso es todo chicos.

-¡Gracias señor! ¡Hasta luego!

Cada Patrulla por su lado eligió donde acomodarse para abrir el sobre y ver qué había adentro. Los Águilas elegimos los árboles que estaban justo frene a la entrada del camping. Nos sentamos y rasgué el sobre con cuidado. Saqué el mensaje y comencé a leerlo para los oídos de toda la Patrulla.

Nos decía algo que ya conocíamos: que en el Parque funcionaba una Escuela primaria que a diferencia de las de Mar del Plata daba clase en verano, entonces, obviamente, tenía vacaciones largas en invierno, por el frío y la nieve.

Teníamos la misión, diferente a la de las otras Patrullas, de ir hasta la Escuela, que estaba cerquita del camping, y entrevistar a la señorita Mabel y a los chicos que iban a estar con ella.

Para realizar la entrevista el mensaje nos facilitaba una serie de consejos y preguntas que podíamos tener en cuenta. El objeto del encuentro era conocer cómo funcionaba una Escuela dentro de un Parque Nacional; qué diferencias existen con las de nuestra ciudad; cuántos chicos concurren al colegio y varias cositas más.

La Escuela era parecida a todas las Escuelas, pero chiquita y muy linda: construida en troncos y piedras, lo que le daba una apariencia hermosa. El mástil con su Bandera. Un aula grande, la salita de la maestra, una cocinita. Había pocos chicos, todos de diferentes edades. A diferencia de las Escuelas que conocíamos, todos los alumnos integraban una misma clase a pesar de cursar diferentes Grados. Los chicos, al igual que la señorita Mabel, estaban impacientes esperando nuestra llegada.

La señorita Mabel fue la que guió el encuentro. Nosotros llevábamos nuestras preguntas, las que fuimos haciendo mientras charlábamos, pero ellos también nos preguntaban sobre Mar del Plata: el mar y la vida en la ciudad (los chicos no conocían el mar, por lo menos ninguno había tenido la posibilidad de poner sus pies en él. No sabían lo que era vivir en un edificio, ni se lo imaginaban y mucho menos lo que representaba subir a un ascensor…)

Los alumnos eran más tímidos que nosotros. Así y todo logramos charlar y conocernos. ¡Qué raro que se veía ir al colegio en pleno verano! La pasamos bien. La señorita Mabel nos agradeció la visita y, para terminar, nos dijo que tenía algo para nosotros. Se acercó al escritorio, abrió un cajón, y sacó un gran sobre marrón que nos extendió indicándonos que dentro de él se encontraba lo necesario para continuar con nuestra misión.

Agradecidos, saludamos a los chicos y salimos de la Escuela para abrir el sobre y ver con qué nos encontrábamos.

Un mensaje nos informaba sobre nuestros próximos pasos: armar un Herbario. Acompañaban al mensaje algunos elementos que nos servirían para confeccionarlo, por ejemplo, cinta adhesiva, hojas blancas, un cordón, pegamento, fibrones. También había un conjunto de hojas fotocopiadas que describían, con fotos y dibujos, la flora de la Región: árboles, arbustos, flores; todo lo que pudiera hallarse dentro del Parque.

Las fotocopias eran algo así como un manualcito que enunciaba una variedad de plantas, casi todas desconocidas: lenga, ciprés, maitén, radal, canelo, notro, estrellita, michai, palmerilla… Era muy completo. Su finalidad consistía en que guiándonos por él armáramos nuestro Herbario.

El mensaje también puntualizaba que teníamos que estar en el campamento a la una de la tarde para almorzar. Finalizado el almuerzo, durante el descanso, armaríamos el Herbario. En el tiempo que mediaba desde ahora hasta el almuerzo nos dedicaríamos a recoger los especímenes: hojas, plantas y flores.

Cada scout contaba con un manualcito de la flora. Por lo tanto, si bien la Patrulla se movería siempre junta, en forma individual podíamos ir recogiendo y clasificando las distintas especies halladas. Cuando las pusiéramos en común elegiríamos las mejores muestras para armar el Herbario de Patrulla.

El mensaje concluía diciendo que a las 15.30hs, en la Gran Araucaria, nos estaría esperando “una ventana hacia el futuro”

-¡Chicos, son casi las tres y media! ¡Hora de ir a la Gran Araucaria!- nos recordaba Adrián. ¡Vamos a llegar tarde…!

Quisimos aprovechar hasta el último momento para armar nuestro Herbario. Habíamos recogido un montón de hojas y plantas, y muchas veces no nos poníamos de acuerdo a qué especie pertenecían, equivocando la lenga con el coihue o la mutisia con el amancay. Pero quedó lindo. Nos gustaba.

Pusimos el Herbario de una bolsa grande, para que no se estropee, y partimos hacia la Gran Araucaria.

Las Patrullas fuimos llegando en breves intervalos. Los dirigentes no estaban, o por lo menos no los veíamos. Esperamos un momento, por si se acercaba alguien. Nada. Supusimos, entonces, que habría que encontrar algo escondido en algún lugar de la araucaria.

-El mensaje decía “una ventana hacia el futuro” ¿Qué habrá que buscar?- se preguntaba José Luis en voz alta.

-Busquemos alrededor de la araucaria, arriba, en todos lados. ¡Algo tenemos que encontrar!- le dije a mis patrulleros.

-¡Acá está!- gritaba Iván y sacaba unos papelitos de un pocito a un costado del pehuén.

Eran tres papelitos con los consabidos nombres de las tres Patrullas. Abrimos el nuestro… ¡Un papel en blanco con unas cuantas ranuritas esparcidas por toda la hoja!

-¿Y esto?

La hoja y sus ranuritas, como ventanitas que se abrían al papel, eran suficiente indicio para quien estuviera canchero con los juegos de pistas y mensajes.

-Esta hoja hay que colocarla sobre un mensaje- le enseñé a quienes no tenían idea de qué hacer con ella. -Las ventanitas van a hacer aparecer otra serie de palabras que van a formar un nuevo mensaje. La famosa “ventanita hacia el futuro”

Tomamos el mensaje que nos diera la señorita Mabel y pusimos sobre él la hoja con las ventanitas.

HER – PA – MAS – ARB

-¡No! ¡Así no es! Probemos al revés…

Probamos al derecho y al revés; más hacia arriba de la hoja que poníamos detrás y más hacia abajo… ¡Imposible! Nunca lográbamos leer más que algunas palabras sueltas, sin sentido; o palabras cortadas, con menos sentido.

-¿Y si ponemos el primer mensaje detrás de las ventanitas?- dijo José Luis. –el que nos dio Jorge al inicio del Juego por la mañana.

Adrián que llevaba todos los mensajes y papeles del Juego buscó ese primer mensaje, lo desdobló, lo alisó y lo extendió para que probemos con las ventanitas.

Hubo que acomodarlo un poquito hasta que lo pudimos hacer coincidir. No era perfecto; alguna palabra quedaba algo tapadita o se le colaba alguna letra de la palabra siguiente, que no correspondía con el nuevo mensaje, pero esparcido por la hoja podíamos leer el nuevo mensaje que nos decía así:

LA VÍRGEN TIENE MENSAJE

PARA DARLES.

ESCUCHARLA Y DEJARSE

GUIAR POR ELLA.

-¡Nuestra Señora de los Scouts! ¡Vamos, rápido!- le corresponde al Guía de Patrulla tomar la iniciativa y apurar a sus patrulleros cuando es necesario.

Cuando corríamos hacia el lugarcito que le preparamos a la Virgen vimos que Cacho se retiraba del lugar. Seguro estuvo atento a que fuéramos en la dirección correcta, y ahora, que corríamos hacia allí, abandonaba el lugar.

Al llegar vimos a los Tigres que venían detrás de nosotros, cerquita. De los Panteras, vaya uno a saber, ni noticias de ellos. Nos detuvimos delante de la Imagen; escuchamos una música que parecía provenir desde atrás de la Figura. Era música como de Misa o algo así. Distinguimos un aparatito detrás de la imagen… Eso es lo que estaba haciendo Cacho: preparando la música para cuando lleguemos nosotros.

La música, apacible y suave, continuó un momento todavía. Fue bajando de volumen hasta que ya no se escuchó. Silencio. De golpe, una voz de mujer nos hablaba con dulzura y afecto, se parecía a la voz de la señora de Jorge.

“-Hola chicos, ¿cómo están? Tengo algo para ustedes que me parece lo están esperando con muchas ansias. Escuchen, escuchen bien.

“En el mástil, dentro de un frasquito, cada Patrulla va a encontrar 12 monedas. Estas monedas va a ser un Tesoro que tendrán que cuidar hasta que finalice el Juego.

“Cuando tengan las monedas del Tesoro busquen a Coco, que él será el primero en premiarlos con otra moneda o quedarse con alguna de las que llevan en el frasquito.

“Si no entendieron algo de lo que les dije, en un ratito voy a repetir el mensaje. ¡Que les vaya bien!”

Luego del saludo final volvió a escucharse la misma música que al inicio hasta que ésta también se acalló. Eso era todo.

-¡Al mástil! ¡Agarremos las monedas!- grité para que nos apuremos y aproveché a prevenir a Arturo: ¡Che, tené cuidado con el Herbario cuando corremos, que no se vaya a romper!

Tal cual nos lo anunciara la voz detrás de la Virgen, al pie del mástil había tres frasquitos. Tomamos uno. En él había 12 monedas argentinas de por lo menos 30 años atrás. Ya no servía para ir a comprar a un kiosco. Pero eran monedas doradas y grandes, que nos hicieron imaginar un Tesoro en monedas de oro.

¿Dónde podrá estar Coco? La cocina sería la primera respuesta lógica. Águilas y Tigres íbamos juntos. Los Panteras estaban sentados delante de la imagen de la Virgen, escuchando “su voz”

Coco, efectivamente, estaba en la cocina. Sobre la mesa (que armaron con caballetes y un tablón, nada scout) había un montón de manzanas y los cuchillos de todos los scouts, los que tuvimos que llevar a la cocina después del almuerzo.

Coco nos hizo sentar en el suelo y nos explicó lo que íbamos a hacer.

-¿Ven esta cáscara de manzana que tengo aquí colgada?- sujeta a un hilo pendía una cáscara de manzana que había sido pelada de tal manera que la cáscara era una tira fina y larga. –Bien. Lo que cada uno va a hacer ahora es tomar su cuchillo, una de estas manzanas y comenzar a pelarla intentando de lograr una tira como ésta. Si la tira de la cáscara que pelan es más larga que la que ven aquí colgada yo les doy una moneda más. Ahora, si la tira es más corta, ustedes me dan una moneda a mí. ¡Ojo! ¡Es una moneda por cada scout!

-¡Ay! ¡Me parece que acá dejamos un montón de monedas!- se lamentó Mario.

-Chicos, hay que hacerlo despacio- aconsejaba a mi Patrulla. Pero en ese momento me percaté que podía incidir el tema del tiempo, por lo que pregunté para aclarar el asunto: -Coco, ¿hay un tiempo determinado para hacerlo?

-No. Se pueden tomar todo el tiempo que necesiten.

-¿Si tardamos mucho no nos puede perjudicar después?

-Eso no lo sé. Es el único riesgo que deben correr- respondió Coco enigmático.

-Chicos, tranquilos a pelar las manzanas- decidí insistir en ese aspecto con la Patrulla. –Así tendremos más posibilidades de hacer las tiras largas.

Para pelar la cáscara como se nos pedía no era la velocidad la única cuestión a tener en cuenta, eso lo sabe cualquiera que pele una manzana. Hubo quien hizo la tira muy angostita, para que salga más larga, y en un desliz del cuchillo, ¡zas! Se cortó la tirita. Otros la cortaron muy ancha y quedaron más cortas. De los seis Águilas sólo Adrián, ¡cuándo no el Cocinero!, fue el que ganó otra moneda para el Tesoro; que al descontarle las cinco que perdimos el resto nos daba como resultado que ahora nuestro Tesoro contaba con 8 monedas.

Seguro que esta noche tendríamos manzanas en el postre… ¿Quizá al horno con chocolate derretido?… ¡Mmm! ¡Qué rico!

Coco nos envió con Cacho. Estaba cruzando el camino, dentro del monte. Los Tigres, que habían ganado dos monedas con las cáscaras, ya estaban allí. Tuvimos que esperar a que ellos finalicen la posta para poder iniciarla nosotros.

Era fácil. Con los ojos vendados debíamos recorrer un camino que estaba marcado con un hilo. Caminaríamos tomados del hilo sin soltarlo en ningún momento. El camino iba de árbol en árbol y tenía cantidad de curvas a 90 grados, una vez a la derecha, otra a la izquierda, vuelta a la derecha…

Cuando terminamos de recorrer el camino Cacho nos entregó una hoja. En ella debíamos reproducir el camino mediante una única línea, que representaba al hilo, como signo para graficar por dónde habíamos caminado.

El camino tenía 12 curvas. 5 a la derecha y 7 a la izquierda. Para ganar otra moneda debíamos dibujar, por lo menos, 7 curvas: 3 a la derecha y 4 a la izquierda. Si marcábamos menos de 7 o una más de las que había a derecha o izquierda perdíamos una moneda.

Acá nos fue mejor. El juego también era individual y ganamos 4 monedas y perdimos 2, lo que dejaba a nuestro Tesoro con 10 monedas. Además, presenciamos cómo los Tigres también ganaban 4 monedas y perdían 3, por lo que volvíamos a estar como al principio, empatados, pero con 10 monedas cada Patrulla.

Cacho nos indicó que nos adentremos en el bosque en la ladera del Cerro y que busquemos a Jorge y a Héctor. Los Tigres, que habían terminado primero ya estaban en el lugar, luchando y divirtiéndose con la prueba que tocaba realizar.

Aprovechamos para mirar y para aconsejarnos unos a otros en la Patrulla cómo era más práctico y seguro ir realizando cada prueba.

La posta tenía dos partes. La primera era transitar un puente de sogas: dos sogas puestas en forma horizontal una debajo de la otra. La de abajo servía para apoyar los pies y la de arriba para agarrarse con las manos. Había que subir a un árbol, apenas un metro de altura, en donde estaba la soga para los pies: pisar en ella, sostenerse de la soga superior y cruzar el puente que formaban ambas, de unos 15 metros de largo, con una tira de plástico en la boca. Si la tira se nos caía de la boca perdíamos una moneda; y perdíamos una segunda moneda si no cruzábamos el puente.

En el mismo árbol donde terminaba el puente daba comienzo un cable carril. Había que trepar un par de metros por él; allí se encontraba Héctor que nos ayudaba con la roldana con la que nos deslizaríamos. Debíamos seguir con la tira de plástico en la boca, si no es que ya la habíamos perdido antes.

Pasar ambas pruebas sin perder la tira de plástico de la boca nos hacía acreedores de 2 monedas para cada uno que lo logre.

Estuvo divertidísimo, especialmente lanzarse del cable carril. El resultado excelente: ganamos 11 monedas de oro; solo perdimos una por una tira de plástico caída. Ahora teníamos 21 monedas… y los Tigres, en total, quedaron con ¡19!

Aquí finalizaban las postas. Esperamos unos 10 minutos hasta que aparecieron los Panteras. Realizaron las pruebas consiguiendo las 12 monedas, ni un error. La macana, para nosotros, es que ya traían 13 monedas de las postas anteriores, y con sus 25 monedas de oro en su Tesoro estaban al frente del Juego.

Para finalizar con el Juego cada Patrulla presentó su Herbario y el resultado de la entrevista. A los Panteras les tocó entrevistar a los turistas que había en el camping. A los Tigres a una familia de Pobladores del Parque (auténticos Mapuches que vivían desde hace muchas generaciones atrás dentro de lo que hoy en día es el Parque Nacional Lanín)

Los resultados de las entrevistas estuvieron muy buenos. Llamó la atención el funcionamiento de la Escuela en verano, la cordialidad de los turistas y la predisposición de los Pobladores. Nosotros resaltamos el haber compartido con chicos que tienen otras costumbres. Los Panteras la cantidad de parejas jóvenes, sin hijos, y de familias con chicos pequeños que utilizaban el camping. Y los Tigres, con mucha envidia de nuestra parte, lo rico que era el pan casero del horno de barro de la gente con la que compartieron la entrevista.

Jorge premió el resultado de las entrevistas con 5 monedas de oro para cada Patrulla. Ahora teníamos 26. Los Tigres 24 y los Panteras 30.

Llegó el momento de los Herbarios. El nuestro había quedado bárbaro. La tapa la confeccionamos con corteza de árboles. Reunimos un total de 18 especies entre hojas y flores las que pegamos en cada página, junto a la descripción correspondiente.

El de los Tigres estaba bastante bueno, mejor que el de los Panteras, sin dudas. Nadie había hecho una tapa con corteza de árbol, y ninguna de las otras Patrullas había reunido menos especies que nosotros. Alguna especie no se correspondía con la correcta, algo que nos ocurrió a todos, pero en líneas generales lo hicimos bien, eligiendo la especie tal cual nos lo dijera cada manualcito.

Con la entrega de las nuevas monedas que nos diera Jorge también conocimos el resultado de la confección de Herbarios.

-Águilas 5 monedas- Jorge anunciaba el resultado y Cacho entregaba las monedas. –Panteras, 2 monedas. Tigres, 3 monedas.

¡Ganamos en el Herbario! Pero no nos alcanzó. Los Panteras quedaban primeros en el Juego con un total de 32 monedas de oro. Nosotros segundos, con 31 y terceros los Tigres con 27. ¡Apenas una moneda!

El resultado del Juego nos acercaba en las posiciones del Concurso de Puntos, pero con nuevo puntero: los Panteras, que llevaban reunidos 248 puntos. Los Águilas le pisábamos los talones con 242. Los Tigres habían descendido al tercer lugar con 240. ¡Cómo cambiaba día a día el Concurso!

Parejo, peleado, emocionante. Cualquiera tenía posibilidades, solamente había que seguir adelante sin claudicar porque el Concurso, como todo lo que uno quiere lograr, lo ganaría aquella Patrulla que se entregue en cuerpo y alma hasta el final.

información y descarga en libro electrónico

portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada: Miguel Navarro. Foto de capítulo sexto: Diego Rozas Bianchi.

Si te ha gustado consigue desde ya el siguiente capítulo apuntándote al grupo de lectura de nuestra red social scout: SEIS GRADOS.
Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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1 Respuestas a “El Campamento de los Águilas. Capítulo 6: Servicio Impensado.”


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