El Campamento de los Águilas. Capítulo 5: Entre el escalpo y el zorro

Los Libros Scouts de La Roca del Consejo

Enlaces al capítulo anterior y a las descargas en formato epub al final de este articulo.

Entre el Escalpo y el Zorro

-¡Rubén, Rubén!- la voz de Jorge para despertarme parecía venir de otro mundo. –Levantate Rubén que ya es la hora- Jorge no podía hablar muy fuerte, al único de la carpa que tenía que despertar era a mí, y no quería molestar al resto de la Patrulla.

-Sí, ya voy, ya voy- me costó un momento entender qué pasaba. Tenía el Desafío del Zorro. Me acosté con la idea de descansar un ratito antes del Desafío pero me dormí profundamente.

El día de actividades había sido muy movido; cuando regresamos al campamento, finalizado el juego de los merodeadores, nos pusimos las mallas y fuimos al lago. A esta altura el agua helada era solo anécdota. En cuanto pisamos la playa largamos los toallones, dejamos las zapatillas en cualquier lugar y nos lanzamos al agua a mitigar el sol y el polvo.

Hacía mucho calor. Al clima seco se le sumaba que el Parque y toda la zona llevaba varios días sin lluvia y el polvo se nos metía por todos lados, ensuciándonos el cuerpo y la ropa. Por eso el agua, aunque helada, nos hacía desear un baño reparador.

-¡A hundir a Cacho!- era el grito de invitación de la muchachada.

Cacho, alto y forzudo, se metió en el lago hasta que el agua le llegó a la cintura; desde esa posición tenía que hacer todo lo posible para que no lo puedan voltear y hundirle la cabeza en el agua.

-¡Al ataque!- gritaba Marcos mientras se abalanzaba sobre Cacho, que lo agarró por los brazos, lo dio vuelta, lo alzó como a una bolsa de zanahorias y lo arrojó al agua alejándolo y hundiéndolo.

En el mismo momento otros scouts intentaban tomarlo por detrás. Eran tres. No tuvieron éxito. Cacho se volteó, empujó a uno de ellos poniéndole una mano en el pecho, a otro lo hizo pasar de largo utilizando el mismo impulso del chico cuando se tiró hacia adelante, y al tercero, que intentó huir, lo arrastró hacia él, lo levantó como a Marcos y lo tiró al agua de cabeza.

¡Esto sí que era divertido!

En un momento todos luchábamos e intentábamos hundir a Cacho… y a Jorge, que se había unido a su compañero queriéndolo ayudar ante esa horda de guerreros sonrientes.

¡Qué hermosa sensación cuando te levantaban en el aire y te hacían volar para caer en el agua! Alguno de los chicos, más que hundir a los dirigentes, querían experimentar las voladas y caídas.

-¡Cayó Jorge! ¡A hundirlo, a hundirlo!

Pudimos tomar a Jorge que trastabilló; perdió pie y ¡zas! Lo hundimos. Uno menos.

-¡Todos juntos a Cacho!- era el grito de guerra. -¡Vamos! ¡Todos juntos!

Así fue como también pudimos hundir a Cacho. Lo rodeamos, le trabamos las piernas por debajo de agua, otros lo tomaron por la cintura, nos colgamos de la espalda, de los brazos. Caía, caía, caía… ¡cayó!… ¡Se hundió!

Cacho salió del agua y se tiró al sol, rendido y maltrecho. Nosotros continuamos como si nada haciendo carreras de natación, jugando una especie de waterpolo casero, uno de reglas propias e inventadas en el momento.

A la hora de merendar casi nos comemos las cortezas de los árboles. ¡Qué hambre! Hubo ración doble para todos, ¡y no quedó nada!

Por la tardecita hicimos Desafíos de Lucha Escalpo. Como Campeón tenía que defender el Título, y siempre había varios interesados en arrebatármelo; claro, primero tuve que pasar por la humillación de pedir un pañuelo prestado para poder jugar… El mío lo tenía el Zorro.

Realicé tres defensas. Las dos primeras las gané con comodidad. La tercera era la brava. El contrincante era Víctor, a quien más temía. Víctor, a diferencia del resto de los jugadores era zurdo, lo que para cualquier derecho era la máxima contra.

Los zurdos casi siempre deben enfrentar a luchadores derechos; están acostumbrados a que la mano libre de ambos, al estar frente a frente, esté del mismo lado. En cambio, cuando uno es derecho y enfrenta a otro derecho, las manos libres de los contrincantes, al estar de frente, quedan cruzadas.

Los movimientos que se deben hacer para esquivar a quien ataca en forma cruzada (derecho contra derecho) o en forma recta (derecho contra izquierdo) son totalmente diferentes. El zurdo está habituado a que lo ataquen en forma recta y el derecho a que lo ataquen en forma cruzada. He aquí el porqué de que para un derecho nada más complicado que enfrentar a un zurdo, y más cuando ese zurdo es bueno…

Así era Víctor. Zurdo y bueno. Incluso ya me había ganado una vez. Por eso, era para todos sabido que esta lucha era el plato fuerte de la jornada.

-¡Siempre Listo!- nos dijimos el saludo haciéndonos el apretón de mano izquierda, y nos preparamos para la lucha.

-¡A la lucha!- invitó Jorge, árbitro en la ocasión.

A diferencia de duelos anteriores Víctor esperó mi ataque. Su intención era sorprenderme con un contraataque en el momento que yo estire mi brazo para sacarle el pañuelo de la espalda.

Mi táctica era siempre “ver” qué tramaba el oponente: Si se desplazaba hacia los costados o atacaba desplazándose de frente. De qué manera extendía el brazo; si lo tenía algo replegado en actitud defensiva o lo estiraba en forma curva, listo para dar un paso adelante e intentar el ataque.

Mantenía la vista fija en la mano izquierda de Víctor mientras combinaba movimientos laterales, hacia uno y otro lado, levantando y bajando el brazo a la vez que lo adelantaba y lo retrasaba, tratando de que Víctor no adivine mis próximos lances.

Lo que aparenta ser tranquilidad y frialdad de mi parte, en una lucha escalpo quizá sea mi mayor virtud. Sé esperar el momento y poner nervioso a mi rival con mis continuos floreos de cuerpo y brazo.

Simulé un ataque. Víctor contraatacó, creyendo que me replegaba. Yo lo estaba esperando. Giré apenas el cuerpo para que Víctor quede algo desubicado, y me tiré a fondo, con el brazo como un florete buscando su blanco. Arañé el pañuelo con la punta de los dedos; volví atrás de inmediato, a defenderme, Víctor había reaccionado como una serpiente y quiso contraatacar.

Lo vi venir muy bien parado. No me quedaba otro camino que escapar caminando hacia atrás; lo logré apenas, pero en ese m movimiento desesperado para alejarme del furioso ataque de Víctor me trabé las piernas y toqué el suelo con una rodilla.

-¡Una caída!- gritó Jorge.

Tres caídas representaban una derrota. No era válido golpear, trabar o empujar. Pero las caídas se daban, y seguido. Víctor estaba confiado. Mi caída lo envalentonó. Volvió al ataque decidido. No me amedrenté, por algo soy el Campeón. Lo dejé venir y ataqué de la misma manera que la primera vez. Ahora fue Víctor el que se sintió rodeado por la derrota: quiso girar, yo ya lo alcanzaba, chocó conmigo al tratar de moverse de costado y cayó, salvándose de que le saque el pañuelo por un pelito.

-¡Una caída Víctor! ¡Una caída a una caída!

La lucha creció en intensidad y emoción. Nuestros patrulleros nos alentaban y nos aconsejaban de acuerdo a las circunstancias de la pelea.

-¡Vamos, que vos le podés ganar!

-¡Dale, dale que lo tenés! ¡Atacalo! ¡No lo dejés pensar!

Seguíamos parejos. Entre gambetas y forcejeos teníamos dos caídas cada uno. Pero ninguna “sacada de mano”. La mano que no se utiliza se coloca a la altura de la cintura, con el dedo gordo dentro del pantalón y el resto de la palma apretada contra el cuerpo, o en su totalidad dentro del bolsillo, cada jugador escoge su posición. Es un acto reflejo “sacar la mano” para ganar una posición, especialmente en ataque. Aunque los buenos luchadores de escalpo dominan siempre ese acto reflejo tan común entre los novatos.

Estábamos cansados. Yo seguía en mi actitud de esperar y contraatacar. Víctor continuaba más dinámico y encarador, pero ya se desplazaba un poco más lento y pesado: llevaba el brazo un poquito caído, señal de que le resultaba más difícil tenerlo listo para el ataque.

¡Era mi momento!

Hice un amague hacia mi izquierda, dejando algo descubierto el flanco derecho, como invitando a Víctor a que ataque por allí. Él lo hizo. Atacó, pero yo volví a mi posición original con solo atrasar la pierna derecha que tenía adelantada. Repetí el movimiento. Él volvió a atacar. Retrocedí. De repente, en un flash, cambié la posición de mis piernas: adelanté la izquierda y corrí el cuerpo hacia la derecha, algo agachado. Víctor, que creyó que yo iba a repetir mis movimientos anteriores, al estirar el brazo se encontró con mi pecho, quedando un breve instante inmovilizado… Estiré mi brazo cuan largo era y con mano hábil le quité el escalpo de manera limpia, perfecta. Lo alcé al cielo como símbolo de triunfo apretándolo fuerte, sin necesidad de alaridos ni palabras.

¡Seguía siendo el Campeón

Después de tanta acción nos dirigimos al altar de Nuestra Señora de los Scouts. Pasadas tantas luchas y corridas era bueno tener un momento de reflexión y oración. Jorge nos leyó un pasaje del Nuevo Testamento, del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se relata la vida de las primeras comunidades cristianas.

Comentamos en qué nos parecíamos a aquellas primeras comunidades cristianas; en qué nos gustaría ser como ellas y cómo podríamos conseguirlo. Charlamos sobre cuál es el trato entre nosotros, hermanos en la fe y en el escultismo.

Por la noche cenamos temprano y rematamos el día con un juego de poco trajín y mucha diversión: La Ranita. Nos encantaba cambiarnos de ropa entre nosotros; acurrucarnos haciéndonos un gran bollo entre todos, uno arriba del otro, mientras el cazador trataba de descubrir quién es quién para poder eliminarlo.

Cuando nos metimos en las carpas no tuvimos más tiempo que el necesario para cerrar los ojos y entregarnos a un sueño reparador y profundo.

Pero era noche de “Desafío” Era la noche de mí Desafío con el Zorro. Por eso, cuando me acosté, pensé en descansar un poquito, solo lo necesario para estar bien dispuesto a lo que me esperaba. El cansancio pudo más. En un instante me quedé dormido como un tronco.

-¡Rubén! ¡Rubén!

La voz de Jorge, el Jefe de Unidad, acompañada por las suaves sacudidas con las que intentaba despertarme me sacaron de mi ensueño recordándome que era la hora del Desafío.

Salí de la carpa tratando de hacer el menor ruido posible. Todavía sin poder despabilarme por completo escuché a Jorge que me daba las últimas indicaciones para la ocasión.

-Tenés que llegar al puente sin linterna. El Zorro dijo que allá te dejaba el pañuelo que te quitó de la mochila. Una vez que encuentres el pañuelo volvés al campamento y te acostás.

-Bueno, bueno- es lo único que atiné a balbucear.

Jorge me dejó solo. Se fue al Rincón de Dirigentes donde se percibía el resplandor de un fuego. No se veía nada más. Ningún sonido rompía la quietud de la noche. El campamento dormía en su reparador descanso.

Me refregué los ojos. Miré en dirección al puente que sabía se encontraba en la orilla opuesta al lago al cual acampábamos. La noche estaba completamente oscura. Solo el infinito manto de las estrellas la tachonaba por doquier, sembrándola de millones de puntitos blancos y luminosos. La brisa, suave y fresca, me acariciaba el rostro ayudándome a aclarar las ideas.

Busqué a tientas un bidón con agua que sabía que estaba en alguna parte del Rincón. Después de unos pocos golpes menores y de varios tanteos encontré lo que buscaba cerquita del horno que construimos ese mismo día. Tomé un sorbo de agua, me aclaré la garganta. Ya estaba listo para el Desafío con el Zorro.

Partí hacia el descampado delante del montecito que guarecía mi Rincón. Torcí hacia la derecha y crucé el cerco del campo hasta dar con el camino; siguiéndolo, luego de haberlo recorrido en todo su trayecto, que en subida y con varias curvas me llevaría hasta el extremo opuesto del lago, daría con un arroyo y el puente donde debería encontrar mi Pañuelo.

El silencio era absoluto. Ninguna voz. Ningún animal. Ningún ruido, conocido o extraño. Todo era silencio y quietud.

Los árboles que bordeaban el camino por ambos lados oscurecían la noche aún más. Pasando por debajo de ellos, en aquellos lugares en que las largas ramas de uno y otro lado del camino se unían entre sí, se formaba un largo túnel donde la negrura era total.

Estando en medio de ese túnel arbóreo a tal punto oscuro que tenía miedo de salirme del camino e internarme en el bosque, me pareció escuchar una carcajada lejana: “¡ja, ja, ja, ja, ja!” Me quedé quieto, atento por si se volvía a repetir el sonido. ¿Escuché realmente la carcajada o me pareció escucharla?

Esperé un ratito. La carcajada no se repitió. Seguí adelante. Despacio. No quería errar el camino.

Cuando finalmente logré recorrer un tramo del camino que ascendía abruptamente, tropecé con unas ramas. ¡Salí del camino! No. No erré la marcha. En medio del camino, cruzándolo, unas ramas caídas pasaban completamente inadvertidas dada la oscuridad.

¡Ja, ja, ja!

Otra vez la carcajada. Ahora más fuerte, o más cerca, no sé cuál de las dos posibilidades era la correcta. ¡Pero juro que la escuché! Hasta me sonó a una carcajada de “cargada”…

Continué la marcha un poquitín nervioso. Había dejado atrás el túnel natural; ahora podía distinguir otra vez el cielo y el manto de estrellas que resaltaba en él. Renové el ánimo. Me veía entusiasmado, y caminé con mayor decisión.

Ya estaba llegando al puente. Podía escuchar el murmullo del arroyo con claridad; era el agua que bajaba del cerro rebotando en las piedras del lecho.

El sonido del arroyo crecía en intensidad en tanto me acercaba al puente. Iba bien, pero no podía distinguir el puente. Me moví más despacio, consciente que delante no sólo me podía topar con el puente… Me dirigía al Desafío del Zorro, y puede que él también estuviera allí, escondido, acechando, esperándome.

Pisé una madera. ¡El puente! Estiré los brazos hacia los costados buscando las barandas. Toqué una de ellas. ¿El Pañuelo estaría atado a una de las barandas? Fui recorriendo el puente muy lentamente, sin quitar la mano de la baranda y esperando topar con el Pañuelo. No podía tantear las dos barandas a la vez; tendría que repetir el proceso cuando llegue al extremo del puente.

¡Toqué algo! No era el Pañuelo, se trataba de un hilo… ¿Estaría realmente el Pañuelo más adelante? ¡Llegué al final del puente! El Pañuelo no estaba.

¿Tendría que regresar tanteando la baranda opuesta? ¿Estaría en la baranda? ¿Tal vez en uno de los pilotes que sostenían el puente?

Salí del puente con mucho cuidado, temiendo resbalarme y caer al agua. Fui bajando hacia el arroyo sin quitar la mano de la estructura. Cada paso lo daba apoyando el pie donde notaba el suelo firme y seguro. Mis ojos estaban dilatados al máximo, pero así y todo me resultaba muy difícil distinguir las formas que se presentaban a mi alrededor.

Cuando la cabeza me quedó a la altura de la pasarela del puente descubrí una pequeña luz que provenía de debajo de la estructura. La luz de una vela. No la vi antes porque estaba guarecida entre las piedras. Aunque lo importante no era la luz: ¡al lado de ella estaba mi Pañuelo!

-¡Por fin! ¡Ahí está!- dije en voz alta.

Me acerqué a agarrarlo. Antes de levantarlo vi que junto a él estaba la consabida Z negra escrita sobre un papel blanco. Primero tomé la Z. Cuando estaba por levantar el Pañuelo una carcajada, una carcajada maldita diría, me paralizó por entero, haciéndome marcadamente audibles los latidos del corazón que parecía querer salirse de mi pecho.

-¡Ja, ja, ja!

Provenía de mi espalda y del otro extremo del puente. Se trataba de la misma carcajada que escuché durante el camino… ¿O esta me sonó un poquito diferente? Me di vuelta. No había nada; mejor dicho, no veía nada.

-¡Ja, ja, ja! ¡Bien, bien!

¿El Zorro?

Seguro estuvo escondido muy cerca aprovechando la oscuridad. Me escuchó llegar, cruzar el puente, y con la luz de la vela, a pesar de ser tan tenue, me habrá visto agacharme a agarrar el Pañuelo… O quizá escuchó mis palabras…

¡El Zorro! ¡Lo podía atrapar! ¡Está al alcance de mis manos! ¡Lo puedo descubrir ahora mismo!

Cuando caí en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, de que esa carcajada maldita podía ser la del Zorro, y que si era el Zorro estaba al alcance de mi mano, creo que ya fue tarde para hacer nada. Subí al puente con cuidado pero apurándome todo lo que me fue posible hacerlo. Crucé el puente al trote, seguro de dónde pisaba. Pero, ¿y ahora?

Estoy convencido de haber escuchado pasos que corrían. En mi estupor no comprendí que el Zorro se me escapaba. Me di cuenta de ello cuando el silencio volvió a reinar en la noche, solo quebrado por el sonido del agua golpeando en las piedras del arroyo.

Me puse el Pañuelo al cuello. Lo apreté con decisión y retomé el camino al campamento. Quería apurarme, todavía guardaba alguna esperanza de encontrarme con el Zorro nuevamente, pero me era imposible: tenía miedo de errar el camino y perderme. ¡Lo único que me faltaba!

Volví a tropezarme con las ramas. “Por lo menos voy bien”, me dije. Llegué al campamento creído de que iba a encontrar algún movimiento; del Zorro que entraba a la carpa o de los Dirigentes que estarían tomando mate en su Rincón comentando la actividad del día… Nada. Solo silencio y quietud.

Abrí mi carpa y busqué la linterna que había dejado a un costado. Encendí la luz, y después de quitarme las zapatillas, entré con cuidado para no pisar a nadie. Alumbré en dirección a mi bolsa de dormir y…

¡Otra vez el Zorro!

Me había dejado un mensaje que se destacaba sobre el cierre de la bolsa:

“MUY BIEN. AGARRASTE EL PAÑUELO PERO

YO ME ESCAPE”

Z

¿Cuándo puso el Zorro este mensaje? ¿Cuándo volvió del puente? ¿Quizá fue el Zorrito, su ayudante, que lo puso mientras el Zorro iba al Desafío? ¿El Zorro o el Zorrito será uno de mis Patrulleros? ¡Qué piolas que son estos tipos! ¿Cómo lo hicieron?

En verdad, no pude dedicarle mucho tiempo a mis cavilaciones. Me encontraba realmente agotado. Después de la desazón inicial al dar con el mensaje del Zorro doblé el papel donde fue escrito, lo guardé junto a la Z que encontré con mi Pañuelo en el puente, y me acosté dispuesto a dormir.

Lo hice feliz. Feliz porque mañana fui al Desafío del Zorro. Feliz porque vencí mis miedos, que fueron muchos, aunque no lo dije. Feliz porque recuperé mi Pañuelo y podría mostrárselo a todos durante la formación de la mañana. Finalmente el sueño me venció cuando recordé nuevamente aquella carcajada maliciosa que me acompañó durante el Desafío… ¿de quién era?… ¿de quién era esa carcajada?

El sonido del silbato anunciaba un nuevo día. Era la primera mañana que me despertaba antes del llamado a formación. Lo mismo le ocurrió a toda la Patrulla.

-¡Apúrense a vestirse chicos, Jorge llamó a formación!- le gritaba a los muchachos mientras me ponía un buzo y el pantalón.

A pesar de levantarnos a las apuradas fuimos los primeros en llegar al pie del mástil. Dimos el Grito de Patrulla y recién en ese momento los chicos me preguntaron por el Desafío de la noche anterior.

-¿Cómo te fue Rubén? ¿Trajiste el Pañuelo?

-¡Sí! ¡¿Cómo no lo voy a traer?!- respondí agrandado ante mi logro. –Lo dejé en la carpa con una nota del Zorro. ¿La puedo ir a buscar Jorge?

-Sí, apurate.

Fui y volví antes de que los Panteras estuvieran formados. Los Tigres ya habían dado su Grito, pero los Panteras durmieron más de la cuenta.

-¿Cómo te fue?- me preguntó Félix.

-¡Bien!- le respondí tocándome el Pañuelo que lucía en el pecho, y para mí, señal de que gané el Desafío. –Aquí está la nota que encontré en la carpa cuando volví del Desafío, y la Z que estaba al lado del pañuelo en el puente- Alcé los papeles para que queden a la vista de todos.

-¿Qué dice la nota?- quiso saber Jorge.

La leí en voz alta: “Muy bien, agarraste el pañuelo, pero yo me escapé”

-¿Cómo que se escapó?- preguntó Jorge haciéndose el asombrado.

Justo cuando iba a empezar a narrar la historia del Desafío formaron los Panteras haciendo el Grito de Patrulla. De inmediato Jorge realizó el Grito de Unidad al que respondimos con voz al cuello.

-¡Unidad Perito Moreno!

-¡Para explorar y servir!

-¡Scouts Siempre!

-¡Listos!

-Bueno muchachos- hablaba Jorge. –Rubén nos estaba contando lo que le pasó anoche; vamos a hacer una Oración, izamos la Bandera con el Banderín y después Rubén nos termina de contar la historia.

Rezamos la oración scout y quedamos atentos a conocer qué Patrulla izaba el Banderín. Jorge nos lo explicaba de la misma manera que lo hacía cada mañana.

-De acuerdo a las actividades de ayer, donde lo más destacado fue el juego de los merodeadores, hoy izan el Banderín los… ¡Tigres!

Nuevamente la alegría contenida, aunque hoy no tanto, porque los Tigres no venían muy bien en el Concurso y el logro que representaba lo hecho el día de ayer les daba nueva confianza y los mantenía en carrera. Adrián pidió el Matemático y Félix y Mario izaron la Bandera y el Banderín.

-¿Lo escuchamos a Rubén?- preguntó Jorge, y antes de que nadie diga nada me invitaba a contarles qué había ocurrido con mi Desafío.

Narré la historia en todos los detalles, haciendo hincapié en la oscuridad y lo difícil que era encontrar el camino. Expliqué cómo encontré el pañuelo y cómo el Zorro, desde lejos para que no lo alcance, me decía que había cumplido el Desafío. Mencioné lo de las carcajadas como elemento que empleó el Zorro para querer asustarme; lo de las ramas en el camino; pero en ningún momento mencioné mis nervios, y mucho menos mis miedos.

-¿Cómo fue lo de la nota que encontraste en la carpa?- me preguntó Félix.

Ante mi respuesta Félix hizo una pregunta que me dejó pensando, no porque fuera extraña o fuera de lugar, sino porque escondía algo que el Guía de los Tigres se traía bajo el brazo.

-Jorge, ¿si una Patrulla cree que descubrió al Zorro, puede pedir Juicio?

-Si, por supuesto.

-Entonces nosotros queremos pedir Juicio- expresó Félix con vehemencia y firmeza.

-¿Tienen pruebas?- preguntó Jorge. –No vamos a hacer un Juicio porque les parezca o creen que el Zorro puede ser tal o…

-¡Sí! ¡Sí! ¡Tenemos pruebas!- lo interrumpió Félix con auténtica seguridad.

-¿Seguro?- Jorge no quería aflojar.

-¡Si, seguro!

-Muy bien. Llamaremos a Juicio. Hagamos lo siguiente: desayunamos y luego realizamos el Juicio. ¿Está bien?

-¡Bárbaro! ¡Sí!- dijeron Félix y Mario. El resto de los Tigres no decía nada; tal vez simplemente por respeto al diálogo entre el Guía y el Dirigente, o quizá, porque el Zorro era uno de los Tigres y ellos dos lo habían descubierto… qué interesante…

Para realizar el Juicio nos reunimos en el Rincón de Jefatura. Jorge sería el Juez y Cacho el abogado defensor. Los Tigres, quienes acusaban, tendrían a Félix como Fiscal. Incluso habría dos “policías”, Coco y Héctor, que “cuidarían” el orden y la disciplina.

Como en todo juicio, Coco, uno de los “policías”, nos hizo poner de pie para recibir al Juez. Este ingresó a la “sala” pavoneándose, dada su importancia, y venía acompañado por un mazo de goma en una mano, el que se usa para clavar estacas, y en la otra mano traía un libro de tapas rojas.

Se sentó. Nos dijo que podíamos sentarnos y declaró abierto el Juicio. Invitó al señor Fiscal a que proceda a informar a quién se enjuiciaba.

-Bueno, nosotros- comenzó diciendo Félix. Pero el Juez lo cortó en seco.

-¡¿No sabe que para hablar en un Juicio hay que ponerse de pie?!

Félix, acorde a la situación, y ante las sonrisas de la “sala”, se puso de pie pidiendo disculpas al Juez.

-Señor Juez- ahora Félix podía expresarse con tranquilidad. –La Patrulla Tigre acusa como Zorro a Miguel.

Todas las miradas se dirigieron al acusado. No faltaron algunos abucheos y cargadas.

-¡Silencio en la sala!- gritaba el Juez. -¡Silencio o se levanta el Juicio!

Se hizo silencio a medias. Arturo y Spoletto continuaban con las chanzas.

-¡Policía!- bramó el Juez. -¡Haga callar a esos dos! ¡Tres azotes!

Coco, el policía más cercano al dúo en cuestión, llegó hasta los molestos, se quitó la gorra y con más espamento que fuerza aplicó los tres “azotes” de castigo a cada uno de ellos.

-Ahora sí. Podemos continuar. ¡Que pase el acusado!

Miguel se levantó lentamente. Su cara no dejaba adivinar absolutamente nada sobre su culpabilidad. ¿Sería el Zorro?

-¡Venga para acá!- le dijo el Juez señalándole un sector cercano a su “estrado”. –Párese aquí. Ponga la mano izquierda sobre este Libro y alce la derecha-

Miguel siguió las indicaciones al punto. El Juez procedía a realizar la pregunta de rigor.

-¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

-¡Sí, juro!

-Muy bien. Siéntese allí.

A la derecha del estrado se había colocado un banquito. Una vez que Miguel ocupó su lugar el Juez invitó al Fiscal a continuar con su caso.

-Señor Fiscal, pase a enumerar las pruebas con que cuenta la Patrulla para enjuiciar a este hombre.

Félix se adelantó colocándose a la izquierda del estrado. Sacó su libreta, buscó en ella hasta dar con la página deseada, y comenzó su alegato.

-La noche de ayer todos sabemos que el Zorro había desafiado a Rubén en el puente del arroyo. El Desafío debía realizarse a la 12.30 de la noche. Lo que no saben es que anoche, al ratito de acostarnos, Saborido Chico tuvo la imperiosa necesidad de ir al baño, hecho que se repitió a lo largo de la noche por dos o tres veces más. Es por ello que como prueba más importante contra Miguel quiero llamar para que preste declaración a Saborido Chico.

Saborido Chico tenía cara de satisfacción. Se acercó al Juez, realizó el Juramento y se ubicó, sentándose, sobre una piedra, el banco dedicado a los Testigos. Félix inició el diálogo con Saborido Chico.

-Señor Saborido, ¿puede relatar con todo detalle lo que vio usted anoche mientras realizaba esas continuas excursiones al baño?

-Bueno…- Saborido parecía un poco nervioso; de golpe se había puesto serio y rígido. –Yo había ido al baño por segunda vez desde que nos acostamos, creo que estaba un poco descompuesto, bueno sigo un poco descompuesto, hoy desayuné té y pan tostado… Bueno, como decía, había ido por segunda vez al baño. Volví a la carpa y me acosté, pero no podía dormir. Me dolía la panza y sentía que en cualquier momento me agarraban ganas de ir otra vez…

“…Escuché pasos que se acercaban a la carpa. Abrieron los cierres y alguien iluminó hacia adentro. Pensé que sería alguno de los dirigentes que me había visto volver del baño. La luz iluminó hacia la punta de la carpa, donde duerme Miguel. Sentí que la persona que iluminaba entraba un poco a la carpa y ahí me decidí a mirar qué pasaba. Vi que sacudían a Miguel tocándolo y hablándole en voz baja”

-¿Pudo conocer de quién se trataba?- intercedió Félix. -¿Quién era el que quería despertar a Miguel?

-Sí, era Cacho. Lo conocí por la voz. Y después lo pude ver bien cuando se agachó y quedó más a la vista por la luz de la linterna.

-Muy bien. ¿Qué pasó después?

-Cacho le decía “Miguel. Miguel, levantate” Pero Miguel estaba recontra dormido. Lo sacudió con fuerza, y ahí, cuando se tuvo que agachar para quedar cerquita de la cara de Miguel yo lo vi mejor.

“Miguel se despertó pero no entendía nada. Le preguntaba a Cacho qué pasaba y Cacho en, voz baja, le dijo que tenía que levantarse por el Desafío del Zorro. Miguel no dijo nada más. Se levantó mientras Cacho salía de la carpa y salió detrás de él. Ahí yo pensé ¿para qué lo levantan a Miguel si el que tiene que ir al Desafío es Rubén?”

“Esperé a no escuchar ruidos de pasos. Cuando estuve seguro que ya se habían ido me levanté, abrí la carpa con cuidado y saqué la cabeza afuera. No vi a nadie. Salí de la carpa y fui hasta la entrada del Rincón”

-¿Pudo ver algo que le haya llamado la atención?

-Sí. Vi una luz de linterna y la figura de dos personas que iban en dirección del Rincón de los Águilas, entraban al montecito y salían un ratito después.

-¿Qué hicieron esas dos personas después de salir del montecito de los Águilas?

-Venían hacia nuestro Rincón. Hablaban en voz baja. No pude entender lo que decían pero en el silencio de la noche se escuchaba que venían murmurando.

-¿Usted se quedó parado en la entrada del Rincón?

-No. Volví a la carpa. Entré, bajé los cierres y me acosté haciéndome el dormido. Después se escuchó que abrían los cierres y que cuchicheaban algo. Abrí un poquito los ojos y vi que Miguel y Cacho estaban sobre Ramiro, que es quien duerme al lado de Miguel, apenas iluminándolo con la linterna tapada con la mano. Miguel tenía un fibrón en la mano y le marcó el cuello a Ramiro.

-Le pido a Ramiro- interrumpió Félix. –que se ponga de pie para que todos puedan ver bien la marca que tiene en el cuello.

Ramiro se paró, torció un poco la cabeza y quedó al descubierto una Z negra resaltando en su piel.

-¡Muchas gracias Ramiro!- Félix hablaba con soltura y aplomo. Sabía que la prueba de haber presenciado la actuación del Zorro al poner una Z era irrefutable.

Nuestra expectativa era total. La sala se encontraba en profundo silencio aguardando el desenlace de lo que podía ser el fin del Juego del Zorro.

-¿Qué pasó después?

– Cuando Miguel terminó de marcar a Ramiro se sentó sobre la bolsa de dormir y se marcó la mano.

-¡Pido que Miguel levante la mano, las dos por las dudas, y nos la muestre!

Miguel levantó las manos con desgano. Ahora tenía una expresión de resignación que no podía ocultar. En el dorso de la mano izquierda, como lo dijera Saborido Chico, una Z dejaba verse, delatora.

-Continúe Saborido- invitó Félix.

-Después que se marcó la mano le dio el fibrón a Cacho y se acostó. Cacho salió de la carpa, la cerró y se fue.

-Algo más- dijo el Fiscal. -¿Escuchó algún otro movimiento o vio cualquier cosa que le llamare la atención?

-No. Tuve que ir al baño una vez más, pero ya no escuché ni vi nada. Después me dormí y no me desperté hasta hoy a la mañana.

-¡Muchas gracias! Finalicé con el Testigo señor Juez.

-Puede sentarse señor Fiscal. Señor abogado Defensor, ¿quiere hacerle preguntas al Testigo?

-¡Sí señor Juez!- respondió Cacho poniéndose de pie y acercándose al Testigo.

-Señor Saborido- comenzó el Defensor. –Usted dijo que había ido al baño en dos oportunidades y que no vio ni escuchó nada. ¿Es así?

-Sí, es así.

-Bien. Cuando regresó a la carpa en la segunda oportunidad, ¿está seguro que no se durmió?

-¡Estoy seguro!- Saborido respondía con firmeza, pero parece que no quería explayarse en las respuestas, quizá por temor a decir algo que no debía.

-¿Puede reiterar cómo hizo para reconocer a Cacho cuando, según usted, entró en la carpa?

-Le reconocí la voz en el momento que despertaba a Miguel. Como Miguel no se despertaba se tuvo que agachar más para sacudirlo y le volvió a hablar; lo volví a escuchar hablar, y la luz de la linterna, aunque la tenía tapada con la mano, fue suficiente para reconocerlo.

-¡Señor Saborido! ¿A caso Cacho se alumbró su propia cara para despertar a Miguel?

-No. Él tenía la linterna sobre el pecho de Miguel, cuando se agachó no movió la linterna, por eso se alumbró.

-¿Se anima a representar lo que según usted hizo Cacho con Miguel?

-Sí, me animo.

Era divertido ver como Cacho y Saborido Chico jugaban al Testigo y al Abogado Defensor suponiendo que Cacho, como el Defensor eran dos personas distinta. En medio de esa situación Saborido Chico se dispuso a realizar la reconstrucción de los hechos. Miguel se acostó en el suelo, como si estuviera durmiendo, y Mario, en el papel de Cacho, lo representaba entrando a la carpa y queriendo despertar a Miguel. Luego de la reconstrucción nos quedó la sensación de que era medio complicado poder iluminarse en esas circunstancias, pero…

El Juez ordenó que cada uno vuelva a su sitio y que el Defensor continúe con su tarea.

-¿Puede decirnos a qué hora sucedió el hecho señor Saborido?

-No. No tengo reloj, pero sería las 12.30 o la 1.

-¿Puede estar seguro que era la 1 y no las 2 o las 3?

-No, pero si Cacho le dijo a Miguel que era la hora del Desafío tenía que ser alrededor de las 12.30 o de la 1. Otro Desafío no había.

-¿Pero no está seguro?- insistió el Defensor.

-No, seguro no estoy.

-Señor Saborido, ¿cómo pudo saber que las dos personas que caminaban por el campamento en la noche eran Miguel y Cacho? ¿A caso las distinguió?

-No. Justo coincidió que los dos estaban levantados y estaban caminando hacia el Rincón de los Águilas.

-¿Tiene idea para qué podían ir al Rincón de los Águilas? Si efectivamente se trataba de Miguel y Cacho, claro.

-Irían a ponerle la Z a la bolsa de dormir de Rubén…

-Pero eso usted no lo sabe, porque no lo vio. ¿O sí?

-No. No lo vi.

-Cuando volvió a acostarse a la carpa, ¿cómo hizo para abrir los ojos sin temor a que las personas que habían entrado lo descubrieran?

-Porque me di cuenta que estaban moviéndose hacia la otra punta de la carpa.

-¿Cómo hizo para darse cuenta si estaba con los ojos cerrados?

-Y… sentía pequeños ruidos en la otra punta de la carpa, unos murmullos… abrí un poquito los ojos, apenas, y vi que estaban iluminando a Ramiro.

-¿Está seguro que Miguel estaba marcando a Ramiro? ¿No estaría acomodando su propia bolsa de dormir antes de acostarse?

-Estoy seguro. Tenía en la mano el fibrón negro y lo marcó. Después Cacho le iluminó la mano y también se la marcó.

-¿Seguro?- insistió el Defensor, tratando de que Saborido tropiece, que no demuestre tantas certezas.

-¡Sí! ¡Completamente seguro!- Saborido, al responder, adelantó la cabeza dándole mayor énfasis a su respuesta.

-Señor Juez- el Defensor se volvía al Juez dejando de prestarle atención a Saborido. –No tengo más preguntas.

Después de que el Defensor volviera a ocupar su lugar el señor Juez se dirigió a Félix interrogándolo sobre los pasos a seguir.

-Señor Fiscal, ¿tiene más testigos para presentar?

-Si señor Juez. Quiero llamar a Rubén.

-Señor Rubén, pase al lugar de los testigos- ordenó el Juez.

Luego del Juramento, y sin tener la menor idea por qué me eligieron como testigo, me dispuse a responder todo lo que me preguntaran.

-Señor Rubén- me hablaba el Fiscal. -¿Puede relatarnos cómo se desarrolló su Desafío con el Zorro? No es necesario que cuente todo, lo que quisiera que nos diga es desde el momento en que llegó al puente del arroyo en adelante.

Paso a paso traté de contar con exactitud todo lo que me había ocurrido desde el instante que pisé el puente hasta que encontré el mensaje del Zorro en mi bolsa de dormir.

-¿Usted asegura haber escuchado a una persona que le habló cuando agarró el Pañuelo? ¿Pudo reconocer esa voz?

-No… habló en forma extraña, escondiendo su verdadera voz.

-¿Está seguro de no poder decirnos si esa voz era la voz de un chico o de un grande?

-Bueno… pensándolo bien… parecía más la voz de un grande que la de un chico- ese detalle no lo había tenido en cuenta. -¡Sí, creo que era la voz de un grande!

-¿Pudo ver a esa persona en algún momento?

-Imposible. Estaba tan oscuro que no se veía absolutamente nada. Además yo estaba abajo del puente, y la otra persona estaba arriba y en la orilla opuesta.

-¿No pudo ver su silueta o algo?

-Algo así…- en aquel momento recordé cómo una sombra se movía del otro lado del puente, en el mismo lugar de donde provenía la extraña voz. –Sólo vi una sombra, nada más.

-¿Una sombra grande o chica?

-No sé… grande tal vez.

-¿Vio algo más?

-Nada más.

-Señor Rubén, ¿tiene usted las dos Zetas que encontró anoche, la del puente y la de la bolsa de dormir?

-Si- las tenía dobladas en mi riñonera, junto a las anteriores. No quería dejarlas en ningún lado por temor a “perderlas”

-¿Las puede sacar y compararlas? Quiero que me diga si le parece que fueron realizadas por una misma persona o por personas diferentes.

Abrí la riñonera, separé las Zetas de los papeles que tenía junto a ellas y las comparé. A simple vista parecían confeccionadas por una misma persona.

-¿Qué me dice?

-Sí, creo que las hizo la misma persona.

-¿Puede ahora compararlas con las otras Zetas que tiene allí?

A mi modo de ver todas las Zetas coincidían y así lo hice saber. Por lo menos yo no tenía dudas que se trataba de la misma persona.

-¿Y quién es esa persona?- preguntaba Félix.

-El Zorro, obviamente.

-No tengo más preguntas- finalizó Félix.

Como el abogado Defensor no tenía nada para preguntarme regresé a mi lugar. No tenía idea de lo que querían demostrar los Tigres, pero por sus caras de satisfacción, excepto la de Miguel, y sus cuchicheos, parece que habían logrado lo que buscaban.

-¡Silencio en la sala! ¡Silencio o mando a la policía!- el Juez volvía a golpear con su mazo y con cara de pocos amigos nos gritaba lo que nos podía pasar si no hacíamos silencio.

Producido el silencio el Juez preguntó al Fiscal si tenía más a testigos. Ante la negativa de Félix lo invitó a realizar su alegato final.

Félix se puso de pie. Se ubicó a un costado, para que todos podamos verlo, y comenzó su alegato.

-Está claro, de acuerdo a lo que quedó demostrado por lo dicho por Saborido Chico, que Miguel tenía algo que ver con el Desafío del Zorro. Pregunto, ¿para qué lo levantaron en medio de la noche si Miguel no tenía que ir al Desafío? Siempre y cuando Miguel no sea el Zorro…

“Cacho levantó a Miguel para que vaya a colocar la Z en la carpa de los Águilas. Pero no fue al Desafío de Ruben. Volvió a nuestra carpa y marcó a Ramiro y después, antes de acostarse, se marcó él mismo para despistar”

“¿Qué pasó con el Desafío? El Zorro lo mandó a Jorge, por eso es que Rubén escuchó una voz de una persona grande; y vio una sombra que también le pareció la de una persona grande”

“Como todos sabemos solamente el Zorro puede poner la Z. Por eso Jorge llevó un papelito con la Z marcada por el Zorro, que es la misma Z que Miguel dejó en la carpa de los Águilas, y que coinciden con las Zetas que dejó antes. Las Zetas que marcó en el cuerpo de cada uno son diferentes porque es más difícil dejar una marca a las apuradas, con el temor de que la persona a la que se está marcando se despierte. Es por eso que los Tigres decimos que Miguel es el Zorro”

Los Tigres despidieron a Félix con aplausos. Miguel, sentado en el banquillo de los acusados, permanecía callado, como pidiendo clemencia.

El alegato de la Defensa no tuvo mucho que decir. Solamente que nadie podía asegurar que fuera Miguel el que había puesto la Z en nuestra carpa; ningún Águila se despertó, ninguno escuchó nada, y sólo los Águilas estábamos dentro de la carpa.

Sobre lo que vio Saborido la Defensa no pudo hacer gran cosa; solamente que Saborido estaría dolorido, con sueño y seguro que con bastante miedo. Por eso, quizá se confundió, y no era Miguel, ni siquiera Cacho a las personas que había visto.

Finalizados los alegatos tomó la palabra el señor Juez. Nos dijo que ahora sólo quedaba que el acusado responda con absoluta sinceridad si él era o no era el Zorro.

-Señor Miguel, recuerde que está bajo juramento. ¿Es usted el Zorro? ¿Sí o no?

-No señor Juez, no lo soy.

Se desató un griterío infernal. Los Tigres aullaban diciendo que no era posible; que Saborido lo había visto; que esto y aquello.

-¡Silencio!- gritaba el Juez. -¡Policía! ¡Que hagan silencio! Y no dejaba de golpear con el mazo el tronco que servía como tambor de resonancia.

Coco y Héctor, gorra en mano, acataron de inmediato la orden del Juez repartiendo gorrazos a diestra y a siniestra. Por fin se hizo silencio. Quedaba alguna sonrisa de confabulación, pero ya no había gritos ni protestas.

-Bueno- el Juez retomaba la palabra. –Aquí tenemos que Miguel nos dice que no es el Zorro… Pero evidentemente, luego de las pruebas presentadas por los Tigres, alguna zorrería parece que estuvo haciendo… Señor Miguel, ¿acaso usted es el ayudante del Zorro, más conocido como el Zorrito?

La cara del Miguel, pobre, lo delataba solo. Antes de responder nos miró regalándonos una sonrisa de vergüenza y respondió con voz apenas audible.

-Si señor Juez, soy el Zorrito.

Otra vez el griterío. Otra vez el Juez golpeando al mazo, pidiendo silencio y enviando a la policía para lograrlo; y otra vez los “azotes” cómplices y divertidos.

Los Tigres habían logrado descubrir al Zorrito, único ayudante del Zorro. El Juez nos dejó en claro que no fue Jorge quien se apareció en mi Desafío, sino el propio Zorro; y le recordaba al Zorrito que él no debía ayudar a su Patrulla de ninguna manera para que ésta descubra al Zorro y que debía cuidarse muchísimo de ahora en adelante si el Zorro se le acercaba para pedirle algo.

Y por supuesto… iba a tener que pagar una prenda por haber sido descubierto…

La prenda fue leve. Tuvo que lavar las ollas de la cocina de aquel día; no resultó una tarea tan ingrata, pero tuvo que aguantarse las bromas de todos.

A ninguno de nosotros se nos ocurrió que Miguel pudiera hacer trampa diciéndole a su Patrulla quién era el Zorro o dándole alguna pista para que lo descubran. Y Miguel cumplió como debía: mientras pudo jugó como un Zorrito escurridizo y efectivo; perdió, pagó con una prenda y estoicamente esperó hasta el final del Juego para poder contar cómo hacía y a quién ayudaba durante el día… y la noche.

Esto se pudo lograr porque el Juego del Zorro, aparte de astucia, de observación y de picardía, posee otros dos elementos más que importantes e imprescindibles: Confianza y lealtad.

información y descarga en libro electrónico

portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada: Miguel Navarro. Foto de capítulo quinto: Grupo Scout Cardenal Ferrari.

Si te ha gustado consigue desde ya el siguiente capítulo apuntándote al grupo de lectura de nuestra red social scout: SEIS GRADOS.
Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

Comparte con otros... Share on Facebook18Share on Google+1Tweet about this on Twitter0Print this pageEmail this to someone

0 Respuesta a “El Campamento de los Águilas. Capítulo 5: Entre el escalpo y el zorro”


  • Ningún Comentario

Añade un Comentario