El Campamento de los Águilas. Capítulo 4: Tras la pista de los merodeadores

Los Libros Scouts de La Roca del Consejo

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Tras la pista de los merodeadores

Las carcajadas y las bromas fueron el centro de la formación de aquella mañana. Varios muchachos, de las tres Patrullas, aparecieron con la cara marcada con una Z. Frentes, mejillas, el dorso de una mano… El Zorro hizo de las suyas y los marcados no se enteraron hasta que lo miraba un compañero.

¡Qué sueño pesado!

Porque el Zorro tuvo que abrir la carpa, entrar, marcarnos, y partir como llegó, en silencio. ¡Nadie escuchó nada!

Además, en el mástil apareció un nuevo mensaje del Zorro:

¡QUE LINDOS QUE QUEDARON MARCADOS!

DORMILONES. NUNCA ME VAN A ATRAPAR,

COMO ME CREEN MARICON DESAFIO A

RUBEN ESTA NOCHE A LAS 12.30.

SI SE ANIMA TIENE QUE IR HASTA EL

PUENTE DEL ARROYO Y RECUPERAR SU PAÑUELO.

Z

-¡Mi pañuelo! ¡No me digas que me robó el pañuelo!- grité angustiado. –Me lo habrá sacado anoche, cuando entró a la carpa a marcarnos…

-¿Qué vas a hacer? ¿Vas a ir?- me preguntaban los chicos.

-¡Por supuesto!- contesté serio, como si pudieran pensar que tenía algo de miedo.

-Mirá que es bastante lejos…- siguieron aguijoneando los chicos. –Tenés que ir sin linterna… y solo…

-¿Qué? ¿Se creen que tengo miedo?

-No. Pero te podés perder.

-¿Cómo me voy a perder? Si el camino me lleva directo. Y aprovecho a decirle al Zorro- alcé la cabeza y miré a toda la formación. –Quien quiera que sea, que acepto el Desafío. Esta noche a la 12.30 en el puente del arroyo. ¡Ahí estaré!

-¡Muy bien, así se habla!- dijo Jorge entusiasmado. –Aprendan de este Guía al que anoche le robaron el pañuelo.

-¿El resto de los Desafíos los va a aceptar?- Arturo, agrandado porque el Zorro no hablaba de ningún otro Desafío quería darse corte. – ¡Que no sea maricón y los acepte!

-El Zorro sabrá y ya va a responder No te impacientes Arturo.

Luego de la Oración nos dispusimos a izar la Bandera. ¿Qué Patrulla elevaría hoy su Banderín? Creo que todos nos habíamos hecho la idea de que serían los Panteras…

-De acuerdo a la actividad de ayer- comenzó explicándonos Jorge. –Teniendo en cuenta el resultado de los Juegos, del Concurso del Pan de Cazador, las pizzas y el Espíritu de Patrulla iza su Banderín la Patrulla… ¡Pantera!

-¡Matemático va!- correspondía que fuera yo quien lo pidiera, ya que el día anterior las otras Patrullas nos lo dedicaron a nosotros.

El Concurso de Puntos General también se ponía más animado. Apenas un par de puntos nos separaban de los Panteras que seguían primeros. Los Tigres estaban terceros, ahí nomás. ¿Qué pasaría hoy?

Un silbatazo largo: ¡Atención!

Tres silbatazos largos: Comienza la transmisión de Morse.

En esta época de teléfonos celulares en donde todos estamos comunicados a cualquier hora del día y en cualquier lugar (Excepto en nuestro campamento porque en donde estábamos no había señal, por lo que los dirigentes se sentían más que dichosos y en paz: nos decían que no nos tenían que estar diciendo “guarden los celulares; acá no se lo necesita; los van a perder”) En esta época usar el código Morse parece que ya no tiene sentido. Pero Jorge nos había preparado algo que nos sirvió para aprender una de las maneras que tuvo el hombre para comunicarse, y a la vez, poder utilizarlo para jugar y divertirnos.

En la Patrulla formamos tres parejas para cada actividad en la que se necesitare a dos personas para realizar una acción de conjunto. Estuvimos todo un año para darnos cuenta cómo formar las mejores parejas por el bien de la Patrulla.

En el caso del Morse, en la pareja que formaba con Spoletto a mí me tocaba escuchar el sonido (cada letra tiene un sonido distintivo: la “a” un silbatazo cortito y otro más largo; la “n” al revés, uno largo y otro cortito; y así todas las letras) Y ayudado por una tablita donde figuraban todas las letras con sus respectivos sonidos (el silbatazo largo simbolizado con una raya y el corto con un punto) Yo escuchaba, descifraba de qué letra se trataba y se lo decía a Spoletto que se encargaba de transcribirla al papel.

El mensaje que nos transmitieron era escueto y directo:

“EN 10 MINUTOS LA PATRULLA LISTA EN LA TRANQUERA DE LOS FIGUEROA”

La Patrulla “lista” suponía que todos los patrulleros teníamos que llevar la riñonera con los elementos que en ella se transportaban para algún juego o actividad: libretita, birome, brújula, cortaplumas, etc. Aparte, el pañuelo de juego y el soguín personal.

Llegamos justo a tiempo a la tranquera. Ya estábamos las tres Patrullas, pero nadie más. Suponíamos que allí íbamos a encontrarnos con los dirigentes, pero no había nadie.

Nos sentamos a esperar. Pasaron cinco minutos, tal vez diez. Ninguna señal de Jorge ni de Cacho. ¿Habremos recibido bien la transmisión de Morse? Una Patrulla podía ser que no lo hubiere descifrado correctamente pero, ¿las tres?

En ese momento vimos a uno de los chicos de los Figueroa que salía del corral y se acercaba a la tranquera.

-Buen día- saludó al muchacho.

-Buen día- respondimos al unísono.

-Me dieron estos tres papelitos para que se los entregue- nos decía el muchacho mientras nos extendía la mano para entregarnos tres papeles doblados, uno para cada Patrulla.

-Gracias. ¿Quién te los dio?- pregunté.

-Uno de los señores del campamento de ustedes, el que tiene el gorrito rojo. Me pidió que se los entregue porque él se iba para otro lado. Bueno, hasta luego.

-Hasta luego. Y gracias otra vez.

Abrimos los papeles. Inmediatamente nos dimos cuenta que eran iguales. Mensajes. Cada Patrulla eligió un lugarcito más íntimo para poder descifrarlo. El mensaje estaba en clave cuadrícula. Sencillo. Las tres Patrullas lo desciframos casi al mismo tiempo.

La tranquera del campo de los Figueroa se encontraba luego de recorrer un gran descampado que se iniciaba en la orilla del lago y finalizaba en la ladera del cerro. El terreno estaba cubierto de arbustos, pastos y cantidad de piedras esparcidas sin ton ni son. En el centro de ese gran descampado había dos rocas inmensas, grandes como casas, que estaban flanqueadas por un pequeño montecito.

El mensaje nos decía que una “momia” aparecería sobre las rocas para indicarnos el camino a seguir. Si no captábamos el mensaje en toda su extensión un par de minutos más tarde la “momia” repetiría la transmisión. Para recibir la transmisión nos teníamos que quedar donde estábamos.

Miramos hacia las rocas y vimos que sobre ellas había una persona completamente inmóvil. La “momia”.

Luego de pasados unos segundos la “momia” se agachó, tomó un par de banderolas y nos comunicó con ellas que comenzaba una transmisión de señales, de semáforo, como le decimos los scouts.

-¡A prepararse en parejas chicos!- movilicé a la Patrulla para que esté lista a recibir la transmisión.

El Semáforo es otro arte que para dominarlo es necesario practicarlo convenientemente. Durante el año habíamos llevado a cabo varios juegos que nos permitieron, en primer término, construir las banderolas para señales, después saber cómo era el alfabeto de señales (del que también llevábamos un ayuda memoria por pareja) y por último practicar convenientemente en transmitir y recibir señales. Por supuesto fue José Luis quien se destacó en nuestra Patrulla y en quien más confiábamos cuando debíamos recibir una transmisión.

Nos dispusimos a recibir la transmisión y la “momia” inició, con movimientos ampulosos y medidos, a señalizar cada una de las palabras que componían el mensaje.

Finalizada la transmisión partimos de inmediato hacia nuestro destino; lo mismo hizo la Patrulla Tigre que también contaban con un par de scouts que dominaban la técnica del Semáforo a la perfección. Los Panteras estaban rezagados; quedaron atrancados en alguna parte del mensaje y tenían que quedarse donde estaban hasta que la “momia” realice una nueva transmisión.

El mensaje nos enviaba hacia el sendero que conduce a la base del Lanín. Allí encontraríamos una Pista a la cual deberíamos seguir.

-¡Vamos chicos! ¡Vamos para el arroyo!- les gritaba a los Águilas tratando de desorientar a los Panteras con la dirección que supuestamente íbamos a tomar.

-¡Rápido! ¡Rápido!- instaba Félix a su Patrulla.

Águilas y Tigres corríamos a la par. Vimos el comienzo de la Pista al mismo tiempo. Una Cabeza de Lobo dibujada en el suelo indicaba el inicio de la Pista. En ella se destacaban tres flechas: tres direcciones probables; la cuestión, entonces, era qué rumbo tomar.

Los Tigres lo decidieron casi de inmediato tomando el que conducía directo al arroyo. Nosotros no nos decidíamos. Desechamos la posibilidad que ascendía hacia el bosque; y nos decidimos por el tercer rumbo, el que continuaba por el sendero.

Al principio seguir la Pista fue sencillo; siempre por el sendero, recorriendo sus curvas, subidas y bajadas. En un momento la Pista salió del sendero para meterse por una pequeña abertura en el monte; continuaba rodeando rocas, traspasando cañaverales y arbustos.

De golpe nos topamos con ese signo de pista que uno nunca desea encontrar cuando va corriendo contra el tiempo y la velocidad de otros adversarios: Una gran X ¡Camino Equivocado!

-¡Camino equivocado!- grité con desilusión. –Volvamos al principio de la Pista.

Cuando regresamos, cerca de la Cabeza del Lobo, nos cruzamos con los Panteras que según parece habían elegido el mismo rumbo que nosotros…

-¿Es camino equivocado?- me preguntó Rikki.

Me callé la boca. Los Panteras ya nos habían alcanzado. ¿Pero serían tan tontos de no darse cuenta que era “camino equivocado”?

-Che, Rubén, ¿es camino equivocado?- insistió Rikki.

-Sí. Sigue un poco por el sendero y después termina dentro del bosque.

Las dos Patrullas volvimos juntas hasta el inicio de la Pista. Allí nos separamos para deliberar un momento en secreto.

-Dejemos que elijan ellos primero- proponía Adrián. –Seguro que el rumbo correcto es el que tomaron los Tigres. Si ellos van por el otro nos podemos adelantar otra vez.

-Sí, es buena idea- estuvimos todos de acuerdo.

Nos quedamos juntitos, continuando la charla, como deliberando qué hacer para intentar que los Panteras se decidan y partan primeros.

El plan resultó. Los Panteras eligieron el rumbo que ascendía en el bosque. Dejamos que desaparecieran entre los árboles y partimos por el rumbo que conducía hacia el arroyo.

-¡Y vos que antes nos gritabas que íbamos para el arroyo para despistar a los Panteras…!- me chanceaba Adrián.

La pista del arroyo era más difícil que la del sendero. Pero en la medida que seguíamos adelantando, cruzando el arroyo, entrándonos en el bosque, volviendo a cruzar el arroyo, aumentaba nuestra confianza de que habíamos elegido el rumbo correcto.

En un momento perdimos la pista. Apurados porque los Tigres estaban adelante, y quizá por mucho espacio, no observamos el terreno como se debía y le resultado, entonces, fue perder la pista.

-¿Dónde está el último signo que vimos?- pregunté impaciente. Cuando lo descubrimos ubiqué a Spoletto paradito detrás de él para que nos indicara hacia dónde teníamos que dirigirnos.

Spoletto se detuvo al lado de un árbol que tenía marcado un “camino a seguir”. Alzando la mano señaló la dirección que indicaba la flecha para que pudiéramos encontrar el próximo signo.

-¿No lo habrán sacado los Tigres?-se quejó Arturo.

-Capaz que lo movieron sin querer- dijo José Luis, que nunca se le cruzaba por la cabeza pensar mal de los demás.

-¡Acá está! ¡Acá está!- Adrián descubrió el signo sobre una piedra. Nos señalaba un importante desvío hacia la izquierda.

-¡Tesoro escondido a 35 pasos!- gritó Arturo que iba adelante.

Señalado en el suelo por medio de unas ramas secas vimos el signo que nos indicaba la dirección y la distancia donde encontraríamos el…

-¡Ese signo no es el de “tesoro escondido”, Arturo, es el de “mensaje escondido”!- le grité.

Medimos los 35 pasos. Bastantes dispares, ya sea que los midiéramos de acuerdo a los pasos de Marcos, a los de Arturo o a los míos. Cada uno midió sus 35 pasos y exploramos el terreno en busca del mensaje.

Estaba sobre un árbol, pegado con cinta a una rama. Había dos mensajes. Cada uno tenía el nombre de una Patrulla: Panteras y Águilas. Claro, los Tigres ya lo habían agarrado.

Quitamos el mensaje y nos pusimos a descifrarlo. La clave en que estaba escrita era una variación de la más antigua de las claves inventadas por el hombre: la “Julio César”. Con tan vasto Imperio como el Romano el famoso General necesitaba un medio por el cual poder comunicarse con eficiencia y en secreto con sus Legiones. Así fue que ideó un método que se utilizó por muchos años. Con el tiempo las claves se fueron perfeccionando, lo que las volvió casi imposibles de descifrar si no se las conocía. Hoy en día la “Julio César” era un pequeño escollo dentro del Juego, fácil de descifrar.

El mensaje nos decía:

“AQUÍ CERCA HAY UN ÁRBOL CON UN TROZO

DE TELA ROJO Y BLANCO.

AHÍ HAY OTRO MENSAJE”

-¡Separémonos para buscar el árbol!- le indiqué a la Patrulla. -¡Observen bien y no caminen muy lejos porque el mensaje dice que está cerca!

En menos de cinco minutos Spoletto había descubierto el árbol. Y detrás de él otra vez dos mensajes con los nombres de los Panteras y los Águilas.

¡El supuesto mensaje estaba completamente en blanco!

-¡¿Y esto?!

Inmediatamente me di cuenta de qué se trataba.

-Adrián, dame el encendedor.

También le pedí que junto a José Luis sostengan el papel cada uno por una punta y que lo mantengan en el aire de manera horizontal con respecto al suelo. Prendí el encendedor y comencé a pasar la llama por debajo del papel, sin tocarlo, pero lo suficientemente cerca para que reciba el calor de la llama.

La transformación fue instantánea. El papel tomó una tonalidad amarillenta a la vez que dejaba traslucir, en una tonalidad más oscura, una serie de palabras y frases.

El mensaje fue escrito utilizando jugo de limón. El ácido del jugo es transparente y queda impregnado en el papel; al recibir el calor del fuego se destaca con nitidez y permite revelar lo que lleva escondido.

-¡Qué bueno!- exclamaron Marcos y Spoletto, que nunca habían visto el truco.

-¿Qué dice?- preguntó Arturo.

-Que tenemos que dirigirnos a la elevación donde jugamos al Acecho al Venado. Y que allí vamos a ver al señor inglés…

-¿Y ese quién es?

-¡Qué sé yo! Supongo que cuando estemos ahí nos daremos cuenta. ¡Vamos, rápido, que queda lejos y los Tigres capaces que ya llegaron!

Corrimos, trotamos, caminamos… y llegamos hasta la elevación que nos mandaba el mensaje.

Sentado contra una piedra había un señor. ¿El inglés? Tenía puesta una gorra, vestía un saco, llevaba barba y fumaba una pipa. Leía un libro y parece que no se dio cuenta de nuestra presencia.

-¿Señor?- me acercaba a preguntarle si él era el señor inglés al que teníamos que encontrar.

-Yes- respondió el inglés… ¡Héctor! Era Héctor, nuestro cocinero “inglés”. Continué con el interrogatorio.

-Encontramos un mensaje que nos guió hasta usted…

-Yes, yes- sacándose la pipa de la boca el inglés prosiguió hablando con un acento que nos hacía pensar en un auténtico hombre británico. –Han llegadou bien, good, very good, ¿Saben para que han venidou?

-No señor. El mensaje solo nos decía que teníamos que verlo a usted.

-A ver, a ver… ¿conocen comou se llamau la capittal de mi Paiiss?

-¡Sí, Londres!

-¡Bien! ¡Good, good!- ¿Y saben en que counttinentte esttá?

-¡En Europa!

-¡Very good! Aoura puedou deciless lo que debben hacerr. Tienen que seguirr esta dirección y voltear el nidou. En ese momento Héctor, el inglés, sacó un papelito y nos lo tendió.

El papel tenía anotados los grados y la distancia hacia dónde dirigirnos, y debajo de ellos estaba escrita la enigmática consigna dada por el inglés:

“ALLI VOLTEAR EL NIDO”

Los que teníamos brújula la sacamos para tomar el rumbo y luego comparar los resultados. En la dirección dada se distinguía un pehuén inmenso que sobresalía del resto de los árboles que lo circundaban. Adrián quedó en el sitio desde el cual tomamos el rumbo y el resto de la Patrulla avanzó hacia el pehuén, contando los pasos que nos darían como resultado la distancia.

El pehuén mismo era el punto exacto de acuerdo a nuestras mediciones. Comenzamos a buscar en el árbol.

-¡Miren!- Marcos indicaba con el dedo hacia una de las ramas del pehuén. -¡Allá hay un par de nidos construidos con cartón!

Al igual que los mensajes que encontramos hasta aquel momento los nidos tenían nombre: Panteras y Águilas.

Le indicamos a Adrián que venga enseguida; él era el mejor para trepar a los árboles. Mientras tanto, tratábamos de voltear nuestro nido arrojándole piedras y palos. Al principio fue una piedrita, luego otra, más grande; en un momento estábamos todos lanzando piedras y palos de todas dimensiones.

-¡Paren, paren! ¡Si le pegamos al de los Panteras se nos arma un lío bárbaro!

-Tenés razón José Luis, ¡Jorge nos mata! ¡Grítenle a Adrián que se apure!

-¿Qué pasó?- preguntó Adrián todavía jadeante por la corrida.

-¡Encontramos el nido!- le señalé. –Tenés que subirte a bajarlo.

Adrián no se hizo rogar. Me pidió que le haga pie con las manos entrelazadas; pisó, se elevó ayudándose de una rama que tenía sobre la cabeza, y comenzó a trepar el árbol con una facilidad pasmosa.

Sacó el “nido” de la rama. Nos lo tiró para que lo atrapemos y bajó del pehuén con la misma facilidad con la que trepó.

El nido era una réplica muy bien hecha de un nido de hornero en cartón. Metimos la mano buscando dentro de sus recovecos pero no encontramos nada. Lo giramos buscando algún mensaje o algo inscripto atrás o en la parte de abajo, pero no encontramos nada, nada.

-Marcos, vos que tenés la mano más chiquita metela adentro y tantea con cuidado, puede que tenga algún papelito pegado o algo así.

Cuando Marcos estaba por introducir la mano en el nido buscando lo que necesitábamos Spoletto nos alertó sobre los Panteras:

-¡Los Panteras, vienen para acá!

-Salgamos de aquí y metámonos detrás de aquellas piedras- dije a los chicos. –Marcos, andá buscando adentro del nido.

Nos escondimos detrás de las piedras. Quedamos completamente a cubierto de los Panteras, que sabían que andábamos por allá, pero nada más.

-¿Y Marcos, hay algo?

-No. No toco nada, pero…, me parece…- Marcos elevaba el nido trataba de mirar dentro de él acercando su entrada a los ojos. –Me parece que tiene algo escrito adentro…

-¡Sí, tiene algo escrito adentro!- Arturo fue el primero en mirar desde la boca del nido y confirmaba la suposición de Marcos. -¡Hay que desarmarlo!

Así lo hicimos. Despacio, con cuidado para no destruir el mensaje, fuimos despegando y desarmando el nido de hornero que en aquellos pagos eran los únicos nidos de hornero existentes. ¡Y ahí estaba! Escrito en todo su interior el mensaje anhelado:

“COCO LOS ESPERA EN LA COCINA PARA

EXPLICARLES CÓMO CONTINÚA EL JUEGO”

¡A correr otra vez!

-¿Cómo van los Panteras?- quise saber antes de partir hacia la cocina.

-Están mirando el árbol… ahí vieron el nido…

-¡Apurémonos entonces!

Llegamos a la cocina con la lengua afuera y con mucha sed.

-¿Podemos tomar agua Coco?

-Sí, tomen tranquilos que después les explico cómo continuar el Juego.

Nos abalanzamos hacia el agua fresca que había dentro de la gran olla de la cocina pero no nos desentendimos del juego.

-¿Los Tigres llegaron hace mucho?

-No. Les costó bastante lo del nido. Recién se fueron.

-¡Rápido con el agua chicos que ya los estamos alcanzando!- Vislumbré la posibilidad de emparejar a los Tigres y no quería perder la oportunidad. -¡Dale Spoletto, apurate!

Después de tomar agua y recuperar el resuello Coco nos hizo sentar.

-Muchachos- comenzó. –Acá tienen el almuerzo de hoy (ya era la hora de comer y no nos habíamos dado cuenta), sándwiches de milanesa, tomates y naranjas. Lo van a cargar en un par de mochilas con algunas cantimploras con agua y van a proseguir.

-¿La comida es parte del juego?- interrumpí la explicación deseando comerme ahí mismo los sándwiches.

-Sí, es parte del juego. Les explico qué tienen que hacer: Pasando el puente del arroyo de la cascada van a elegir el lugar donde detenerse a comer. ¡Pero cuidado! Lo tienen que hacer en silencio porque en aquella parte del bosque hay dos extraños seres merodeando en busca de algunos chicos…

“Si los seres los descubren mientras están comiendo van a perder 10 puntos en la puntuación final del Juego. Ahora, si ustedes los ven a ellos, tienen que anotar qué es lo que estos dos merodeadores llevan en la cabeza, y luego, al finalizar el Juego, se les suma 10 puntos si lo que anotaron era correcto. ¿Entendido?

Coco tuvo que explicar un par de cosas otra vez, especialmente lo referente en dónde teníamos que comer y qué tenían o qué podían hacer los merodeadores si nos descubrían comiendo.

-¿Está todo claro?

-Sí, ahora sí- le respondí. -¿Después de comer, qué tenemos que hacer?

-Una vez que finalizan de comer, y eso significa comer toda la comida, nada de engaños o trampas, van a abrir este sobre- Coco me entregó un sobre común, bien cerrado, que se notaba que adentro tenía algo. –En el sobre están las próximas consignas del juego.

Guardamos la comida y las cantimploras en las mochilas en el momento que los Panteras llegaban a la cocina. Los saludamos y partimos.

Pasamos el puente y nos detuvimos a estudiar el terreno. El silencio era total. No se veía ningún movimiento.

-Vamos a escondernos donde estaban esos grandes árboles caídos- le dije a los chicos. Recordaba que en la caminata a la Cascada Escondida había visto algo así como una cueva formada por las ramas de esos dos grandes árboles cruzados en el suelo.

-Ah, sí, ¡ese lugar está bueno!- Apoyó Adrián.

-¿No será mejor ir para el lado del lago?- preguntó Arturo. -¿Se acuerdan que había una hondonada tapada con ramas secas? Y está más cerca…

-No, mejor los árboles- opinaba José Luis. –Ahí vamos a estar mejor escondidos y vamos a comer más tranquilos.

Spoletto y Marcos también votaron por el refugio de los árboles. Nos dirigimos hacia él en silencio. Cualquier sonido ajeno al bosque podía escucharse con facilidad y la cháchara de seis muchachos era algo bastante ajeno al bosque.

Llegamos a los árboles caídos. En verdad formaban una cueva perfecta, tal la forma en que quedaron entrelazados troncos y ramas. Comimos apurados: teníamos hambre y ansiedad por abrir el sobre.

-¡Abrilo, abrilo!- me insistía Marcos.

-Terminá la naranja y lo abro.

Marcos acabó con la naranja, se secó las manos refregándoselas en los pantalones y nos dispusimos a abrir el sobre.

Dentro del sobre había una tirita de papel con letras puestas de tal manera que parecían no tener ningún sentido: unas al derecho, otras al revés; otras cortadas o puestas de costado. Junto a este papelito tan extraño había otro que decía:

“SI ME ENROSCAN ME DESCUBREN”

Atónitos, no sabíamos por dónde comenzar.

-Si me enroscan me descubren… si me enroscan me descubren… si me enroscan me descubren…- pensaba en voz alta. -¿Habrá que enroscárselo al dedo?- y comencé a enroscarme el papelito al dedo a ver qué pasaba… Nada.

-¿No habrá que enroscar el papel sin ponerle nada en el medio?- aventuró Arturo.

-¿Cómo?

-Así, dame- Arturo tomó el papel y comenzó a enrollarlo formando un tubito… Pero tampoco logramos ningún resultado.

Pensando en los merodeadores del bosque, que todavía podían descubrirnos, encargamos a Spoletto, José Luis y Marcos a que vigilen. ¡Y menos mal que lo hicimos!

-¡Chicos, chicos!- Marcos, muy excitado, se acercó corriendo y nos hizo callar. –Se acerca alguien por el arroyo.

-¿Nos vio?

-No. Lo descubrimos desde lejos, pero parece que viene para acá.

-Escondámonos entre las ramas y hagamos silencio.

Nos ubicamos lo más cómodo posible; puestos de tal manera que pudiéramos mirar hacia todos lados y descubrir si se acercaba alguien.

Escuchamos el ruido que producen las ramitas secas al quebrarse. Una liebre pasó cerca, venía en dirección de donde se produjeron los ruidos de ramitas quebrándose; alguien se aproximaba, no había dudas.

-¡Ya lo veo!- dijo Adrián en un susurro. -¡Es Jorge! Ahora se detuvo.

-Fijate qué tiene puesto en la cabeza- le dije a Adrián en voz baja.

-Tiene una vincha negra.

-¿Qué hace?

-Está mirando para todos lados. Creo que nos está buscando. Ahora empieza a caminar; se va por la orilla del arroyo… ya no lo veo.

-Esperemos un poquito y después salgamos.

Aguardamos un momento en total silencio. Cuando estuvimos algo más seguros salimos de nuestro escondite. Pero no dejamos de vigilar. Designamos a los mismos chicos para que sigan patrullando mientras Arturo, Adrián y yo tratábamos de descifrar el extraño mensaje.

¡Cuánto nos costó descifrarlo!

¡Pero lo hicimos!

El primer paso fue estar seguros que el mensaje a descifrar era el que escondían las letritas aparentemente sin sentido que estaba en la tirita de papel. Segundo paso, que era efectivamente a esa tirita de papel a la que había que enroscar en algo para poder seguir adelante. Tercer paso, encontrar el palito justo y la manera exacta de enroscaren él la tirita de papel.

Y no fue en un palito donde enroscamos la tirita de papel. La birome tenía la medida precisa; además, había que enroscar el papelito medio en diagonal, así era como se iban uniendo las letras, en apariencia patas para arriba o cortadas, y se formaban las palabras del mensaje.

¡Astuto!

El mensaje de la tirita de papel nos decía:

“DONDE TERMINA EL ARROYO HAY UN

MENSAJE, TAL VEZ UN TESORO”

-¿Dónde termina el arroyo?

-En el lago- respondí. –Yo llevo una mochila, vos Arturo agarrá la otra. ¡Rápido!

-¿Si nos ven los merodeadores?

-No importa. Ellos podían descubrirnos mientras comíamos. Y ya comimos.

Las mochilas estaban vacías, casi no tenían peso; podíamos correr sin problemas. Llegamos a la desembocadura del arroyo en un santiamén… Y no estábamos solos…

Tigres, Panteras y Águilas nos volvíamos a encontrar en un mismo lugar, hecho que no ocurría desde el inicio del Juego. Ellos habían llegado antes que nosotros, y a juzgar por cómo buscaban podíamos decir que estábamos empatados: ninguna de las tres Patrulla tenía aún la clave para seguir adelante.

-¿Vieron a alguno de los merodeadores?- Nos preguntó Félix.

-Sí, lo vimos a Jorge- respondí. -¿Y ustedes?

-Lo vimos a Cacho. Pero me parece que nos descubrió… no sé…

-Nosotros también lo vimos- dejo Víctor.

-¡Y nos descubrió!- acotó Rikki. –estábamos comiendo atrás de un árbol y se nos apareció de frente.

-¡Félix, Félix!- Ernesto llamaba a su Guía apremiándolo. ¿Habrá descubierto el Tesoro?

Los Tigres se reunieron en un lugar algo apartado; estaban bien juntitos y hablaban en voz baja. ¡Seguro que habían descubierto algo!

De repente Claudio se separó de la Patrulla, llegó hasta un árbol y comenzó a treparlo. Mientras lo subía con toda decisión descubrimos el signo de “Tesoro Escondido” pegado en el tronco del árbol que trepaba Claudio. El signo de pista estaba a unos tres metros de altura y en el centro, tenía escrito un número 1 y una flecha indicando hacia arriba.

Aproximadamente un metro más arriba del signo de pista el árbol formaba una gran horqueta en donde nacían dos gruesas ramas. Sobre la horqueta, y disimulada con ramas, había una caja.

¡Tirala, tirala!- le gritaba Félix a Claudio en cuanto llegó a ella y la tuvo entre sus manos.

Panteras y Águilas, masticando bronca, debimos esperar a que los Tigres abran la caja, inspeccionen lo que había adentro y después que hubieran finalizado nos permitan hacerlo a nosotros.

La caja contenía un montón de números-vida para colocarse en la cabeza. Tres mensajes, uno para cada Patrulla, y un cuarto mensaje para quien hubiera descubierto la caja, es decir solo para los Tigres, que por el grito de alegría que dieron en ese momento, y posteriores comentarios, supimos que se trataba de 10 puntos extras para el Juego.

El mensaje para cada Patrulla nos explicaba que debíamos caminar por la senda que bordeaba el lago. Siguiendo esa senda pasaríamos por la casa de otra familia pobladora del Parque. Más allá de esta casa la senda continuaba, siempre bordeando el lago, y la seguiríamos hasta toparnos con un cartel.

Era el único cartel que íbamos a encontrar. Indicaba los dos posibles caminos a seguir desde allí: hacia la Base del Lanín, uno, y hacia el Puesto de Guardaparques el otro (sabíamos por Daniel que bien dentro del lago Huechulafquen había otro Puesto y ese era el camino por donde se llegaba a él)

Cuando llegáramos al cartel nos colocaríamos el número-vida en la cabeza. Los merodeadores nos estarían esperando nuevamente, teníamos que tener cuidado. Cada vez que nos vieran dirían el nombre del chico descubierto y el número que llevaba en la frente (igual que en el Ataque al Fortín) Si era correcto lo descubierto por los merodeadores el chico sorprendido debía regresar al cartel y cambiar el numero-vida por el de otro chico que también hubiere sido eliminado… y encima perdía un punto…

El objetivo que teníamos las tres Patrullas era descubrir la guarida de los merodeadores y lograr introducirnos en ella. Cada Patrulla organizó su estrategia, nos colocamos los números-vida en la frente y partimos hacia la profundidad del bosque dispuestos a sorprender a los merodeadores.

Juegos de acecho en un lugar como el Parque Nacional Lanín es una actividad apasionante. El bosque ofrece tantas alternativas y posibilidades que el juego, de por sí entretenido, se tornaba fascinante.

El problema que debíamos enfrentar es que, si bien contábamos con variadísimos lugares en donde escondernos, nuestros ocasionales adversarios también manejaban las mismas alternativas y posibilidades.

En este caso, para los contrarios, los merodeadores, era más sencillo que para nosotros: conocían la ubicación exacta de su guarida, sabían por dónde podían aparecer sus atacantes y… nos estaban esperando.

Nosotros, en cambio, no teníamos idea dónde podían encontrase los merodeadores. El mensaje nos decía que la guarida estaba delimitada por sogas y que tenía telas negras y blancas colgadas de ellas. Podíamos encontrarla en cualquier parte entre el lago, a la izquierda, y la senda que llevaba al Lanín a la derecha. Hacia el frente, caminando en línea recta, el límite del terreno de juego era otro arroyo que bajaba desde el cerro hacia el lago.

Los Águilas nos separamos de a dos. La idea era que si eliminaban a uno de nosotros, su compañero, atento a que la guarida estaría cerca, se quedaría quieto donde estaba. El jugador eliminado, luego de ir tras otra vida, buscaría al resto de la Patrulla para que todos nos concentremos en donde nos estaría esperando el compañero que quedó a la espera.

Esta parte del juego era similar al Ataque al Fortín. Teníamos en claro que la mejor manera de jugarlo, a pesar de ir en parejas, era movernos solos, acechando en silencio, despacio, sin apresurarnos.

Spoletto caminaba a unos 20 metros a mi derecha. Ambos seguíamos la misma dirección, pero al ir algo separados, podíamos manejarnos con más soltura. Vi a Cacho derechito delante de Spoletto. Estaba agachado, hecho un bollo delante de unas plantas. Me di cuenta que había descubierto a Spoletto, pero seguramente lo dejaba que se acerque para no delatarse en el momento de pronunciar su nombre y número.

Tuve que guardar silencio, de lo contrario Cacho también me podía descubrir. No había forma de prevenir a Spoletto. Lo que me quedaba por hacer era tratar de mimetizarme quedándome muy, muy quieto. Escuché que Cacho apenas alzaba la voz para eliminar a Spoletto.

-¡Muerto Spoletto, con el 3!

Spoletto se detuvo al instante. Descubrió a Cacho a unos metros delante de él. Como yo me encontraba cerca preguntó en voz alta: -¿Ahora qué tengo que hacer?

-¡SHH! ¡Hablá despacio!- le replicó Cacho. -¿No sabés que tenés que volver al cartel a buscar otra vida?

-¡Ah, sí!- respondió Spoletto de la manera lo más casual que le fue posible. Y luego de dar media vuelta volvió corriendo hacia el cartel.

Yo seguía esperando, quietito.

Cacho también se quedó en el mismo lugar un rato más escudriñando el bosque. Era todo quietud, no se escuchaba ningún sonido. Pero Cacho parece que escuchó algo. Se levantó despacio, mirando hacia donde parece que escuchó el sonido, y comenzó a caminar protegiéndose con los árboles.

El camino que tomó era en ascenso; la tierra negra y húmeda amortiguaba sus pasos, permitiendo que Cacho se moviera con sigilo pero con rapidez. Desapareció por entre los árboles. Ahora, yo tenía el camino libre y la guarida posiblemente estuviera cerca.

No me equivoqué. Apenas me desplacé unos cuantos pasos cuando descubrí la guarida bien demarcada con la soga y los trapos negros y blancos. Dentro de la guarida estaba Jorge, que en ese momento miraba hacia la izquierda, en dirección al lago.

Escuché ruidos que llegaban desde el sector hacia donde miraba Jorge; dos chicos se acercaban a la guarida. Caminaban con displicencia, tal vez porque no imaginaban que por allí pudiera estar la guarida.

Aproveché para rodear la guarida e intentar ingresar a ella por la derecha, por aquella parte que Jorge en este momento no le prestaba atención. La falta de precaución de los dos chicos que se acercaban desde el lago me era favorable. En ese momento Jorge distinguió a uno de ellos perfectamente y lo eliminó.

-¡Muerto Ernesto, con el 20! ¡Y Miguel! ¡Con el 5!

Ernesto quedó eliminado automáticamente. Pero parece que Jorge se equivocó con el otro jugador: o no era Miguel o no era el 5; uno de los dos datos estaba mal. Por lo que el muchacho, sin ningún disimulo, se tiró de cabeza detrás de unas piedras que lo cubrían de la vista de Jorge.

Jorge, intentando descubrir de quién se trataba, no prestaba mucha atención a lo que pasaba a sus espaldas. El muchacho se paró de espaldas a la guarida. Era Miguel. Así, de espaldas, comenzó a moverse de costado alejándose del peligro. Cada tanto giraba un poco la cabeza para ubicarse en el terreno. Ese pequeño movimiento es al que estaba atento Jorge para poder leer el número-vida. Y esto me estaba permitiendo seguir acercándome a la guarida con relativa tranquilidad.

-¡Llegué!- el grito de triunfo que di al ingresar sobresaltó a Jorge, que no me había visto.

-¡Bien Rubén!- me felicitó Jorge. –Ahora quedate acá, pero en silencio, mientras intentan ingresar los restantes chicos.

No pudieron ingresar todos. Cuando Jorge tocó los silbatazos indicando el fin del juego habíamos entrado 10 chicos: 4 Tigres, 2 Panteras y 4 Águilas: Adrián, José Luis, Marcos y yo. Y solamente a cuatro de los que entramos no nos eliminaron ninguna vez, Marcos y yo de mi Patrulla y Mario y Saborido Chico de los Tigres.

El resultado final, contando los puntos del Tesoro, el avistamiento de los merodeadores y el ingreso a la guarida fue un gran triunfo de los Tigres. Nosotros fuimos segundos y los Panteras, terceros y bien lejos.

Regresábamos al campamento cansados y sonrientes. El Juego había estado bárbaro: mucho para hacer, variado y divertido. Además, la participación de los dirigentes le había dado un toque diferente, una complicación extra.

Se siente una satisfacción especial cuando se comparte una actividad con los dirigentes, y especialmente si se trata de un juego: ver que ellos juegan y se divierten de la misma manera que lo hacemos nosotros, lo que no solamente nos complacía mucho, sino algo más importante: nos acercaba.

Jorge y yo íbamos caminando juntos. Aproveché a hacerle un par de bromas por el hecho de haber ingresado a su guarida sin que me vea.

-Jorge, ¡qué fácil que entré a la guarida! ¡Ni me escuchaste! ¿Será algún problemita por la edad?

-¡Andá… me hice el distraído…!

-¡Qué distraído! ¡Ya le están agarrando los achaques!

Este era el trato con nuestros dirigentes. A veces tratándolos de usted, otras tuteándolos… ¿Por qué? Porque los respetábamos y los queríamos de la misma manera. Yo veía en ellos a una persona mayor, y a la vez a un amigo. Y cuando uno comparte algo hermoso con un amigo la felicidad que se experimenta es mayor, más plena.

Además, ¡ganarle un juego a alguien con más experiencia! Un triunfo brinda mayores satisfacciones, aunque no ocurra muy seguido.

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portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada y de cuarto capítulo: Miguel Navarro.

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Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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