El Campamento de los Águilas. Capítulo 3: Izando los banderines

Los Libros Scouts de La Roca del Consejo

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Foto de banderines de patrulla

-“Señor Jesús, Tú que me has dado este aviso: Está Siempre Listo y me has hecho a gracia de escogerlo por divisa, concédeme cumplir con él…”-

La mañana luminosa, con un cielo celeste sin mácula, la iniciábamos rezando una oración scout al pie de la imagen de Nuestra Señora. Jorge siempre insistía que al rezar una oración hagamos todo lo posible para ponernos en su presencia, de hacerlo con el corazón.

Debo confesar que en casa, cuando me acordaba de rezar, especialmente esta oración que rezábamos por la mañana, no me parecía tan profunda ni conmovedora como al hacerlo en el campamento. ¿El lugar, la situación, los compañeros…? No sabría decirlo con exactitud, pero era completamente distinto.

-“… Esta es mi promesa de cristiano y scout. No la traicionaré jamás, confiando Señor en tu bondad y en Tu gracia. Así sea”-

-Nuestra Señora de los Scouts.

-¡Ruega por nosotros!

-San Jorge.

-¡Ruega por nosotros!

-En el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Amén!

Terminada la oración en fila india nos dirigimos hacia el mástil para izar la Bandera. Formamos un semicírculo alrededor del mástil. Las tres Patrullas tenían la esperanza de izar su Banderín. Los Águilas sabíamos de nuestras posibilidades porque ganamos en los Rincones y nos fue bastante bien en los juegos.

-Como les dije ayer- nos explicaba Jorge. –hoy una Patrulla va a tener el honor de izar su Banderín debajo de la Bandera Nacional. Esto nunca lo habíamos hecho antes, y a partir de hoy, nace una tradición para nuestra Unidad. La Patrulla que dará comienzo a esta tradición es la patrulla… ¡Águilas!

Esta vez no hubo gritos desaforados de alegría. Quizá por lo solemne de la situación; sólo caras radiantes y dichosas.

-¡Matemático va!- Félix pidió el típico, acompasado y rítmico aplauso scout, ese que está destinado para aquellos momentos importantes en la vida del Grupo.

Como Guía fui quien anudó el Banderín a la driza e icé la Bandera junto a José Luis. Me cuesta expresar lo que sentí al ver a nuestra águila sola debajo de La bandera Argentina; orgullo, satisfacción, felicidad, de todo un poco.

Después, al dar el Grito de Patrulla, puedo jurar que sonó más fuerte que nunca, y no era para menos.

-Ya está el desayuno chicos- finalizó Jorge. –Al Rincón y a retirar el mate.

El Ataque al Fortín es otro de nuestros juegos predilectos. Cada Patrulla defiende un fortín, en el que guarda el Banderín, que es lo que debe defender. A la vez, ataca a las otras Patrullas intentando apoderarse de sus Banderines. Se juega por tiempo, por lo que un mismo Banderín puede ir y venir de acuerdo a las contingencias del juego.

El sector de juego fue elegido por el camino que conduce hacia donde se inicia el sendero que lleva a la base del volcán Lanín. El terreno presentaba infinidad de buenos escondites, elevaciones y promontorios; el arroyo, que bajaba de su naciente helado en el Lanín, creaba un obstáculo interesante que sortear, y el bosque tupido, y la libertad de poder disfrutar absolutamente solos de todo.

Nos pusimos de acuerdo en los límites del campo de juego y cada Patrulla partió a elegir su fortín. Un dirigente, junto a Coco, iba con cada una de las Patrullas. A nosotros nos tocó Cacho, quien transportaba unas sogas con las que se delimitaría el fortín, unas banderolas de color rojo para señalizarlo y los números-vida que los atacantes de nuestra Patrulla llevarían en la frente al momento de ir en busca de los Banderines contrarios.

Elegido nuestro fortín pusimos en el centro el bordón (el Banderín estaba izado en el mástil). Lo señalizamos convenientemente con las banderolas rojas, para que pueda ser descubierto por los atacantes contrarios, y nos dividimos los roles.

José Luis, Spoletto y yo seríamos los primeros atacantes. Cada vez que eliminen a uno de nuestros atacantes regresaría al fortín para intercambiar su rol con un defensor.

Esperamos expectantes el inicio del juego. Principio y fin de la contienda lo conoceríamos por el sonido de tres silbatazos largos. Ya estábamos listos. Era la hora. Tal era nuestro silencio a la espera de los silbatazos que un pájaro carpintero, a escasos metros del fortín, se animó a continuar su imprescindible repiqueteo en busca de comida.

¡Piiiiiiiiiiiii! ¡Piiiiiiiiiiiiii! ¡Piiiiiiiiiiiiii!

¡Comenzaba el Ataque al Fortín!

José Luis partió hacia la derecha. Spoletto en línea recta. Y yo, obviamente, hacia la izquierda. No podíamos eliminarnos entre atacantes pero igual era importante pasar desapercibidos a los atacantes de las otras Patrullas; cada atacante llevaba en la frente su número-vida y corría el riesgo de que un atacante contrario pase a convertirse en cualquier momento en defensor y, si nos había descubierto antes, ya conocería nuestro número.

Había que moverse con cuidado. Prestar atención a cada sonido del bosque, y por sobre todo, observar muy detenidamente.

Me interné en lo que parecía una abertura que presentaba el bosque, que se veía muy cerrado y silencioso. Caminaba algo agachado, cubriéndome con los árboles y los arbustos. Intentaba apoyar los pies allí donde no hubiera ramitas secas que al quebrarse delaten mi presencia. Recorría unos pasos, me detenía a observar, seguía adelante, me volvía a detener. Justo delante de mí escuché un pequeño movimiento. Yo estaba detrás de un gran tronco, en parte cubierto por un pehuén y en parte por el ramaje de unas plantas grandes que crecían cerca de él. Me encogí todo lo que pude y quedé completamente inmóvil, tratando de pasar desapercibido.

El movimiento se repitió. Ahora más fuerte. Llegaba desde adelante y un poquito hacia la derecha. Giré apenas la cabeza, lo suficiente para tener un buen ángulo de visión de un par de rocas que sobresalían formando un refugio natural donde esconderse.

Asomó una pierna. Ahora una mano… un chico quedó al descubierto, tratando de moverse con cautela. Era Iván… con el número 16… ¡Me vio!

Iván estaba mirando directamente hacia mi escondite. Con alivio me di cuenta que no me veía, no podía hacerlo, yo estaba perfectamente guarecido por las plantas. Iván estudiaba por donde moverse. Por fin eligió un senderito que bajaba hacia el arroyo, y por allí desapareció. Por la dirección que traía es probable que los Panteras, entonces, tengan su fortín en la zona que estaban explorando José Luis y Spoletto.

Me interné hacia la izquierda, tomando un camino que me hacía ascender en forma bastante pronunciada hacia unas grandes rocas que coronaban lo que parecía la parte más alta del monte.

-¡Muerto Rubén con el 7, detrás de las rocas!

Quedé shockeado. ¡Ni siquiera había descubierto el fortín y los defensores ya me habían eliminado! Bueno, por lo menos ahora ya sabía por dónde estaba uno de los fortines; y por la voz del defensor que me eliminó, que me parecía se trataba de Saborido Chico, era el fortín de los Tigres.

Regresé rápido a mi propio fortín. Intercambié el rol y guie a mi nuevo atacante indicándole donde se encontraba el fortín de los Tigres.

El juego se desarrollaba con éxito. Adrián había conquistado el fortín de los Tigres y pudo llevarse el Banderín. Lo persiguió Ernesto, quien llegó a tocarlo en la carrera mientras los dos caían rodando por el desnivel del suelo. En casos como éste el defensor tenía su última oportunidad de defender el Banderín con una Lucha Escalpo que se realizaba en el mismo lugar donde el defensor alcanzaba al atacante. La Lucha Escalpo favoreció a Adrián, por eso teníamos el Banderín.

Pero los Panteras lograron llevarse nuestro Bordón. Oscar logró entrar a nuestro fortín y arrancarnos el Bordón. Arturo lo corrió de inmediato para tocarlo y forzar la Lucha Escalpo, pero le fue imposible; Oscar, más rápido y ágil, se le escabulló con facilidad y llegó a su fortín.

Yo lo recuperé. Luego de ingresar al fortín de los Panteras esperé con el Bordón en la mano alguna distracción de los defensores; en el momento que otro atacante hacía todo lo posible para que no lo identifiquen y así poder infiltrarse en el fortín, aproveché a escapar por el lugar más desprotegido.

Me corrió Oscar. Le llevaba una buena delantera, no era tan veloz como él pero la distancia que logré sacarle cuando me escabullí era importante. Corríamos en bajada, esquivando árboles y ramas. Oscar se acercaba. Creo que a pesar de que acortaba la distancia yo iba a llegar a mi fortín primero, logrando poner a salvo el Bordón. Pero, ¡zas!… se me engancha el Bordón en una rama, casi se me cae de la mano, resbalo…

-¡Tocado!- gritó Oscar mientras me manoteaba la espalda.

Jadeantes, descansamos por un instante, sentados, sin decir nada. Los dos sabíamos lo que nos esperaba: una Lucha Escalpo definitoria en donde no solo estaba en juego el Bordón. Yo era el Campeón de Lucha Escalpo de la Unidad y era favorito para la Lucha que se avecinaba. Y Oscar lo sabía.

-¿Listo?- pregunté. ¿Empezamos?

-Dale, empecemos.

Nos pusimos los pañuelos en la espalda, a modo de colas. Nos saludamos. Una mano que pasó a ubicarse en la cintura, apretando el pantalón para impedir su movimiento; la otra mano, libre, sería la que iría tras el pañuelo… ¡A la lucha!

Fue breve. Unos segundos tal vez. Me llevé el Bordón y seguía siendo el Campeón; ya que era regla no escrita del Juego que si hubiera perdido la lucha hubiera resignado mucho más que el Bordón, hubiera resignado mi título, que hubiera pasado a manos de Oscar.

Tomé el Bordón y enfilé hacia el fortín. Antes de llegar escuché gritos de pelea:

-¡Hijo de…! ¡Te voy a romper la cabeza!

-¡Vení, vení, qué vas a romper!

Antes de llegar al fortín había un gran claro. Elegimos aquel lugar para que los atacantes tengan que moverse en una zona descubierta antes de intentar el asalto final, eso creaba una dificultad para los atacantes y una ayudita para nosotros.

En el momento que aparecí en el claro un nudo humano se apretaba por el suelo a los gritos y golpes. Arturo, Saborido Grande y Saborido Chico eran los actores del drama.

-¡Vení acá petiso de…!- lo insultaba Arturo a Saborido.

-¡No lo toques a mi hermano, maricón de m…!- le gritaba Saborido Grande y protegía con su propio cuerpo, a modo de escudo, a Saborido Chico que lloraba detrás de él.

-¡Sepárense de una vez y cállense la boca!- Cacho, más enojado que los chicos, se paró en el centro de la pelea para dirimir la situación, pero aún no lograba que los muchachos terminen con aquella trifulca.

-¿Qué pasó?- pregunté en cuanto llegué al lugar.

-Saborido Chico le ganó una Lucha Escalpo a Arturo- me contaban los chicos de la Patrulla. –Y como le hizo una cargada, Arturo se le tiró encima para pegarle.

-¡Yo no lo cargué!- se defendió Saborido Chico entre sollozos.-Él siempre me molesta diciéndome que soy petiso, que no le gano a nadie. Y cuando le gané lo único que le dije fue “viste que te puedo ganar”.

-¡Callate la boca…!- comenzó a gritarle Arturo.

-¡Callate vos Arturo!- ahora Cacho, inflexible, lo hacía callar a Arturo. –Saborido tiene razón. Vos siempre empezás las peleas, y cuando perdés no te gusta que te traten de la misma manera. ¡Aguantátela!

Nadie dijo nada. El silencio sólo fue quebrado por los últimos sollozos de Saborido. ¿Se habrá terminado el Juego por la pelea? Cacho mismo, sin que nadie lo pregunte, nos dio la respuesta:

-¡Saborido, llevate el Banderín que habías ganado! ¡Vamos, rápido!

Saborido Chico, un tanto cohibido por el desenlace de la situación, tomó el Banderín y salió caminando en dirección a su fortín.

-¡Rápido, rápido, que hay que seguir el Juego!- le gritó Cacho. Después, se dirigió a los que quedamos allí reunidos. -¡El resto a continuar como estábamos! Pero vos Arturo de ahora en más vas a jugar solamente como defensor.

-¿Por qué?- se quejó Arturo.

-Porque te quiero controlar de cerca. ¡Y nada de protestas!

-¡Entonces no juego más!- respondió Arturo y se fue a sentar mascando bronca al lado de uno de los árboles que delimitaban el fortín.

Adrián, como siempre, fue el que lo convenció de que volviera al Juego: que quedábamos en desventaja si no jugaba, que lo haga por la Patrulla, que esto, que aquello… La cuestión es que volvió a jugar; por un rato siguió con la cara larga y haciéndose el ofendido pero después de eliminar a un atacante de los Tigres volvió a poner ganas y entusiasmo.

El Juego no perdió ningún interés, al contrario. Si bien para los Águilas no nos fue nada halagüeño el resultado final. Ganaron los Panteras con dos Banderines dentro de su fortín; segundos fueron los Tigres que los encontró con un Banderín. Nosotros, claro, nos quedamos con el fortín vacío.

Almorzamos en silencio. Estábamos cansados y Arturo todavía arrastraba algún enojo por la pelea con Saborido Chico; pero no por la discusión con Cacho, sino por la derrota en la Lucha Escalpo. Al finalizar el almuerzo hicimos un bollo con la ropa sucia, agarramos el jabón de lavar y nos dirigimos al lago.

Unos cuantos de los muchachos era la primera vez que se la veían con el jabón de lavar y un par de pantalones y remeras en donde frotarlo. Jorge controlaba personalmente de que la labor fuera realizada con esmero y correctamente.

En medio de la tarea, y antes de que cualquiera pudiera decir nada, Víctor nos plantó un desafío mientras arrojaba una piedra al lago y la hacía rebotar sobre la superficie del agua.

-¡A ver quién hace más “patitos”!- La piedra que lanzara momentos antes rebotó en el agua y continuó hacia adelante, dos, tres, cuatro veces, hasta que se hundió en el lago. -¡Cuatro patitos!

De pronto ahí estábamos todos, dirigentes incluidos, buscando las piedritas planas para arrojarlas al agua intentando batir el récord de Víctor.

-¡Diez!- renació la alegría plena de Arturo.

-Nueve, diez, once, ¡Doce!- gritaba entusiasmado Jorge. -¿A ver quién me supera?

-Ahí voy yo. Atención- Arturo recogió el guante del reto y lanzó su piedra con un movimiento grácil y aparentemente muy sencillo de lograr. Nadie más intervenía. Luego de intentarlo una y otra vez caímos en la cuenta que la cosa estaba entre Jorge y Arturo.

El sol caía a pique sobre la superficie del lago haciendo destellar las piedras que, mojadas por el rebote en el agua, saltaban hacia adelante siguiendo su propio impulso.

-Nueve, diez, once, doce… ¡Trece! ¡Sí!- Toda la muchachada fue llevando la cuenta en voz alta y un ¡Sí! de admiración premió el nuevo récord de Arturo.

-¡Bueno, bueno, a terminar con la ropa!- Jorge declaró el triunfo de su adversario haciéndonos reiniciar la refriega de la ropa con el jabón.

Parece mentira, pero a veces, con algo tan simple y espontáneo como la de hacer patitos en medio del lavado de ropa, se puede recuperar el ánimo por completo, tal cual le sucedió a Arturo en aquel momento. Ahora sí ya había quedado atrás totalmente lo ocurrido durante el Ataque al Fortín, ¡y eso gracias a un montón de piedritas deslizándose en el agua!

Al volver al Rincón pasábamos cerca del mástil. Desde lejos se veía un cuchillo clavado en él… ¿El Zorro quizá?

-¡Hay un mensaje clavado en el mástil!- gritamos.

Las Patrullas salieron disparadas a leerlo. ¡Otra vez el Zorro! Otra vez el mismo estilo de letra en el mismo tipo de papel. Decía así:

YA ES TIEMPO DE DESAFIOS

¿QUIEN SERA EL VALIENTE DE IR A LA NOCHE

A DONDE YO DIGA?

ANOTENSE

Z

-¡Yo voy, yo voy!- comenzó a vociferar Arturo, agrandado como era él. – ¡Yo lo desafío!

-¿Hay que ir solo o se puede ir acompañado?- preguntaba Marcos.

-¡No! ¡Solo!- le respondí. En la única oportunidad que había tenido de participar del Juego del Zorro no lo desafié, pero conocía a mecánica. –A parte de ir solo no podés llevar linterna- aproveché para darle más dramatismo a lo que representaba desafiar al Zorro.

-¿A qué te desafía?- continuó preguntando Marcos. -¿A pelear?

-Te desafía a que vayas hasta determinado lugar a realizar alguna tarea que te dice él; supuestamente, mientras vos cumplís el desafío, él está cerca, mirándote cómo lo hacés.

-¿Y si lo ves?

-Ahí lo podés descubrir. Al otro día pedís que se realice el Juicio y si las pruebas que presentás son suficientes para descubrirlo, ¡ganaste el Juego!

-A no ser que al que veas sea el Zorrito- intervino Adrián. –Si es el Zorrito queda eliminado del Juego, pero continúa jugando el Zorro…

-¿Con un Zorrito nuevo?

-¡No! Continúa el Zorro solo.

-Spoletto- pregunté socarrón. ¿Lo vas a desafiar?

-¿De noche, solo…? ¡Ni loco!- respondió Spoletto sin ponerse colorado.

-¡Yo lo voy a desafiar!- aseguró Arturo mirando fijamente el mensaje que nos dejara el Zorro en el mástil.

-Primero vamos a colgar la ropa para que se seque y después hacemos los desafíos- Jorge nos volvió al tema de la ropa, la que fuimos a tender comentando quién sería capaz de desafiar al Zorro y quién no.

Cuando formamos alrededor del mástil para realizar la siguiente actividad encontramos que había clavados un montón de mensajes para el Zorro. Algunos decían así:

“ZORRO MARICÓN. TE ESPERO DONDE QUIERAS Y

CUANDO QUIERAS. OSCAR”

“SI SOS TAN MACHO DE DESAFIARME TE ESPERO

EN LA TRANQUERA DE LOS FIGUEROA A LAS 12

DE LA NOCHE. ERNESTO”

“ANIMATE A DESAFIARME Y VAS A VER COMO VOY

Y TE AGARRO. SOS UN ZORRO AGRANDADO, TE

QUIERO DESAFIAR SOLO. ARTURO”

“TE DESAFIAMOS DONDE NOS DIGAS.

CLAUDIO Y SABORIDO CHICO”

“VOY A DONDE ME DIGAS. Y NO SEAS TAN MARICÓN

DE ACEPTAR LOS DESAFÍOS DE LOS MÁS CHICOS.

RIKKI, GUÍA PANTERA”

“ZORRO, QUIERO DESAFIARTE EN EL CAMINO A LA

PLAYA ESTA NOCHE. MIGUEL”

-¡Bueno, bueno, bueno!- Jorge, sonriente, hacía mención a la cantidad de desafíos clavados en el mástil. –Parece que tenemos a muchos valientes… aunque aquí hay dos que quieren ir juntos, ¿cómo es eso?

-Solos no vamos- dijo Claudio. –Juntos sí.

-El Zorro tiene la última palabra, él dirá…- sentenció Jorge alzándose de hombros.

-¿Y cuándo va a responder?- preguntaron varios.

-No sé. De la misma manera que apareció el mensaje de hoy aparecerán otros con la respuesta… A propósito, ¿de quién era el cuchillo con el que estaba clavado el mensaje del Zorro?

-Mío- dijo Ramiro que no pudo ocultar su incomodidad: era la segunda vez que el Zorro le tomaba “prestado” el cuchillo.

-¿Tuyo otra vez? ¿No te diste cuenta que te faltaba?

-No… por lo que el Zorro puede estar muy cerquita mío…

A pesar del razonamiento que dejó escapar se le notaba la bronca que tenía por lo del cuchillo. Pero así era el Juego. El Zorro quería demostrar su astucia, y pequeños hechos como éste lo enfatizaban. Si queríamos atraparlo teníamos que demostrar más astucia que él.

-De los Guías y Sub Guías hay solamente uno que desafió al Zorro- nos chanceaba Cacho mientras estudiaba los mensajes. ¿A caso los otros dos tienen miedo de que el Zorro los haga quedar mal?

-¡Ya lo vamos a desafiar! Comenzó a defendernos Félix. –Que primero se entretenga con los más chicos y después lo desafiamos nosotros.

-¡Yo también lo desafié!- acotó Arturo, seguramente tocado en su amor propio por aquello de que primero se entretenga con los más chicos.

-Vos no sos Guía ni Sub Guía- intercedió Mario haciendo causa común con Félix. –Vamos a ver si a nosotros nos acepta el desafío…

-Primero desafíenlo- Cacho quería emplear la lógica ante la situación. –Y recién después podrán decir si el Zorro primero acepta los desafíos de los más chicos o de los más grandes.

Pasada la batahola que armaron los desafíos pudimos prestar atención a los elementos que Jorge y Cacho tenían a su lado: harina, sal, latas de tomate y unos sobrecitos que no sé de qué eran.

-Siéntense muchachos, que Cacho les va a explicar qué vamos a hacer ahora.

Una vez todos en el suelo Cacho comenzó a explicar de qué se trataba la cosa: -Por los elementos que ven aquí- Cacho los fue acercando y colocándolos frente a él. –Se podrán imaginar que llegó el momento de probar los hornos… Pero, aparte del uso del horno, en el que van a cocinar las pizzas, también vamos a preparar pan de cazador para comerlo en la merienda. ¿Estuvieron practicando cómo hacer pizza en casa?

-Yo sí- intervino Víctor. –Me salieron unas pizzas bárbaras.

-A mí no, me quedaron crudas- se lamentaba Ramiro. –Mi mamá dijo que tenía el horno muy fuerte, y que por eso las dejé crudas por dentro.

-De las pizzas que puedo dar fe que son muy buenas son de las de Adrián- era Jorge el que hablaba. –Me invitó a la casa a comer pizzas porque quiere pasar la Especialidad de cocinero. Y la verdad, ¡muy bien! Vamos a ver ahora qué tal le salen con el horno de campamento.

-Van a salir bien- replicó Adrián, confiando en su arte. Él mismo había proyectado y construido el horno de la Patrulla; nosotros, dicho sea de paso, confiábamos en sus conocimientos para cenar unas ricas pizzas esa noche.

-Cualquier cosa que necesiten saber- continuaba Cacho con las instrucciones –Se acercan a la Cocina y pueden preguntarnos a cualquiera de nosotros, ¿sí?

Todos estuvimos de acuerdo.

-¿Las pizzas van a ser sin queso?- preguntó uno de los chicos, preocupado.

-No ¿Cómo vamos a hacer pizza sin queso? Es más, trajimos mozzarella. Pero se la vamos a dar esta noche, cuando tengan los bollos y la salsa lista.

-¿Y el pan?

-El pan lo van a preparar ahora. A diferencia de las pizzas, que será una tarea a cargo del Cocinero de la Patrulla, el pan de cazador lo van a realizar en forma individual. Se reparten la harina en partes iguales y cada uno tendrá que amasar, cocinar la masa en el palo y cocinarlo. ¿Entendido?

-¿Lo podemos comer en cuanto esté listo?

-No. Es para la merienda.

-¿Y si alguno no lo termina a tiempo?

-Tienen tiempo de sobra. No puede ser que no lo terminen…

-Pero, ¿y si no lo termina?- yo estaba pensando en Spoletto, que siempre se retrasaba en todo lo que hacíamos.

-Que la Patrulla lo ayude- sentenció Cacho. –Si ven que alguien tiene problemas le dan una mano y listo.

Sí, eso es fácil de decir, pero tratándose de Spoletto no sería extraño que hasta tuviéramos que elegirle el palo en donde enroscar la masa, traerle la leña, cuidar que no queme el pan, ¡qué sé yo! ¡Todo!

-¿Alguna pregunta?

-Sí, yo- levantó la mano Rikki. -¿Les avisamos cuando terminamos?

-Nosotros vamos a estar mirando cómo trabajan; pero por las dudas una vez que terminen, avisen.

-¿Lo van a probar?

-¡Por supuesto! Y un poquito de cada uno; si está bien cocido; si la cantidad de sal es poca o mucha ¡Todo!

-¿Nada más?

El silencio de los 19 chicos fue la respuesta a la pregunta de Cacho.

-¡Al trabajo entonces! Que cada Patrulla envíe a los cocineros para que les entreguemos los elementos.

-¡Siempre Listo!

¡Qué experiencia la de prepararse la comida! Creo que es una de las cosas que todos esperábamos con ansias durante el campamento. Y la verdad, ¡a los Águilas nos fue bastante bien! Spoletto necesitó un poco de ayuda con las cantidades correctas de agua y harina, pero se trajo suficiente leña, supo enroscar la masa con corrección, eligió las mejores horquetas para sostener el palo y no hubo que estarle encima cuando cocinó el pan.

Hicimos un fuego grande, en forma de zanja. En una punta de la zanja hicimos brasas y luego con la pala las íbamos esparciendo de acuerdo a las necesidades. Clavamos las horquetas, colocamos los palos con la masa enroscada, ¡y a cocinar! La cocción debía ser lenta y había que ir dando vuelta el palo para que el pan se vaya cocinando en forma pareja.

Mientras cocinábamos los panes Adrián preparó la masa para la pizza. Ahí supe que los sobrecitos que nos dieron eran de levadura… ¡bué, siempre se aprende salgo nuevo! Mientras tanto la Patrulla encendió el horno para ir probando cómo funcionaba y lo dejamos listo para la noche, para el momento de la verdad.

La merienda tuvo otro sabor. Cuando las cosas las hace uno, sin dudas, es diferente. Al finalizar con el mate cocido y el pan de cazador los dirigentes, que en todo momento estuvieron paseando por los Rincones, mirando, preguntando y finalmente probando, nos dieron su veredicto.

-En general muy bien. ¿Todos pudieron comer, no?

-Sí, y a nosotros nos sobró- dijo Félix.

-Estuvieron bárbaros, nos salieron riquísimos- yo también sumaba nuestra conformidad.

-A nosotros también nos salieron bien- ahora era Rikki el que hablaba. –Y nos lo comimos todo, ¡no quedó ni una miguita!

-¡Excelente!- Cacho comenzaba la evaluación haciendo hincapié en que el pan nos salió bien a todos. ¡Los felicito! Ahora nuestra evaluación: Hubo una sola Patrulla en la que todos los panes estuvieron bien cocidos y sin ninguna parte quemada. Con la sal justa y realmente muy sabrosos. Por lo tanto son los ganadores. Patrulla Pantera.

Los gritos de alegría esta vez los dieron, y bien fuerte, los Panteras. Yo tenía fe en lo que habíamos hecho y no me imaginaba que otra Patrulla hubiera podido cocinar todos los panes en forma tan perfecta.

Cuando concluyeron los gritos de alegría Cacho continuó con la evaluación.

-Los Tigres tuvieron un par de panes a los que le faltó un poco de cocción, los de Miguel y de Saborido Chico. Los Águilas tuvieron uno al que le faltó cocción, el de Marcos; y el de Spoletto un poquito quemado en algunas partes. Por lo tanto Tigres y Águilas comparten el segundo lugar.

-¿Con los puntos que sacamos con el Concurso de Pan pasamos a ser primeros?- preguntaba Rikki.

Yo había hecho los mismos cálculos que Rikki, y Jorge nos lo confirmaba.

-Por ahora sí. Segundos quedaron los Águilas y terceros los Tigres. Pero falta mucho, tranquilos que falta mucho- No queriéndole dar más importancia al Concurso de Puntos Jorge cambió inmediatamente de tema. –En un ratito más va a venir el Guardaparque para tener la charla de la que hablamos cuando llegamos; así que chicos, ahora cada uno a su Rincón. Limpien el lugar, acomoden la carpa que cuando llegue el Guardaparque los llamo. ¿Está bien?

-¡Siempre Listo!

-Entonces, ¡al trabajo!

-¡Siempre Listo!

Daniel, el Guardaparque, resultó ser un tipo súper sencillo y macanudo. Al principio nos contó un poco de cuando fue scout. Era de un lugar llamado Gerli, “que queda en el Gran Buenos Aires”, nos dijo, y que había estado en un Grupo Scout de aquella localidad. Un Grupo muy viejo, con muchas historias, y aprovechó a contarnos algunas anécdotas de sus campamentos, mientras nos preguntaba por las actividades que habíamos estado realizando hasta ese momento.

Después quisimos saber qué había que hacer para ser Guardaparque. Nos contó sobre sus estudios, de la Escuela de Guardaparque, y sus primeras aventuras en el Parque Nacional Iguazú, que fue el primero al que lo destinaron.

-¿Te encontraste alguna vez con un puma o un yaguareté?- preguntamos

-Sí, en Iguazú, una vez.

La expectativa creció de inmediato. Silencio. Ojos llenos de asombro. Miradas cargadas de preguntas.

-¿Qué pasó?- preguntó alguien apenas con un susurro.

-Fue un hecho muy curioso- continuó Daniel, acomodándose en el suelo, donde estábamos sentados en círculo a la manera india, cómodos y atentos para escuchar la historia. –Era de noche, y junto a otro compañero volvíamos al Puesto recorriendo una de las picadas del monte. Picada se le dice a los senderos que van surcando la selva y que son hechos por el hombre o por los animales. Caminábamos tranquilos, charlando, cuando en un recodo del camino mi compañero me agarra de brazo deteniéndome al instante. Me apretó el brazo con fuerza; en ese momento yo iba diciendo no sé qué cosa y lo iba mirando a él. No entendía por qué me agarró del brazo de esa manera.

-¿Qué pasa?

-¡SHHHH!- se cruzó un dedo sobre la boca indicándome que me calle y con la cabeza, lentamente, me hace otro gesto, señalándome hacia adelante, mientras me dice en un susurro: -Adelante… un puma…

“-Miren muchachos, aunque parezca increíble lo primero que se me cruzó por la mente fue lo hermoso que se veía semejante animal allí, en medio de la selva, mirándonos con ojos penetrantes, estudiándonos detenidamente…

“-Nos separaban unos pocos pasos. Los tres seguíamos quietos, sin saber qué hacer. El puma, creo, trataría de comprender qué hacían aquellos intrusos en su territorio. Y nosotros, sin duda, estábamos duros de miedo.

“-El puma siguió mirándonos un rato más. Nos miraba a los ojos. Primero a mi compañero y después a mí. Dio un paso hacia adelante… ¡hacia donde estábamos parados! En ese momento, de silencio absoluto en el monte, escuchamos el chillido de un pespir. El pespir es una pequeña lechuza, y hay una leyenda que dice que con ese chillido llama y engaña a otros pajaritos para después comérselos y por eso lo llaman el Rey de los pájaros… Bueno, la cuestión es que chistó el pespir y el puma, como que hubiera recibido un anuncio del pájaro, se da media vuelta y se pierde entre las plantas

“-Nosotros seguíamos sin poder movernos. Ni siquiera hablar. La impresión, se los aseguro, fue muy grande. Algo totalmente inesperado. Respiramos. Nos miramos y yo, que según parece era el más intrigado pregunté, o el más asustado, no sé, pregunté casi en un susurro:

-¿Se habrá ido o estará escondido, esperando?

-¡Qué sé yo…! Caminemos despacio, y alumbremos bien para todos lados…

“-La verdad, la selva misionera es tan tupida que por más que uno alumbre con un reflector cualquier animal puede esconderse a gusto. Y más un puma, que con tanta facilidad se sube a un árbol, acecha desde atrás de un tronco caído o se confunde con la vegetación.

“-Miren chicos, después de ver al puma caminamos unos diez o quince minutos más. No estábamos lejos del Puesto, pero la verdad, parecieron kilómetros y kilómetros los que recorrimos. ¡Qué susto! ¡Y qué maravilla ese puma!

-¿Acá vio pumas?- preguntó Pablito, un tanto impresionado con la experiencia de Daniel.

-No, acá no. Pumas hay, pero no se los ve. Lo que sí se ve mucho en invierno son ciervos. También se ven cóndores…

-¡Sí, cuando llegamos vimos uno que planeaba por allá!- Pablito indicaba el cielo en dirección al Lanín. –Estaba pasando por encima de aquella montaña-

-El Cerro Bobo. Justo delante del Cerro, en lo que es la falda del Lanín hay un nido de cóndores. Es común verlos planear por aquel lado.

-¿Cerro Bobo?- se extrañó Ramiro. ¡Qué nombre para un Cerro!

-¿Saben por qué se llama así? Porque mirándolo desde aquí parece tan fácil llegar a la cima…Parece una bobada. Pero una vez que se meten en el Cerro tienen que ir subiendo por donde les parezca mejor porque no hay sendas para ascenderlo. Y ahí se encuentra el problema: la vegetación es tan espesa que no se puede distinguir la dirección que se está tomando, y te vas para cualquier lado. Llega un momento que no sabés subir, y lo peor, ¡tampoco podés bajar! ¿Saben la cantidad de gente que tenemos que ir a buscar con la patrulla de Gendarmería? Ya se habrán dado cuenta que acá los celulares no tienen señal… por lo que no sirven para ubicar a nadie… Siempre son turistas que creen que subir hasta la cima del Cerro es una bobada…

-Así que nosotros- comentó Rikki. – Si llegamos a querer subir después de lo que nos dijo Daniel, y nos perdemos, más que bobos vamos a parecer…

La risotada por el evidente adjetivo que nos mereceríamos tras semejante acción ayudaban a mantener un lindo clima, interesante y placentero. La charla, dado el ambiente que se creó, duró más de la cuenta. Hablamos de la flora y la fauna del Parque, especialmente de las “casacas amarillas” unas abejas incordiosas, molestas y bastante peligrosas si se las molestaba. De la gran amenaza que representan los incendios forestales, agravados por los pocos recursos de que se dispone para combatirlos. De cómo transcurre la vida dentro de un Parque Nacional. De la familia de Daniel, y hasta de su futuro.

Para llegar hasta el campamento Daniel utilizó uno de los medios de transporte con los que disponía a diario. Era el que más quería y cuidaba, nos confesó después. Se trataba de “Carasucia”, un hermoso alazán con una larga franja blanca en la frente.

-¿Nos lo prestarías para dar una vueltita por acá?- preguntó Marcos, esperanzado.

-¿Sabés andar a caballo?

-¡Sí!- respondió Marcos entusiasmado. –Mi abuelo vive en el campo, cerca de Mar del Plata, y siempre me presta algún caballo para andarlo.

-¿Todos saben montar?

Varios dijimos que sí, a pesar de que toda la experiencia de la que disponíamos la mayoría era la de unas vueltas de alquiler en Parque Camet.

-Es fácil- nos animó Daniel. –Lo más difícil es subirse. Una vez arriba, es fácil. Miren.

Daniel se acercó a Carasucia, lo montó y nos enseñó lo que teníamos que hacer. –Agarran las riendas así, con una sola mano. Se sientan derechos, los pies dentro de los estribos, las piernas bien apretadas y firmes contra el caballo. Aflojan un poquito las riendas, taconean y sale solito…

Daniel dio una vueltita al paso y volvió al punto de partida. Se bajó y lo invitó a Marcos.

-Vení, subí y probá de dar una vuelta. Después siguen los demás.

Marcos estaba encantado. En verdad todos estábamos encantados. Esto no lo esperábamos y para algunos de los chicos fue su bautismo hípico. Nadie se quedó sin su vueltita al paso sobre Carasucia. Con una sonrisa dibujada en el rostro nos despedimos de Daniel invitándolo a que vuelva a visitarnos.

-Nos vemos chicos. Me alegró mucho compartir un rato con ustedes. Si necesitan algo acérquense… ¡Y espero que las pizzas salgan ricas!

¡Las pizzas! Ya era hora de cocinar.

El horno fue un éxito. No podíamos hacer todas las pizzas juntas porque el horno no tenía lugar más que para dos a la vez. El único inconveniente resultó la cocción de las últimas, que quedaron un poquito crudas; pero estaban bien de sal, la mozzarella se desparramó como corresponde y nadie se quejó, al contrario.

De postre, que fue lo único que hizo la Cocina general aquel día, nos convidaron un maravilloso budín de pan, ¡y con dulce de leche!

Por la noche, sentados bajo las estrellas, hicimos un pequeño fogón. Cantamos, realizamos algún que otro juego de esos que se hacen en ronda y charlamos bastante sobre cómo estábamos viviendo el campamento.

En la charla fueron apareciendo cositas que uno tiene guardadas solo para su Patrulla: pequeños inconvenientes, los motivos de algunas discusiones, de esas peleas que se dan entre quien convive todo el día.

Rikki comentó que estaba muy contento con el comportamiento de Oscar, que en contra de lo que él esperaba, era muy bueno; que Saborido Grande tenía la mochila siempre despelotada, perdía las cosas, nunca sabía dónde las dejaba; y que Víctor, como Sub Guía, tenía que poner más ganas y dejar de embromar tanto con querer ir a pescar y todo eso.

Cada scout, cada Patrulla, fue comentando su realidad. Lo mismo hizo Cacho y Jorge. En ningún momento se vivió un clima tenso, a pesar que a veces se decían cosas que a uno no le gustaba escuchar.

Antes de irnos a dormir, y para finalizar aquel fogón tan especial, cantamos una pequeña cancioncita que nos trajo el recuerdo de nuestra casa y de nuestra familia.

-Miren todos hacia las estrellas- Jorge nos invitó a alzar la vista y zambullir los ojos en el cielo más diáfano y estrellado que hubiese visto jamás. Parecía que allí hubieran muchas más estrellas que las que se veían en Mar del Plata. –Elijan una estrella, cualquiera. A esa estrella le vamos a pedir que lleve nuestra canción a casa.

Y comenzamos a cantar:

“Dulce estrella que me miras,

desde el alto cielo azul.

Mira allá en mi casita,

mi mamita piensa en mí.

Yo te pido que le lleves

el cariño de mi amor.

Y te pido que le digas

que mi amor no tiene fin”

No me avergüenza decir que yo fui uno de los que derramó una lágrima mientras cantábamos la canción. No era por tristeza ni por pesar, ni siquiera se trataba de que pudiera estar extrañando demasiado a los míos, al contrario. Eran lágrimas de dicha por lo que tenía a mi alcance. Lágrimas de amor por todo lo que había recibido a lo largo de mis trece años. Lágrimas de agradecimiento para aquellas personas que siempre estaban pendientes de mí.

Estaba feliz. Me sentía feliz. Y nada mejor para expresarlo que estas lágrimas puras que rodaban por mis mejillas.

-A dormir chicos. Que descansen. Y que Dios los bendiga.

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portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada: Miguel Navarro. Foto del capítulo: Mario Ruffa.

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Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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