El Campamento de los Águilas. Capítulo 2: Trabajos y diversión.

Los Libros Scouts de La Roca del Consejo

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El toque de atención nos indicó que llegaba el momento de levantarse. El llamado a formación nos anunciaba el comienzo de un nuevo día de aventuras.

Era el tercer día de campamento. Todavía nos resultaba extraño ver la hora y descubrir que nos estábamos levantando a las 10 de la mañana… ocurre que en la Patagonia Cordillerana el sol se pone mucho más tarde que a orillas de nuestro mar bonaerense. Por eso nos acostábamos tardísimo, si es que nos guiábamos por el reloj, pero de hecho dormíamos ocho horas, enteritas.
patrulla de campamento
Por segundo día consecutivo los Panteras daban el primer Grito de Patrulla: Nosotros llegamos ahí nomás, debido a que Spoletto no encontraba las zapatillas. Los Tigres eran cómodos terceros, aún más dormidos que despiertos.

-¡Buen día muchachos!- nos saludaba Jorge. -¿Ningún problema con los espíritus de los ingleses?

-Me parece que algún espíritu anduvo rondando por nuestra carpa… yo no encontraba las zapatillas…- decía Spoletto.

-Vos callate- lo corté bastante molesto. –En lugar de echarle la culpa a los espíritus acomoda las cosas como corresponde y listo.

-Bueno, bueno- intercedió Jorge. -¿Durmieron bien?

-¡Sí, bárbaro!- respondimos todos.

Izamos la bandera y luego nos dirigimos al lugarcito de la Virgen para rezar la oración scout ante Ella. Después a lavarnos… con el agua helada del lago. Los lagos patagónicos se alimentan con aguas de deshielo, por eso es extremadamente fría. Eso sí, después de mojarte la cara ya no quedan dormidos ni somnolientos.

El mate cocido de campamento, bien dulce y convenientemente acompañado de pan con mermelada nos terminó de disponer el cuerpo y ponerlo en su punto justo.

¡Listos para empezar!

Nos esperaba una caminata hacia la Cascada Escondida. Tomamos el camino que rodea el lago hasta que llega a un puente que cruza un arroyo brioso y temperamental. Cruzándolo, un par de senderos se adentran en el monte. Tomamos el de la derecha, el cual ascendía bordeando un nuevo y pequeño arroyo que también buscaba desagotar sus aguas en el lago. El camino era en ascenso y el monte por donde zigzagueaba era de película: tupido al punto que se perdía la noción de hacia dónde dirigirse; todo verdor y silencio. Caminábamos lentamente, tratando de no producir ruido, tal vez pudiéramos ver algún ciervo u otro animal que habite el Parque.

Por el Guardaparque, luego supimos que ver un ciervo en el verano era una tarea casi imposible: los animales ganaban lo más profundo del Parque, donde podían vagar libremente sin el peligro que para ellos representaba el hombre. Sólo en invierno, cuando la nieve cubría los pastos altos, los ciervos bajaban en busca de comida y se los podía legar a divisar a lo lejos.

-¡Miren allá! ¡Jorge, mirá, una liebre!- el grito de satisfacción y asombro nos permitió ver como una pequeña liebre del monte corría asustada por nuestros gritos. Metros más adelante descubrimos que esas pequeñas liebres, más parecidas a un conejo que a una liebre propiamente dicha, abundaban de tal manera en aquel sector del Parque que las cruzábamos continuamente a tal punto que ya no les hicimos caso.

El camino ascendía trabajosamente mientras iba y venía. Rodeaba un cañaveral de colihues, cruzaba el arroyo una y otra vez, dejaba atrás inmensos pehuenes, también llamadas araucarias, y se volvía confuso en su dirección cada vez que un árbol caído tapaba el sendero y nos regalaba la posibilidad de atravesarlo trepándolo o a los saltos.

Cacho iba adelante, adivinando el camino. El único cartel que indicaba alguna dirección hacia la Cascada fue el que encontramos al cruzar el puente, que nos indicaba el sendero por el que transitábamos. Pero de repente se acabó el sendero. Cacho se detuvo y nos llamó a silencio con gestos: nos hacía señas de que escuchemos, que prestemos atención y escuchemos.

¿Qué había que escuchar?

De golpe fue como que uno se hizo parte del monte y ahora sí escuchaba un murmullo que cada vez sonaba más nítido a los oídos.

-¿Escuchan ese murmullo?- nos preguntó Cacho mientras señalaba hacia donde supuestamente nacía el sonido.

-¡Sí! ¡Viene de allá!- Todos los escuchamos y afirmamos sentir que provenía del mismo lado. Nos mantuvimos un momento en silencio, solo escuchándolo.

-¿Qué hace ese murmullo Cacho?

-Ya van a ver, ya van a ver… síganme en silencio y van a sentir como el murmullo crece cada vez más…

Era cierto. A medida que nos metíamos en el monte, siempre ascendiendo, el murmullo se intensificaba con fuerza.

De golpe, al llegar a una pequeña cima descubrimos el porqué del murmullo. Adelante, y unos 200 metros más arriba, caía vertiginosa una gran lengua de agua… ¡la Cascada Escondida!

Se la escuchaba antes de verla. Se sabe que ella está ahí, pero hay que descubrirla. ¡Y qué hermosa vista desde abajo!

-¡Vamos Cacho! ¡Subamos!

-Vayamos bordeando el arroyo- nos respondió Cacho. –Así vamos subiendo por entre las rocas-. Grandes rocas acompañaban al arroyo desde el inicio de la caída de agua y eran ideales para subirlas cuales andinistas seguros de alcanzar la cima de su montaña.

Cacho seguía adelante, pero ahora que descubrimos la cascada nos tenía que ir frenando: -¡Paren, paren! Sigamos en hilera, como lo hicimos hasta ahora.

El ruido que producía el agua era cada vez más potente. La pendiente se volvía más pronunciada en la medida que ascendíamos hacia el nacimiento de la cascada. En determinado momento tuvimos que dejar de bordear el arroyo e intentar alcanzar la cascada desde un costado; era muy peligroso seguir intentándolo en forma recta como nos movíamos hasta ese momento.

¡Por fin la alcanzamos!

El salto de agua era magnífico. Tal vez de unos 20 o 30 metros, contando desde el lugar que se iniciaba la caída al vacío hasta que el agua golpeaba las primeras rocas. La fuerza que demostraba tener nos daba una buena idea del poder de la naturaleza.

Lo más intenso de la experiencia en la cascada fue pasar por debajo del salto de agua propiamente dicho: la pared de piedra formaba como una inmensa cueva, lo que posibilitaba acceder hasta ella desde un costado de la cascada siguiendo un caminito que iba pegado a la roca; así se llegaba a la cueva, que por techo lucía el estruendoso movimiento de la caída de agua, para luego salir por el lado opuesto, continuando el caminito que bordeaba la roca húmeda.

Cuando estuvimos todos “dentro” del salto de agua apenas si podíamos escucharnos, a pesar de dar gritos y alaridos. Ese espectáculo, absolutamente libre y gratuito, no podía pagarse más que con el asombro y la contemplación.

-¡Cuidado, no te caigas!- Arturo, como siempre, encontró un momento para una de sus bromas pesadas: agarró de los hombros a Pablito, un patrullero de los Panteras, balanceándolo hacia adelante, como quien se va a caer dentro del inmenso chorro de agua.

-¡No seas idiota, querés! ¡Jorge! ¡Mire a Arturo!- Pablito se puso pálido del susto, y con razón, caerse por ahí era una desgracia, y de las mayores.

-¡Arturo! ¡Que ninguno haga esas bromas!-. El tono que empleó Jorge para gritarnos la advertencia fue suficiente para que Arturo se quede quieto, y que ningún otro bromista tenga la ocurrencia de hacer nada ni siquiera parecido.

Pasamos en la cascada un rato largo. Nos sacamos fotos, descubrimos los mil arcos iris que formaban las gotitas de la cascada en sus caprichosos contactos con el sol; tirando piedras que acompañaban el salto, y mojándonos de lo lindo con las continuas salpicaduras.

-¡A volver!- gritó Cacho. -¡Síganme que ahora vamos a regresar por otro lado!

Volvimos por otro camino. Un sendero que desde la cascada partía directo hacia el lago. Volvíamos al campamento recorriendo la ribera del Huechulafquen.

La vista del lago era imponente. Si mirábamos hacia el oeste podíamos divisar las montañas que nos limitaban con Chile. En la orilla opuesta a la que nos encontrábamos en ese momento, hacia el sur, más cerros coloridos de eternos verdes y tan espesos que parecían formar una inmensa alfombra. Hacia el este, siguiendo el borde del lago, continuaba la cadena montañosa; uno de aquellos cerros, más alto que el resto, tenía la cima sin árboles, solo piedras y grandes rocas; esto se debía a que la nieve que se posaba en él permanecía tanto tiempo que no permitía que creciera vegetación alguna.

Contemplábamos embelesados la naturaleza cuando escuchamos un par de voces que se acercaban por la orilla del lago. Se trataba de dos pescadores que venían conversando animadamente. Los dos traían colgando unos tres o cuatro pescados.

-¡Miren chicos!- nos dijo Jorge. –Los hombres pescaron truchas, ¿por qué no les piden que se las muestren?

Los pescadores escucharon a Jorge e inmediatamente se acercaron a mostrarnos sus trofeos. Indudablemente estaban orgullosos con lo que habían logrado porque se veía en sus rostros la satisfacción por lo que nos mostraban.

-¿Lo van a comer señor?

-¡Por supuesto! Me gusta cocinarlos fritos con una salsita especial de mi invención. ¿Ustedes van a pescar?

-No- respondió Víctor, el pescador del grupo y Sub Guía de los Panteras. –Nuestro dirigente nos dijo que pescar truchas no es tan fácil como pescar en el mar, ¿es cierto?

-Así es. La pesca de la trucha es todo un arte. No es para cualquier pescador.

-¿Es verdad que no se usa carnada?

-Se usan estas cositas que tengo aquí, ¿ven?- el señor nos mostró su gorro donde lucía un montón de adornitos multicolores, bueno, por lo menos eso es lo que parecían: tenían formas raras y todas poseían plumitas y cosas así.

-Se llaman moscas. Atraen a la trucha que las cree un animalito vivo y se abalanza al anzuelo. Pero no es tan sencillo; hay que descubrir cuál puede llamarle más la atención, o cuál es la más adecuada al lugar en donde se pesque, o en la época del año… son varias las cosas a tener en cuenta…

-¿Todo eso hay que saber?- comentó Víctor asombrado. –Entonces es más fácil pescar en el mar.

-Sí, por supuesto. Pero en el mar no se pescan truchas, y la pesca con mosca es sin dudas mucho más divertida y entretenida.

-¿Hay que tener un permiso, no?- preguntó Ramiro, un Tigre que era lo más cercano a la corrección y la formalidad.

-Exacto. Hay que tener un permiso que se compra cuando ingresás al Parque; podés comprarlo por una semana, quince días, un mes o toda la temporada de pesca, como uno quiera.

-¿Por qué hay que sacar el permiso?- preguntó Víctor, intrigado. –para pescar en el mar no necesitás permiso.

-Porque así puede regularse la cantidad de peces, que a diferencia del mar, si se pesca indiscriminadamente, puede desaparecer en poco tiempo. Bueno, hoy en día pasa lo mismo en el mar con esos grandes barcos pesqueros que pescan merluza, si no se cuida la cantidad y el tamaño de los peces que uno se cobra nos vamos aquedar sin nada qué pescar en muy poco tiempo.

Parece que el asunto era de gravedad porque el señor lo explicaba con tono serio, remarcando la importancia de la situación. Cuando habló del tamaño de los peces nos mostró una de las truchas que llevaba colgando explicándonos que esa era de las más chicas que estaba permitido pescar; y que si uno pescaba una más chica debía devolverla al agua.

-Bueno chicos, los dejamos porque el estómago nos está pidiendo que lo atendamos.

-Sí, a nosotros también- los saludó Jorge.

Nos despedimos de los pescadores pensando en el almuerzo. Ahora que hablamos de comida, todos, de repente, sentíamos que nos moríamos de hambre. Llegados al puente sobre el arroyo Jorge reunió a los Guías y nos dijo:

-Muchachos, de acá al campamento vuelven por Patrulla. Una vez que estén en el Rincón que se preparen los encargados de retirar la comida que los llamamos por el silbato. Y les recuerdo que hoy a la hora de la merienda hacemos la inspección de Rincones… ¿Alguna pregunta?

-¿El Concurso de Puntos ya empezó?- pregunté entusiasmado con iniciar la competencia entre Patrullas. Durante el año no nos había ido bien como Patrulla y quería demostrar que habíamos mejorado.

-Comienza con la inspección de Rincones- respondió Jorge.

-¿Y los resultados del juego del viaje?- preguntó Félix.

-También lo vamos a ver hoy, luego de la Inspección. ¿Otra pregunta?- ante el silencio de los tres Guías Jorge nos despidió con una últimas palabras. –Bien, entonces rápido con sus Patrullas. ¡Al trabajo!

-¡Siempre Listo!- respondimos los tres al unísono, dejando claro que estaba todo entendido y corrimos a reunirnos con nuestros muchachos.

Salí corriendo para apurar a mis patrulleros, así disponíamos de más tiempo para dedicarle al Rincón. Al reunirme con ellos no me detuve en explicaciones: -¡Vamos chicos, apúrense que vamos a comer! ¡Dale Spoletto, corré!

-¡Pará Rubén, estoy cansado!- respondió Spoletto que iba caminando y jugando con una caña colihue con la que hacía surcos en la tierra. –Encima esta parte del camino está en subida…

-¡Dale! ¡Apurate! ¡Mirá al resto de la Patrulla, van todos adelante! ¡Largá eso y corré! ¡Hoy estás encargado de retirar la comida así que tenés que llegar primero! ¡Apurate!- Si no resultaba que me obedeciera por los gritos que le daba tenía que probar por el lado del apetito. Me hizo caso. Lanzó la caña lejos y después de dar algunos infalibles bufidos partió al trote detrás de sus compañeros.

Era la primera vez que Coco, el Jefe de Grupo, y Héctor asistían a un campamento a encargarse de la cocina. Nosotros, los chicos, queríamos cocinarnos, pero no teníamos experiencia para hacerlo por tantos días seguidos, aparte de la economía que representaba cocinar para todo el campamento junto; así fue que se decidió llevar alguna persona que nos dé una buena mano en este aspecto. En algún momento nos cocinaríamos, pero ahora íbamos a disfrutar las delicias de los cocineros.

Nos tenían preparado un puchero abundante y sabroso. Me tocaba retirar la comida con Spoletto. Cuando llegamos a la cocina estaba Ernesto, de los Tigres, pero al estar sin su compañero nos sirvieron primero a nosotros. Yo retiré el puchero y Spoletto el pan, que se lo sirvieron en la bandeja que llevaba bajo el brazo.

Sentados a la mesa, que con cada uso parecía más cómoda, nos dispusimos a servir el puchero: carne, papas, batata y zapallo. Como Guía tenía la tarea de servir los platos (no sé por qué esas tareas me las imponía yo, sin consultarlo con nadie). Serví a todos y les dije que cada uno agarre un pedazo de pan. El pan estaba dentro de la fuente en el centro de la mesa. Cuando cada uno tomó su pan reinó el desconcierto: en el fondo de la fuente, muy oronda y provocadora apareció una hoja de papel con una gran Z negra marcada con fibrón.

¡Comenzó el juego del Zorro! ¡Y nos apareció una Z junto al pan! ¡¿Pero cómo?!

-¡Spoletto, el pan te lo sirvieron a vos!- le dije excitado. ¡Tenés que haber visto algo! ¿Quién te agarró la panera?

-¡Que se yo…!- Spoletto, paralizado por el desconcierto, respondía sin saber qué decir y sin apartar los ojos de encima de la Z. –Cuando pedí el pan Héctor ya me tenía el pan preparado en esta bandeja.

-¿Pero no es esta la bandeja que llevabas vos?

-No, ésta es otra. Héctor me dijo que después la cambiamos, cuando sea la hora de la merienda.

-Y ésta también es nuestra, ¿o no?- le pregunté comenzando a enojarme.

-Sí, es nuestra.

-¿Y qué hacía en la cocina? ¡Sí, ya sé!- comencé a responderme recordando lo que había sucedido por la mañana. –La dejaste en la cocina porque nos llamaron a formar y vos andabas con la fuente paseando por cualquier lado- ahora ya estaba muy enojado.

-No, callate- se defendía Spoletto. –Que me mandaste a ver si se podía repetir pan con mermelada…

-Paren chicos- intervino Adrián tratando de calmar los ánimos y hacernos razonar un poquito. –Spoletto, ¿no viste nada raro? ¿Algún chico que en ese momento andaba rondando por la cocina?

-Y… el que estaba en la cocina era Ernesto, que llegó antes que nosotros, pero como tenía que esperar a Claudio que venía con la olla para el puchero, Coco nos sirvió primero a nosotros.

Comenzó a rondarnos una idea por la cabeza. Fue José Luis, como siempre el más tranquilo cuando las cosas se ponían difíciles, el que primero lo expresó:

-Entonces puede ser que Ernesto haya ido a la cocina solo a propósito: puso tranquilo la Z en la fuente y se quedó esperando a Claudio…

-¡Sí, seguro, seguro!- dijimos todos- -Y ahora, ¿qué hacemos?

-Lo mejor sería callarnos la boca. No contarle a nadie que nos apareció una Z. Y vigilarlo a Ernesto. Él tiene que ser el Zorro, ¿quién otro?- alegué con toda lógica.

-Bueno che, que se enfría el puchero- Arturo estaba más pendiente de la comida que de cualquier cuestión que tuviere que ver con el Zorro. -¿Por qué no comemos de una buena vez?

El almuerzo, a más de sabroso, continuó siendo foro de discusión por el tema del Zorro. Ideamos tretas para vigilar a Ernesto, cuidarnos de que no vuelva a aparecer una Z y tratar de mantener en secreto cualquier cosa que pudiera hacernos.

Los resultados a nuestra táctica los experimentamos en cuanto nos llamaron a formación luego del descanso post almuerzo, y no fueron como los habíamos ideado. Jorge nos llamó desde el mástil, centro natural de todo campamento. Las tres Patrullas llegamos a la formación pisándonos los talones, y como estábamos avisados de que íbamos a bañarnos al lago, llegamos desplegando los toallones con la carrera. La tarde era soleada y calurosa, especial para meterse al agua.

-¡Hay un mensaje clavado en el mástil!- gritó Rikki. -¡Es del Zorro, tiene una Z grandota!- continuó gritando asombrado, mientras todos juntos nos abalanzábamos hacia el mástil para leer el mensaje.

-¡Esperen, esperen, que yo lo saco y lo leo- nos detuvo Jorge!

El mensaje estaba clavado en el mástil con un cuchillo. Jorge lo quitó con cuidado y luego de mirar el cuchillo un momento preguntó quién era el dueño.

-A ver… creo que es el mío… con razón no lo encontré cuando los chicos volvieron de lavar- (los Tigres habían dispuesto que cada día dos patrulleros lavaran la vajilla de toda la Patrulla, a diferencia de nosotros y de los Panteras en la que dispusimos que cada uno se lavara sus elementos personales y uno por día lavara las ollas o las fuentes)

El mensaje era corto, sencillo, y… tiró por el piso el sigilo que nos habíamos impuesto los Águilas. Escrito con letras disimuladas y en el mismo tipo de papel en el que nos hicieron la Z que apareció en la panera. Decía:

¡HOLA SOY EL ZORRO Y COMENSÉ A JUGAR CON USTEDES, JE, JE, JE!

¿ESTAVA RICO EL PAN DE LOS AGUILAS?

A QUE NADIE ME ATRAPA

Z

-¿Por qué pregunta si estaba rico el pan de los Águilas?- quiso saber Rikki.

Los Águilas nos miramos unos a otros, y a pesar de la humillación tuvimos que contar la verdad.

-¿Les puso una Z en el pan y no se dieron cuenta?- Fue el comentario general, chismoso y socarrón. -¿Cómo no se dieron cuenta? ¿Quién fue a buscar la comida?

Yo no quería quedar como el gil al que le hacen estas bromas en medio de la cara, así que inmediatamente quise explicar la situación.

-Fuimos con Spoletto: él fue quien recibió el pan y no vio nada.

Ahora las cargadas iban dirigidas a Spoletto, que ni lerdo ni perezoso no tardó en defenderse chanceando a los Tigres.

-¡Y ustedes qué hablan si el Zorro les sacó el cuchillo para clavar el mensaje y tampoco se dieron cuenta!

Eso fue suficiente para los Tigres. Los Panteras no habían sufrido con la “zorreada”, pero Rikki, conocedor del asunto, llamó a silencio a su Patrulla; seguramente no quería padecer las gastadas del resto cuando sean ellos los que tengan que aguantarse las correrías del Zorro… Pero no perdió oportunidad para gastar al Zorro.

-Lo que se nota es que el Zorro no anda bien de ortografía: estaba se escribe con be larga…

Ninguno se había dado cuenta del error, pero aprovechamos a reírnos y gastar al Zorro… si es que ello era posible.

-Bueno chicos, dejemos al Zorro y vamos al agua- nos invitó Jorge.

Era la primera vez que íbamos al lago para bañarnos. A pocos pasos del mástil teníamos una playita, muy chiquita; pero en la caminata a la cascada descubrimos que la playa que estaba del otro lado del lago era mucho más espaciosa. Incluso, luego de que Coco lo comprobara en carne propia, sabíamos que el fondo del lago en la playita del campamento tenía un declive tan abrupto que apenas hubiéramos podido dar un par de pasos antes de que el agua nos cubra por completo, y no todos sabían nadar.

Hicimos la caminata bordeando el lago en lugar de tomar por el camino. En la zona del barranco, sin una franja de tierra por la que pudiéramos caminar, había grandes rocas y varios árboles desmoronados que nos permitieron atravesar el lugar en forma más amena aunque complicada.

Meterse al lago fue una prueba de valor mucho más exigente que estar haciendo malabarismos por entre las rocas y los árboles caídos del barranco. ¡Qué fría que era el agua! Cristalina a tal punto que podíamos vernos la punta de los pies metidos con el agua hasta el cuello, ¡pero helada!

El fondo del lago estaba completamente cubierto de piedras; grandes, chicas, un lecho totalmente irregular. Creo que para quien nos miraba desde fuera del agua causábamos mucha gracia. Al meternos al lago dábamos la impresión que recién empezábamos a caminar: trastabillando y resbalando con las piedras del fondo, y cuidándonos de no caernos porque la mojadura nos iba a venir de golpe.

Iván, el Pantera más entusiasta para el agua, se zambulló sin pensarlo siquiera; emergió tiritando, volvió a zambullirse, y cuando emergió otra vez comenzó a tirarnos agua con las manos tratándonos de miedosos y desafiándonos a imitarlo.

-¡Métanse, métanse que el frío pasa rápido! ¡No tengan miedo!

El entusiasmo de Iván y los pinchazos del agua helada que nos arrojara con las manos nos decidieron. Dándonos gritos y aullidos de coraje nos fuimos zambullendo todos sin importarnos más la temperatura del agua.

Pasamos dos horas divinamente frías. Entre juegos, zambullidas y el calorcito del sol cuando nos tirábamos boca abajo en la playa, pasamos una tarde que por sobre todo nos abrió el apetito a más no poder. Volvimos al campamento con ganas de merendar doble. La cocina algo se imaginó porque tenían todo preparado como para apaciguar los estómagos ms exigentes.

Mientras merendábamos organizamos todo lo necesario para la posterior Inspección de Rincones. Nos distribuimos las tareas de tal manera que nadie quede sin hacer nada.

-José Luis, vos encargate de la carpa. Spoletto, ¿ya acomodaste tu mochila?

-No, la acomodo después de merendar.

-Está bien, pero hacelo rápido así José Luis puede acomodar tranquilo. Después encargate de la limpieza del Rincón; fijate que no haya nada tirado, ni afuera ni adentro, que Jorge mira todo.

-Yo me encargo del cajón de patrulla, y de la alacena- se ofreció Adrián. –ya que me toca lavar la olla… acomodo los materiales.

-¿Por qué no lavás los jarros de todos así ganamos tiempo? Con el desayuno y la merienda podemos hacer siempre así, total es fácil-. La idea de José Luis fue aceptada sin reparos.

-Arturo- continué con la distribución. –Vos encargate de ajustar los bancos, que queden lo más firme posible. Marcos y yo nos encargamos del cerco y el tendedero.

La Inspección de Rincones era muy importante. En el campamento el Rincón era nuestra casa, y como tal, tenía que estar limpia y confortable. Es por ello que Jorge y Cacho eran muy estrictos en cuanto a todo lo que tuviere que ver con él. Además, había muchos puntos en juego para el Concurso.

En verdad el Rincón se parecía bastante a lo que soñamos cuando iniciamos su construcción. Estaba bien ordenado y daba un clima de privacidad muy especial. Las construcciones eran buenas. El cerco y la portada, bárbaros. Usamos colihues para hacer una entrada tipo arco con laterales a desnivel; para el cerco empleamos piedras y cañas, con lo que pudimos armar una linda pared alrededor del Rincón.

La mesa quedó firme, aunque los bancos no eran todo lo cómodo que pretendíamos. Los hicimos muy encimados a la mesa y algo angostos los asientos, lo que los volvía un tanto incómodos si queríamos estar mucho tiempo sentados; aparte, los más altos de nosotros nos teníamos que cuidar de no golpear la parte de debajo de la tapa de la mesa con las rodillas. Pero estaba bien, nos gustaba.

Jorge y Cacho llegaron para la Inspección. Los Águilas siempre éramos a los primeros a los que se inspeccionaba, de la misma manera que encabezábamos la formación, abríamos la marcha en una caminata o iniciábamos cualquier tarea. ¿Por qué?, por culpa del abecedario.

-¿Qué tal está la mesa?-, nos preguntaba Jorge. -¿Me resistirá si me subo encima?

Los Águilas intercambiamos miradas de duda y desconcierto. ¿Subirse arriba de la mesa? Si es para sentarse a comer…

-Y… no sé- balbuceaba sin saber qué decir.

-¡Es una broma!- nos tranquilizó Jorge viendo nuestra zozobra. –Lo importante es que cumpla su función como corresponde, y parece que la cumple bien. ¿Qué tal quedó el horno?

Durante el campamento íbamos a cocinar pizzas, por eso los hornos.

-Parece que quedó bien- respondí-

-¿Todo de barro?

-Barro y piedras.

-Está bien, vamos a ver cuando lo utilicen qué resultado da… Atrás del árbol ese- dijo Jorge señalando un árbol al fondo del Rincón- hay unos papelitos de caramelos. ¿Se le cayó a alguno de ustedes?

Pensé en Spoletto y ya tenía ganas de acogotarlo. ¿No le dije bien clarito que se fije en juntar todo dentro y “fuera” del Rincón?

Finalizada la Inspección nos reunimos en el montecito cercano a la capillita de Nuestra Señora de los Scouts. Los dirigentes nos comentarían sobre los Rincones y el resultado del Juego del Viaje.

-Empecemos por el Juego- Jorge, acompañado por su inseparable carpeta de campamento pidió que tengamos a mano todos los papeles del Juego. –Yo voy a ir leyendo cada punto que había en el Juego y ustedes van contestando las respuestas. Cada respuesta correcta vale un punto. Hay preguntas generales, para las tres Patrullas las mismas, y otras que son particulares para cada una de las Patrullas. Empecemos. Primer punto, general: ¿A qué hora Cacho se sacó las zapatillas para viajar descalzo?

Uno a uno Jorge fue enunciando los puntos del Juego y nosotros dábamos nuestras respuestas. Estuvo bueno. Mientras salían a luz las respuestas, Mario, el Sub Guía de los Tigres, se dio cuenta porqué todos los Águilas iban con él al baño cuando había una parada: teníamos que saber el color de su calzoncillo…Arturo entendió el repentino interés que los Panteras tenían en su familia: debían averiguar exactamente cuántos primos tenía… Y Saborido Grande, el rubio flequilludo de los Panteras, pudo interpretar todos los argumentos que necesitó Miguel, de los Tigres, para convencerlo de intercambiar pañuelos entre Choele Choel y Neuquén…

El resultado fue parejo. Tigres y Panteras primeros. Nosotros segundos a un punto. Erramos tres preguntas, a diferencia de las dos que erraron ellos.

-Pasando al tema de los Rincones- siguió Jorge, luego de darnos las respuestas correctas a las preguntas erradas y de sonreírnos todos juntos recordando las peripecias realizadas para cumplir con cada misión. –En primer lugar tengo que decir que Cacho y yo estamos muy contentos porque vimos que se han esforzado con el trabajo. Hay construcciones muy buenas. Con el tema del orden y la limpieza, no tan bien, y eso que estaban avisados que había Inspección, no me quiero imaginar qué va a pasar cuando vayamos de improviso… Cacho les va a dar el resultado final.

-Muy bien… primer lugar de la competencia de Rincones de Patrulla- Cacho hizo un breve silencio para crear mayor suspenso y luego, mirando a los Panteras, dijo de golpe: -¡Águilas!

El gesto de mirar a los Panteras nos desconcertó. Cuando caímos en la cuenta que no fue a ellos a quien nombró sino a nosotros un: -¡¡¡BIEEEEN!!! Gritado con toda la garganta nació espontáneamente de cada uno de los Águilas.

-¡Silencio, por favor, silencio! Segundo lugar: Panteras. Y por supuesto, terceros los Tigres.

-Les recuerdo- ahora era Jorge el que volvía a tomar la palabra. –Si bien el Concurso de Puntos acaba de comenzar, y dura todo el campamento, a partir de mañana aquella Patrulla que haya reunido más puntos el día anterior va a tener el honor de ver su Banderín izado debajo de la Bandera Nacional. Así que muchachos, ¡a esmerarse!

La alegría que teníamos los Águilas era indescriptible. Nos habíamos esforzado y nos sentíamos justos ganadores; pero la lucha con los Panteras, que tenía un Rincón muy bonito, había sido pareja.

-¡Bueno muchachos! ¡A jugar!

La invitación de Jorge trajo nuevos ánimos. Esperábamos con ganas el corretear, escondernos, recorrer los bosques y los cerros mientras jugábamos demostrando nuestra astucia e ingenio.

Cruzando el camino que pasaba detrás de nuestro Rincón comenzaba la ladera de un pequeño cerro. A unos 500 o 600 metros de su base había una gran peña rodeada de arbustos, cañas, árboles y grandes rocas desperdigas sin ton ni son. El punto era perfecto para jugar a uno de nuestros juegos favoritos: El Acecho al Venado.

Mientras Jorge nos daba algunas indicaciones especiales de cómo desarrollar el juego en ese terreno, Cacho, el venado, ya se estaba dirigiendo al lugar donde lo deberíamos acechar. Podríamos ir hacia la peña donde se encontraba el venado escondiéndonos detrás de las rocas, los arbustos y los árboles.

Teníamos dos “vidas”. Eso significaba que si el venado nos divisaba, con solo decirnos el nombre, y el lugar donde estábamos escondidos, quedábamos eliminados; tras la primera eliminación volvíamos a la base, a pedir la segunda “vida”, y regresábamos a acechar al venado. Cuando Jorge sonara su silbato tres veces estaría indicando el final del juego. Ganaba quien hubiera logrado estar más cerca del venado, acechándolo.

El juego se desarrollaba siempre con la misma dinámica: la primera vida uno la arriesgaba más de la cuenta; la segunda, la usaba con mayor sigilo. ¡Qué juego que nos encantaba a todos, sin excepción! Y es claro que, como toda actividad, tenía sus especialistas: cuando Jorge dio los tres silbatazos del fin del juego Cacho descubrió que muy cerquita de él, apenas a unos cuatro o cinco metros, estaban los dos ganadores, Mario de los Tigres y nuestra carta de triunfo, Marcos, que en el recuento final resultó segundo porque había perdido una vida.

En lo alto de aquella peña el espectáculo de la naturaleza cobraba mayor dimensión. La casa de los Figueroa podía apreciarse con todo detalle. El humo que en ese momento salía de la chimenea de la cocina formando una línea blanca y larga iba desdibujándose en el cielo en la medida que subía y subía. No había viento. Uno de los hijos de la Familia llevaba una yunta de bueyes (era la primera vez que veíamos un buey) hacia el corral, detrás de la casa; el andar pesado y cansino de las bestias parecía estar en perfecta consonancia con el ambiente que nos rodeaba, todo tranquilidad y silencio.

El sol estaba sobre las alturas, hacia el oeste, comenzando su recta final hasta ponerse definitivamente detrás de ellas. Era el momento de regresar al campamento. No faltó quien comenzara a rodar cuesta abajo aprovechando la pendiente, y que el resto lo imitáramos ante la aprobación de Jorge y de Cacho. Aterrizamos en el camino lindero al campamento, cruzamos el cerco de palos que hacía de límite al terreno de los Figueroa, y cuando Jorge ya había comenzado a despedirnos hacia los Rincones se dio cuenta de algo que lo hizo cambiar de idea.

-Esperen, esperen… ¿Qué es lo que hay en el mástil?

Antes de llegar al mástil ya sabíamos de qué se trataba: ¡Otra vez el Zorro!

Atadito a la driza de la Bandera había un par de calzoncillos con la famosa Z escrita en papel y metida entre ellos.

-¿Quién perdió lo calzoncillos?- preguntó Cacho sonriente.

-Esos son míos- masculló Oscar, lleno de bronca.

-Y éstos son los míos, ¿cuándo los agarró?- se preguntaba asombrado Víctor.

Ahora el Zorro había atacado a los Panteras. Estábamos parejos; cada Patrulla había sufrido al Zorro una vez, y según parece, nadie había visto nada.

-¿Cómo lo hizo?- preguntó Rikki en voz alta. ¿No habrán sido los cocineros?

-¡No, no!- aseguró Jorge. –Estas zorrerías sólo puede hacerlas el Zorro o el Zorrito, su ayudante. Es regla del juego que nadie más puede hacer nada.

-Sí, pero estábamos jugando en frente- continuó Rikki, no muy convencido por lo que decía Jorge con respecto a las reglas del juego.

-Quizá lo hizo después que lo eliminó el Venado…- aventuró Ramiro. –Como tenía que venir hasta abajo, fue a la carpa, sacó las cosas y las puso en el mástil… tiempo tuvo de sobra.

Jorge no nos dejó seguir con las cavilaciones. Nos mandó al Rincón a que nos abriguemos un poco antes de volver a llamarnos para arriar la Bandera y charlar un rato delante de la Virgen.

La noche, luego de la cena, fue escenario de nuevos juegos, y de nuevos temores, si bien varios de los chicos ya habían perdido el miedo que demostraron la primera noche; la presencia de los espíritus ingleses estaba pasando a ser mera leyenda de relato.

Cansados, exhaustos, pero contentos, muy contentos, nos fuimos a dormir. Mañana no solo comenzaba un nuevo día más. Mañana, por primera vez, una Patrulla de la unidad Perito Moreno izaría su Banderín debajo de la Celeste y Blanca.

información y descarga en libro electrónico

portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada y del capítulo: Miguel Navarro.

Si te ha gustado consigue desde ya el siguiente capítulo apuntándote al grupo de lectura de nuestra red social scout: SEIS GRADOS.
Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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