El Campamento de los Águilas. Capítulo 1: ¡Vamos al campamento!

Los Libros Scouts de La Roca del Consejo

Para Nehuén:

Con la fuerza del amor.

El Campamento de los Águilas, foto de portada

CAMPAMENTO “LANIN”

Unidad Scout “Perito Moreno”, nómina de Acampantes:

Patrulla Águila: Rubén, Guía, Adrián, Sub Guía, José Luis, Spoletto, Marcos, Arturo.
Patrulla Pantera: Rikki, Guía, Víctor, Sub Guía, Oscar, Pablito, Iván, Saborido grande.
Patrulla Tigre: Félix, Guía, Mario, Sub Guía, Ramiro, Ernesto, Claudio, Miguel, Saborido chico.

Adultos: Jorge, Jefe de Unidad, Cacho, Ayudante de Unidad, Coco y Héctor, Cocineros.

CAPÍTULO UNO

El fuego crepitaba alumbrando un conjunto de rostros juveniles fascinados y absortos con lo que escuchábamos a la luz de las llamas. La noche, silenciosa y oscura, creaba el marco de misterio necesario para mantenernos en vilo y hasta con algo de temor por lo que nos estábamos imaginando.

La cuestión tenía que ver con el lugar en que acampábamos: Jorge, nuestro Jefe, nos relataba una fascinante historia de lo que sucedió mucho tiempo atrás en la zona donde armamos el campamento; ocupábamos un sector de lo que había sido parte de una inmensa concesión que el Gobierno Nacional, queriendo colonizar las tierras, dio a una familia inglesa que llegó a la Patagonia en busca de fortuna personal.

capítulo 2 ¡Vamos de Campamento!

Aquella familia estaba compuesta solamente por tres personas: el matrimonio inglés, ya mayor, y el único hijo, nacido en Buenos Aires al poco tiempo de que sus padres arribaran desde Inglaterra.
El chico había sido criado en la Gran Ciudad, guiado con severidad por una auténtica niñera inglesa traída de Londres con ese fin. Cuando el muchachito se encontró en estos parajes descubrió en la sencillez y la rudeza del Mapuche lo que completó su joven educación.

Así fue que el muchacho crecía con lo mejor de dos mundos totalmente opuestos: amante de la lectura y el arte en general, gracias a la constancia podía recitar de memoria párrafos enteros de Shakespeare y de Homero; hablar dos lenguas a la perfección y expresar con sobriedad y buen gusto su sentir artístico en un puñado de pintorescos óleos sobre la vida en la Patagonia. Por otro lado, desplegaba su sonrisa más radiante, esa sonrisa que agrandaba sus chispeantes ojos grises, cuando recorría libre los bosques y los llanos de la región cazando guanacos y ñandúes, acechando a un huemul o cuidándose de un puma.

Aprendió con rapidez el idioma mapuche; compartió con ellos ceremonias centenarias y místicas, y supo lo que era dormir bajo las estrellas cubierto solo por un poncho indio. Aquel muchachito, amado y protegido por todos por igual, señalado para ser el futuro gran colonizador con el que soñaban sus padres, indicado como el hombre nuevo que haría posible el desarrollo de una gran región, ese muchachito de mirada profunda y sonrisa franca, no llegó a vivir más de quince años… tan solo quince breves años…
El matrimonio inglés había pensado, con justa razón dado lo duro del clima, que lo mejor para hacer fortuna era criar ovejas. No se equivocaron. Las ovejas se adaptaban perfectamente al lugar; podían dejarlas libres para que se alimenten y se reproduzcan, y el precio de la lana justificaba su explotación. El único problema, cuando los inviernos eran muy intensos, eran los pumas: el felino encontraba en las ovejas un festín apasionante; fácil de cazar, apetitoso y en número más que considerable.

Las continuas nevadas del invierno volvieron a traer al puma. En una sola noche realizó tal matanza que la familia entendió que había que acabar con él de inmediato. Padre e hijo, armados de escopetas y gruesos abrigos de piel, se dispusieron a montar guardia a la espera de lo que el mapuche llamaba pangui o león.

Pasaron dos noches sin novedades. El puma no apareció. Solo se sufría el frío que hacía calar hasta los huesos, metiéndose por todas partes del cuerpo… las manos agarrotadas… el sueño que quería vencer la voluntad de los hombres… La tercera noche ocurrió el drama. Los hombres ocuparon, cada uno, dos pequeñas hondonadas desde donde podían divisar con mayor facilidad el gran corral donde guarecían a las ovejas. El puma llegó sigiloso. Entró al corral sin ser visto y atacó a la primera oveja que encontró a su paso. Las ovejas apenas balaron, casi ni se movieron, pero así son las ovejas… El muchacho se dio cuenta que algo pasaba; pensó en gritarle al padre, pero si el puma estaba dentro del corral y lo escuchaba gritar seguro se escapaba. Había que acercarse en silencio…

El padre también se dio cuenta de que el puma estaba allí, presintió al felino por un quejoso balido que señalaba la muerte. Vio un movimiento extraño… alzó el arma… ya estaba a punto de disparar cuando una nueva sombra se movió algo más adelante del puma… ¡Eran dos pumas! ¡Con razón tanta matanza! Volvió a alzar la escopeta, tenía que ser rápido, muy rápido… apuntó y en apenas unos pocos segundos disparó dos tiros perfectos…

La sonrisa de satisfacción del padre cambió por la más horrenda máscara de desesperación cuando presenció el resultado de sus certeros disparos. Por un lado el puma que lo hiciera desvelar por tres noches, y unos metros más allá, su propio hijo que lo miraba sin vida desde el suelo blanco y rojo…

El padre no pudo con la pena. Enloqueció a tal punto que salía por la noche a buscar a su hijo que, según decía, estaba acechando al puma en algún lugar cercano. Murió congelado en una de sus locas salidas nocturnas. La madre, completamente abatida por la desdicha, sin ánimos ni fuerza para nada más que llorar, también murió, sola y triste.

El proyecto de colonizar el lugar con gente venida desde las ciudades fracasó. Solamente el mapuche, los auténticos dueños de la tierra, quedaron habitando toda la zona, como había sido por siempre. Aprendieron a criar ovejas, aprovechando aquellas que pertenecieron a los ingleses. Y también, comenzaron a contar una nueva leyenda: de que en las noches de mucho frío dos espíritus recorren los bosques gritando en una lengua extraña… parecieran ser un hombre y una mujer, pero no se puede entender lo que dicen. Incluso hay quien cuenta que fue sorprendido por esos extraños espíritus y hasta que ha desaparecido gente luego de encontrarse con ellos… En todo caso la leyenda nos recordaba, a lo que estábamos de campamento, que había a que tener cuidado, que los espíritus de los ingleses todavía aparecían, y vaya a saber qué querían…

Jorge guardó silencio. La historia había concluido. El grupo de asombrados oyentes seguía rumiando aquella leyenda fantástica y misteriosa. ¿Será verdad? ¿Había un par de espíritus sueltos por el bosque? ¿Estaba haciendo mucho frío?

Parece que Jorge podía adivinarnos el pensamiento.
-Bueno, aprovechando que esta noche no hace mucho frío vamos a hacer algún juego antes de irnos a dormir… ¿qué les parece?

Las caras de aceptación y aprehensión se mezclaban en una sola. Claro que todos queríamos jugar, ¿qué hay más divertido y desconocido que un juego nocturno?

-Si se les aparece algún espíritu gritando en inglés díganle que solo hablan español- bromeó uno de los muchachos más grandes entre las nerviosas sonrisas de los más chicos.
-No, mejor háganle saber que se equivocó de noche, que hoy hace calor…

Entre bromas y sonrisas Jorge nos explicó el juego. Cacho, otro dirigente, ya estaba escondido en el monte con un pequeño farolito que servía para delatar su presencia. Teníamos que encontrarlo, llegar hasta él y tocarlo. Quien lo hiciera primero ganaba el juego. Había que cuidarse porque Cacho estaba provisto de una linterna: al que alumbrara y pronunciare el nombre quedaba eliminado del juego. Nosotros deberíamos ir a oscuras, sin linternas; y lo mejor era ir solos, para hacer menos ruido… a lo que no todos se animaban…

El campamento recién comenzaba. Era la primera noche; todavía nos esperaban otras diez. Habíamos trabajado con mucho ahínco para poder realizarlo. El grupo no era descomunal: 19 chicos, 2 dirigentes y 2 cocineros; pero necesitamos recordarnos continuamente que debíamos lograr que participemos todos, que ninguno quede sin esta experiencia. Y como reunir el dinero lleva su tiempo, estuvimos todo un año preparándolo: organizar tallarinadas y asados; juegos de bingo, alguna rifita y la venta de artesanías, almanaques y pan casero. Los padres colaboraron continuamente, se reunían con Jorge y Cacho y un grupito de ellos nos daban una mano cada vez que realizábamos algún evento.

Necesitábamos reunir el dinero necesario para que 23 personas pudiéramos acampar doce días en lo que Jorge siempre llamaba el “Paraíso de los Andes Patagónicos”. Ninguno de nosotros conocía la zona, es más, de los 19 chicos apenas dos o tres habían tenido la posibilidad de viajar fuera de la provincia de Buenos Aires, el resto, conocía algo de las inmediaciones de Mar del Plata: Tandil, Balcarce, Miramar, Necochea.

Los 19 scouts formábamos tres Patrullas: Águilas, Tigres y Panteras. Yo era el Guía de los Águilas y tenía un buen grupo de patrulleros, aunque claro, no era la perfección. Me gustaba ser Guía; organizar el trabajo, ir delante de ellos llevando el Banderín, ser el responsable ante los dirigentes. Creo que era algo gritón, y que muchas veces me enojaba con facilidad, pero había chicos que me sacaban de las casillas…

Spoletto era uno de esos chicos que me hacían poner bravo. Lo llamábamos por el apellido porque nos causaba gracia el acento italiano; Spoletto, con la S bien larga y las dos t pronunciadas con fuerza. Siempre hay un muchacho que es el más vago, al que hay que indicarle continuamente que haga esto o aquello, que vaya para acá o para allá, y aparte, claro, Spoletto siempre protestaba: que no quería hacer esto, que no tenía ganas de ir, que estaba cansado… y que, por supuesto, se quejaba de que todos lo molestaban y cargaban, especialmente Marcos.

Marcos era el más bajito de la Patrulla. Se formaba justo en el centro de la fila; así que en el momento que los Águilas hacíamos una hilera parecíamos una V. Marcos era todo lo contrario a Spoletto: siempre en movimiento; juntando leña, arreglando la mesa, acomodando el cerco, subiéndose a los árboles, inventando una diversión. Uno sabía que con él al lado no iba a aburrirse por falta de actividad; la cuestión era seguirlo, y a veces, frenarlo, porque era bastante común que hubiera que llamarle la atención para que se calme un poco.

Quien no daba ese problema era José Luis. Tranquilo y sosegado, pensante y activo a la vez. ¡Gracias a Dios que formaba parte de la Patrulla! Era el muchacho con el que nadie tenía problemas. Atento, servicial, callado. Jamás se quedaba atrás, siempre luchando y esforzándose al máximo. No era el tipo que se las sabía todas; era ese tipo de persona con quien todos estaban a gusto y a quien escuchaban cuando tenía algo que decir.

Otro integrante de la Patrulla era Arturo. Grandote, el de cuerpo más robusto entre los seis que formábamos los Águilas. También se destacaba por lo grande de su ego, más de lo que me hubiera gustado: Arturo era el scout que se las sabía todas; está bien que se destacaba en varias cosas: nudos, natación y fuerza bruta… pero también se creía el mejor en cualquier aspecto. Eso a veces podía ser bueno, porque no le tenía miedo a nada de lo que se le pudiere presentar, pero a veces era contraproducente, porque los muchachos se le ponían en contra a raíz de su ego inflado.

Por suerte Adrián, el Sub Guía, sabía tratarlo con mucho tacto; y no sólo a él, era más comprensivo y paciente que yo, por lo que también era a quien más escuchaba Spoletto. Quizá le faltaba más ánimo para empujar a la Patrulla y hacerse escuchar, pero era un gran chico, muy inteligente y conocedor de varios trucos que hacían más placentera la vida de todos los Águilas en campamento.

-Rubén, ¿hablaron algo en la reunión de Guías del lugar de campamento? ¿Les dijo Jorge a dónde vamos a ir?- la Patrulla, como toda la Unidad, guardaba con apenas contenida expectativa que Jorge nos cuente del lugar elegido para realizar el campamento.

-No, no nos dijo nada nuevo. Solamente que hoy, aparte de decirnos cuál es el lugar de campamento también nos va a mostrar unas cuantas fotos de cuando fue con su familia- respondí a la Patrulla mientras veía a Jorge llevarse el silbato a la boca. –Nos está por llamar a formación, ¡prepárense!

El inicio de aquella aventura fe todo un éxito. Jorge y Cacho nos mostraron fotos y un video de un lugar tan hermoso que parecía imposible que existiera: el Parque Nacional Lanín. Allí acamparíamos el próximo verano. Todavía faltaba mucho, pero mirando las imágenes e imaginándonos como parte de ellas sentíamos que no faltaba tanto, que el campamento ya estaba cerca.

El año fue un continuo trajinar y preparar el viaje. Jorge nos decía: -Recaudamos tanto, tenemos tal cosa, nos falta esto y esto. Chicos, a no dormirse en los laureles…

Todo el año pendiente de nuestro campamento al Sur. Por supuesto que el viaje también estuvo supeditado a otras cosas; el colegio por ejemplo: un par de chicos casi se lo pierden porque hasta último momento estuvieron tecleando con algunas materias. Pero en definitiva el sentir que podía perdérselo sirvió como motivación suficiente para esforzarse en los estudios.

Otro problema fue Oscar, un patrullero Pantera. Continuamente le tenían que llamar la atención, siempre tenía y traía problemas: que se peleaba con el Guía, que hacía trampa en los juegos, que tenía la maldita costumbre de estar donde no debía, que en el colegio no andaba muy bien que digamos… todo al revés. Eran típicas las charlas de Cacho y Oscar, a solas, luego de un reto o una discusión. El Guía de su Patrulla, Rikki (apodo que le quedó luego de su paso por la Manada) pedía que lo cambien de Patrulla. Realmente no sé cómo es que fue al campamento. Pero Jorge siempre nos decía que no hay que cansarse de darle oportunidades a la gente para que dé lo mejor que tiene de sí; y tal vez este campamento tan especial era una buena oportunidad. Y tuvo razón, sin dudas que sí…

El viaje hasta el Lanín fue inolvidable. Nunca, ninguno de los chicos habíamos hecho un viaje tan largo, y si bien todos sabíamos perfectamente que de Mar del Plata hasta el lugar donde armaríamos las carpas había 1.476kms, nadie tenía conciencia de lo que representaba esa distancia arriba de una combi.

Teníamos con qué entretenernos. Jorge y Cacho habían preparado un juego que se inició en el momento en que partimos y finalizó cuando arribamos al Parque Nacional. El juego tenía de todo: observación y deducción; realizar tareas tan dispares como averiguar qué color de calzoncillo tenía Mario, el Sub Guía de los Tigres; en qué kilómetro comenzaba el municipio de Catán Lil; por qué los árboles de manzanas en el Alto Valle tenían un montón de largos troncos alrededor sosteniendo las ramas; dónde nació Ceferino Namuncurá; cuál era el ave más grande con la que nos cruzáramos; debíamos indicar desde dónde divisamos por primera vez al Lanín. Durante un montón de horas nos convertimos en detectives; y por momentos averiguar algún dato fue una tarea más que divertida.

Gran parte del trayecto lo hicimos de noche: de Mar del Plata hasta Choele Choel, en Río Negro. Allí paramos a desayunar y comenzar a descubrir esa geografía tan diferente a la del mar y las sierras bonaerenses. Las mesetas de tierras parduscas, piedra y algunos pocos yuyos; en contraposición el fértil valle del río Negro, las barreras de álamos, la exquisita variedad de frutales. Una nueva emoción iba madurando en los corazones de los viajeros marplatenses: conocer cosas nuevas, poder ver con nuestros propios ojos lo que ojeamos en libros o bajamos de internet.

Cuando ingresamos a la provincia del Neuquén la expectativa creció. Todavía faltaban muchos kilómetros por recorrer, más que de Mar del Plata a Buenos Aires, pero ya estábamos “allí”. Faltaba poco. La ruta, que desde Choele Choel comenzó a codearse con el río, primero el Negro y luego el Limay, de golpe se adentró en la inhóspita tierra neuquina enfilando hacia las montañas,

Adelante, lejos, podía divisarse la Cordillera de los Andes como una gran línea azul que se elevaba remarcada por el profundo celeste del cielo.

Conocimos los pozos de petróleo. ¿Por qué se conoce comúnmente como “cigüeñas” a las bombas de extracción de petróleo? Era una de las tareas del juego, y viendo el aspecto que tenían las bombas en el momento de extraer petróleo, uno podía dar la respuesta acertada.

La llegada al Parque Nacional fue una increíble transformación del mundo. Cuando vi el cambio me pude imaginar mejor lo que debe ser un oasis en medio del desierto. Parados en el centro del camino que nos llevaba hacia el corazón del Parque teníamos, hacia un lado, aridez y sequía; hacia el otro lado, verdes indescriptibles y el cristalino manto del lago Paimún. Sólo había que girar la cabeza.

En la entrada al Parque nos aguardaban los “cocineros”: Coco, el Jefe del Grupo Scout y Héctor, el encargado de materiales del Grupo. Ellos viajaron en una camioneta cargada de alimentos, material de acampe y algunas mochilas. Habían llegado por la mañana, prepararon el lugar donde acamparíamos y ahora nos esperaban para guiarnos hasta allí.

-¡Coco, tenemos hambre!- gritó uno de los chicos. -¿Qué nos preparaste?
-Los estamos esperando con unos fideos… se van a chupar los dedos…
-¿No hay gaseosa fría? ¡Me tomaría una botella entera!
-No, lo lamento. Pero el agua está bien helada, y tenés todo el lago para servirte.
El día de viaje fue bajo un calor mortal, y viajando, a pesar de hacerlo con las ventanillas abiertas, a la temperatura se la sufre más.

Pronto nos olvidamos del calor. Recorrer el camino que se adentra en el Parque, hacia la confluencia de los lagos Paimún y Huechulafquen es como ir metiéndose en el Paraíso, o por lo menos como uno se imagina el Paraíso: el sol reflejándose en el agua y produciendo infinitos destellos plateados; los distintos colores que embellecen el bosque, entremezclándose y dando una sensación de eterna primavera; las cimas de los cerros al alcance de la mano, invitándonos más que desafiarnos a llegar hasta ellos; a lo lejos el penacho blanco del Lanín alzándose como un símbolo de eterna paz; y recortando el cielo, un cóndor surcando el espacio, majestuoso, solo, único.

Nos detuvimos ante el puesto de Guardaparques, que ya avisado de nuestro arribo, quería recibirnos junto a su familia.

-¡Hola chicos! ¿Qué tal el viaje?
-¡Bien! ¡Cansados! ¡Bárbaro!- las respuestas se entremezclaban dichosas. ¡Un Guardaparque! Vestía borceguíes, camisa y pantalón verde y un hermoso sombrero con una insignia en el centro. ¡Qué facha!
-Bueno muchachos, ya estuve hablando con Coco y con Héctor, pero quiero recordarles que tengan mucho cuidado con el fuego. El clima está muy seco, hace mucho que no llueve, y una pequeña chispita puede producir un incendio. Por favor, tengan mucho cuidado.

La recomendación fue dada con mucha firmeza, haciendo hincapié, con su actitud, de la gravedad del asunto. Jorge y Cacho ya nos habían hablado del tema, pero escucharlo del Guardaparque le dio otra importancia.
-Señor- me animé a preguntar. –Los dirigentes nos dijeron que tal vez Usted podría darnos una charla sobre el Parque y lo que es ser Guardaparque, ¿lo podrá hacer?
-Con mucho gusto. Cuando pibe también fui scout, así que va a ser un gran placer.

Esa sí que no la esperábamos. ¡El Guardaparque había sido scout! ¡Qué bueno poder tener una charla con él!
-¿Nos vemos luego entonces?- se despidió sonriente el Guardaparque.
-¡Sí señor! ¡Hasta luego!- respondimos a coro, mientras nos íbamos comentando entre murmullos de admiración lo lindo que debe resultar ser Guardaparque.

Del puesto de Guardaparques nos dirigimos al lugar en que se armaría el campamento. El camino pasaba por delante de la escuelita (en pleno funcionamiento a pesar del verano), un par de campings (con todas las comodidades que nosotros seguramente no tendríamos), la capilla (una hermosa construcción en madera que vimos a lo lejos), el puesto de Gendarmería Nacional (donde ondeaba hermosa una bandera), y luego de cruzar una tranquera llegamos a la casa de unos de los pocos pobladores estables del lugar, la familia Figueroa. En sus terrenos, a orillas del lago Huechulafquen, es donde se levantaría nuestro campamento.

El lugar elegido era magnífico. Un gran terreno plano con varios montecitos bajos esparcidos en él. Cada montecito fue ocupado por una Patrulla; allí armaríamos los Rincones de Patrulla (nuestra casa durante el campamento), mientras que en otro montecito ya estaba levantada la carpa de la cocina y lo que sería el Rincón de la Jefatura.
¡A trabajar!

Bajamos de la combi, que luego se dirigió a uno de los campings que vimos al llegar, tomamos nuestras cosas y a elegir dónde armar el Rincón.
La tarea de elegir el lugar donde armar el Rincón era función de los Guías. En tanto, el resto de la Patrulla separaba su cajón de materiales, la carpa y los elementos personales de cada patrullero.

Me dirigí al monte más cercano al cerro; detrás de mí y en la misma dirección corría Félix, el guía de los Tigres. Llegué primero, y me gustó lo que vi. Clavé mi Banderín de Patrulla. A partir de ese momento aquel sería el montecito de los Águilas.
Félix, medio sonriendo y medio protestando no tuvo más remedio que aceptar la derrota y buscar otro monte. Había varios para acampar y no era tan malo tener que escoger otro montecito.
Avisada la Patrulla de que ya tenía elegido donde armar el Rincón trasladamos todo hasta allí y pusimos manos a la obra. No disponíamos de mucho tiempo en lo que nos restaba del día, apenas el suficiente para armar la carpa y acomodar en ellas las bolsas de dormir.
Con la carpa armada y ya cenados (unos fideos con salsa que verdaderamente eran para chuparse los dedos), nos reunimos alrededor del fuego para escuchar la historia que nos tenía preparada Jorge. Jugamos tratando de atrapar a Cacho y de que ningún espíritu perdido se nos venga encima. Después, dormir y descansar.

El trabajo de la Patrulla comenzó bien. Personalmente ideé y organicé la construcción del Rincón: Spoletto y José Luis debían delimitarlo iniciando el cerco que lo rodeara; Arturo y Adrián se encargaron de conseguir troncos y cañas coligües para las construcciones; Marcos y yo comenzamos a preparar los pozos y los sectores donde iría cada una de las construcciones: mesa, bancos, portada, alacena, lavabo, pozo de residuos, tendedero. Había mucho por hacer, y si queríamos disfrutar del campamento nos teníamos que apurar a terminar todo rápido y bien hecho.

El resto de las Patrullas trabajó con el mismo entusiasmo y fervor. Los dirigentes armaron el mástil, un baño de campaña en otro montecito (al que llamamos el montecito marrón), y su propio Rincón, separado de la cocina.

El primer día de campamento fue trabajar con tesón para luego disfrutar. Hacíamos algún parate con algún pequeño juego para distendernos u otra actividad rápida y a proseguir con el Rincón. Es que esa sería nuestra casa: dormitorio, comedor, baño y patio de juegos. Por eso debía ser confortable y práctico, y para lograrlo no había más que trabajo y dedicación.

Por la tarde del segundo día, luego de la merienda, realizamos una pequeña ceremonia en donde nos confiamos a Nuestra Señora de los Scouts. Entronamos una imagen de Ella en un lugarcito especialmente preparado con ese fin. Era como una pequeña casita, tipo capillita, realizada con soguines y ramas, y colocada sobre una base hecha de piedras. La imagen de Nuestra Madre del Cielo amparando a un grupo de chicos de campamento tranquilizaba el corazón.

Ahora sí, ¡el campamento estaba listo!

información y descarga en libro electrónico

portada de la novela de Pedro Navarro "el Campamento de los Águilas"Pincha aquí para descargar el capítulo en formato epub y poder leerlo sin conexión. Si no sabes como hacerlo, aquí te lo explicamos.
El Campamento de los Águilas, una novela, ya publicada en papel, del escritor argentino Pedro Navarro que aparece en formato digital por primera vez gracias a esta iniciativa (y la confianza que ha depositado el autor en La Roca, cosa que le agradecemos).
Cada capítulo será liberado en forma de artículo en el Blog y también en formato epub para poder disfrutarlo en cualquier momento y cualquier dispositivo.

Foto de portada: Miguel Navarro. Foto del capítulo uno: Mario Ruffa.

Si te ha gustado consigue desde ya el siguiente capítulo apuntándote al grupo de lectura de nuestra red social scout: SEIS GRADOS.
Si quieres adquirir el libro en formato físico ponte en contacto con el autor dejando un comentario a continuación.

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2 Respuestas a “El Campamento de los Águilas. Capítulo 1: ¡Vamos al campamento!”


  • Me interesaría adquirir el libro, lo malo, soy de Chile y hay que enviarlo.

    Me indicas por favor los valores.

    Gracias,
    René

  • Pedro Navarro

    Estimado René: Nos comunicamos por medio del correo electrónico en tanto veo las posibilidades de envío del libro a Chile. Un abrazo, Pedro

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