¿Castigar? No, gracias.

Melani Cendoya es psicóloga, especializada en atención temprana, y en su blog comparte sus experiencias y conocimientos en temas de psicología e infancia. Del mismo he recuperado este artículo donde reflexiona sobre la utilidad de los castigos.

En twitter suelo tener conversaciones muy estimulantes. Hace un par de días intercambiaba opinión con otra psicóloga que hablaba sobre la necesidad de imponer castigos coherentes, consistentes y firmes a la conducta conflictiva del niño así como premiar lo que hacía bien. La verdad es que estaba muy bien pero todas estas medidas estaban obviando, en mi opinión, lo más importante de la educación. El incumplimiento de una norma posiblemente sea la respuesta a un estado emocional del niño que, si castigamos, estamos ignorando o rechazando. Cuando un niño se porta mal o desobedece y actuamos con intolerancia, rigidez y castigos inflexibles, le estamos agrediendo por lo que siente. Si en cambio lo permitimos y hacemos como si no pasase nada o que no es para tanto, le estamos abandonando ante sus emociones.

Intolerancia ———————————————————- Permisividad

Agresión ————————————————————— Abandono

Pero existe un lugar en el se equilibran ambas posiciones. Se trata de responder y de tolerar con afecto pero con firmeza lo que el niño nos está transmitiendo con esa conducta. Porque lo que hace no es aleatorio, no surge porque sí y menos, a propósito como algunos padres piensan cuando dicen que “lo hace para fastidiarles”. ¿Cómo alcanzar ese punto de equilibrio?
Para entender lo que supone un límite (no hablaré de normas porque me recuerda mucho a Supernanny y le tengo un poco de manía) vamos a explorar la cadena que nos lleva hasta a ellos. Además nos dará la explicación de porqué los castigos no son la mejor opción.

atencion temprana 1

Empezaremos la cadena desde el principio que, como todo, está en nuestro interior como personas: nuestra vida subjetiva formada por pensamientos, creencias, actitudes, ideas, emociones, etc.

atencion temprana 2En base a ellas creamos un discurso, una línea de pensamiento coherente que definirá los límites posteriores. Por ejemplo, el conocimiento científico constituye el discurso médico que establece el límite, una frontera, entre lo que es la normalidad y la anormalidad. Otro ejemplo: las creencias crean un discurso religioso que establece un límite entre la moralidad y la inmoralidad. En función de los límites que establecemos, se va creando un “objeto”, una forma (el triángulo que se ha formado tras definir 3 límites), es decir, la experiencia. Si seguimos con el ejemplo del discurso religioso, salirse de los límites de la moralidad supondría una experiencia de sufrimiento corporal para redimirse, por ejemplo.

Afirmamos, pues, que lo que hay en nuestra subjetividad condiciona qué límites ponemos y por lo tanto cómo vivimos la experiencia. Entonces, ¿qué sentido tiene penalizar una conducta conflictiva cuando es únicamente el final de la cadena? Si el poder reside en las creencias y en el pensamiento, ¿no sería más efectivo y lógico modificar primero éstos?

Todo esto está muy bien, me dirás, pero ¿cómo lo llevamos a la práctica?

atencion temprana 3Volvamos al continuum permisividad – intolerancia de ahí arriba. Por una parte poner límites es imprescindible, pero creo que son más efectivos los límites en la mente. Hace un tiempo leí a Foucault y me quedé con una idea clave suya que viene a decir que es más efectiva la creencia de que hacer algo no sirve para nada que el castigo en sí mismo. Cuando el niño se porta mal, de forma agresiva por ejemplo, y le castigamos al rincón, él lo vive como si le estuviéramos dejando sólo con su agresividad desbordante, por eso no ha podido controlarse. Muchos niños en estos casos se ponen muy ansiosos o, si son un poco mayores, responden aún con más violencia: se está defendiendo de un sentimiento de peligro que le crea su propia agresividad. Por otra parte, permitirle que grite, chille o pegue como si no pasase nada sería transmitirle que estamos de acuerdo con él. Es un abandono ante sus sentimientos, un “búscate la vida” que en los siguientes años se traduce en personas irrespetuosas y poco empáticas con los demás.

En cambio, si decidimos acompañarle en su agresividad, darle un significado a lo que está viviendo, aprenderá que lo que siente no es tan destructivo; por lo tanto ni se defiende con más violencia ni le sobrepasa la situación. Los padres son los pensadores de los pensamientos de sus hijos. Ellos aún no tienen esta capacidad que adquirirán gracias a que sus padres lo hacen por ellos. Es estimular la capacidad de pensar, diferenciar sus sentimientos de los de los demás, sus deseos, los medios que utiliza para conseguirlos, sobre la frustración que le supone no poder conseguir lo que quiere, sus contradicciones… Todos estos componentes, cuando los aprenda, formarán parte de su bagaje personal para afrontar otras situaciones. Para dar este significado a las situaciones existen distintas estrategias. Los padres tienen que encontrar la más adecuada para ellos mismos y sus hijos en función de cómo sean y de la edad. En realidad educar es un proceso que requiere una buena dosis de creatividad. Aquí van algunos ejemplos que deberás adaptar a lo que tienes en casa y a lo que consideres oportuno, al fin y al cabo tu hijo es tu responsabilidad y tú debes decidir.

– Con los niños pequeños los padres serán los principales narradores. Interpreta lo que ha pasado y lo que puede estar sintiendo,incluso con un poco de humor si la situación lo permite.

– Cuando el niño está haciendo algo mal como pegar a su hermanito con un palo, dale alternativas. En lugar de empezar con la clásica bronca (agotadora para todos por cierto), proponle salir al balcón a ver qué puede hacer con ese palo o dile que te lo preste porque vais a hacer otro juego todos juntos.

– Si está alterado, antes que el castigo o reprimendas racionales, intenta calmarle a través del cuerpo. Si se deja con el tacto, puedes abrazarle. También puedes pedirle que te imite mientras hacéis unas respiraciones tumbados en el suelo. Una vez calmado será más sencillo hablar con él. Algunos psicólogos optan por la famosa “silla de pensar”. ¿Acaso no pensamos constantemente? Yo prefiero llamarle la silla de relajarse (si es que se quiere usar una silla; puede ser una alfombra en el suelo para tumbarse). El procedimiento es el mismo: acompañarle a ese sitio, tocarle, respirar profundamente juntos para que se tranquilice. Es un recurso que podrá usar cuando sea mayor.

– Si ha metido la pata o no ha sabido autocontrolarse (como sería natural pues nadie nace sabiendo), ayúdale a enmendar su error. No como castigo sino como forma de responsabilizarse de sus actos y ser consecuente con ellos. Y házselo saber.

atencion temprana 4– Si es algo mayor, podrás valerte mucho más de su palabra. Escucha antes de castigar o regañar, posiblemente puedas conectar con sus motivos por los que se ha portado mal. Si tú le escuchas, él también te escuchará. Cuando están enfadados no atienden a razones (como los adultos), así que dale tiempo para que se calme. Hazle saber, con tus palabras y tu afecto, que esas emociones pasan y que en un rato se sentirá mejor. Cuando se haya calmado, negocia con él otra forma de hacer las cosas.

En todos estos casos estamos aportándole seguridad y confianza en sí mismo teniendo en cuenta su totalidad y no sólo fijándonos en las “conductas que hay que cambiar”. Es cierto que esta manera de hacer requiere mucho tiempo, paciencia y creatividad por parte de los padres pero me parece una visión respetuosa con sus sentimientos que, a la larga, le dotará de recursos para superar las adversidades de la vida. Dejará de hacer no por el miedo a las represalias sino porque realmente comprende que puede hacer daño a los demás y sobre todo a sí mismo. Hemos incidido en el inicio de la cadena.

Este artículo fue escrito originalmente en el blog de la autora y ha sido reproducido aquí con su amable autorización.

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1 Respuestas a “¿Castigar? No, gracias.”


  • gato legendario

    Equilibrio. Todo es cuestión de equilibrio.
    A mi manera de ver los castigos son un arma más para ayudarnos en la educación y no tienen por qué despreciarse. No son buenos ni malos en sí, sino en función de cómo se usen.
    Y desde luego deben adaptarse a cada etapa del desarrollo.
    Se aduce muchas veces al diálogo con los pequeños…como si fueran pequeños adultos. Pues no estoy de acuerdo. La capacidad de comprensión de los niños pequeños (hasta los 7 años), aunque a nosotros nos parezcan muy listos (sobre todo si son los nuestros) es muy limitada, como lo es su capacidad de establecer las consecuencias de los actos. Ellos no pueden PREVER ciertas consecuencias de sus actos y eso es parte de su desarrollo.
    Así, de los 2 a los 7 años, Piagett describía un estado “pre-operacional”, con ciertas características como la centralización (se fijan en un solo detalle ignorando los demás) , la irreversibilidad (no son capaces de volver atrás con el pensamiento), el egocentrismo (no hacen mucho caso a los demás, sus opiniones o maneras son las verdaderas), o la transductividad (establece asociaciones arbitrarias que les llevan a conclusiones erróneas, les cuesta trabajo llegar a deducciones).Si buscáis podréis encontrar ejemplos visuales en la red que quizá os sorprendan.
    Evidentemente a partir de la edad de manada las cosas son muy distintas pero lo comento a modo de ejemplo.
    Y desde luego no quiere decir que no debamos explicar las cosas con paciencia y cariño sino que en según qué momentos quizá puedan ir reforzados por alguna acción tipo “castigo”.
    Doy por supuesto de ciertas bases en las que todos estaremos de acuerdo:
    1) El ejemplo de los educadores, como base fundamental.
    2) El establecimiento de unas normas claras y por supuesto explicadas con el lenguaje que los chicos entiendan (lo que no se conoce bien no se puede cumplir).
    3) El establecimiento de unas consecuencias claras al incumplimiento de ciertas normas (causa-efecto, los cachorros de todas las especies actúan por ensayo-error y así es cómo aprenden). En esto debemos poner especial cuidado en no caer en los indultos. Ni propios ni por parte de otro adulto, pues de lo contrario aparece la sensación de arbitrariedad. “A veces sí y a veces no…voy a probar qué me sale esta vez”.
    No es que los niños sean malos sino que prueban, intentan medirnos y no podemos darles mensajes confusos, ahora sí y ahora no.
    Los niños son egoístas por naturaleza y tratan de buscar su placer inmediato y su felicidad pero nos corresponde a nosotros ponerles los límites para el bien de la convivencia, pues su placer puede chocar con el de los demás y eso es muy difícil que lo vean.
    También veo un problema añadido. El que al evitar a toda costa los castigos corremos el riesgo de que cuando otro adulto le imponga uno por cualquier causa el chico no sea capaz de encajarlo.
    Desde luego a la hora de imponer un castigo es imprescindible LA INMEDIATEZ. Esa es precisamente una de sus virtudes, pues los niños no entienden de demoras, ni en el castigo ni en el premio.
    Los partidarios de excluir los castigos argumentan que éstos no van a erradicar la conducta negativa de manera duradera… tampoco está demostrado que la otra opción lo vaya a conseguir.
    Otro de los argumentos clásicos es el que “distancia a padres e hijos”. No lo creo ni por un momento. De hecho esto se puede apreciar muy bien con los perros. Si observas su comportamiento es claramente perceptible que el mayor apego del animal y por quien siente más respeto es precisamente por el que impone las normas y el que lo regula (todavía recuerdo al pastor alemán de mi tío. A pesar de que nosotros, los pequeños, nos pasábamos los días jugando con él, paseándole y dándole todo el cariño que podíamos…cuando llegaba mi tío del trabajo sólo tenía ojos para él. Sabía quién era la autoridad en la familia y todo animal LA NECESITA). Y es evidente que los niños también tienen la necesidad de ser regulados ( el concepto de padre-amigo a mi juicio es un gran error, el padre debe ejercer de tal).
    Los niños no son animales, es cierto, pero el comportamiento básico es el mismo. Quizá el distanciamiento se produciría si se castiga de forma desproporcionada (no sólo en calidad sino también en cantidad, demasiados castigos hacen que pierda el valor, deberían limitarse a circunstancias muy concretas) e injusta.
    Dicho todo esto lo que sí me parece importante es analizar el origen de algunos comportamientos, pues podrían responder a una falta de atención o de estímulos positivos de los educadores o los padres, o incluso de falta de recursos por parte de los chicos para entretenerse.
    Como leí en una entrada del foro “es más fácil castigar mal que castigar bien”. En todo caso os recomiendo encarecidamente que le echéis un vistazo al intercambio de opiniones entre Darzee y Marga Estrada. Lo podéis encontrar en http://foro.larocadelconsejo.net/viewtopic.php?f=1&t=1444&hilit=castigo
    Un apretón de zurda

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