Escultismo y aventura (tercera parte)

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La aventura y el arte

Teniendo en cuenta definiciones anteriores decimos que la aventura es una forma de experiencia donde sentimos plenamente la vida y difícilmente podamos avanzar en su entendimiento sin considerar las dimensiones éticas y estéticas que se ponen en juego. Lo estético no es sólo cuestión de imagen; un contemporáneo de Simmel – Sigmund Freud – opinaba que “a la estética no se la circunscribe a lo bello, sino que se designa como doctrina de las cualidades de nuestro sentir” [1], por ello cada vez que recordamos algún suceso aventuroso de nuestra vida nos viene a la memoria una constelación de sentimientos, palabras e imágenes articuladas. No existe apreciación estética por fuera del lenguaje, por ello la construcción de la constelación de la aventura se hace entre el muro del lenguaje y el de la imagen, fuera de ellos encontramos aquello que es imposible de simbolizar y que se denomina real (que no es la realidad, porque esta implica simbolización)

De la misma manera que un cuadro tiene un marco que lo circunscribe [2] y un lienzo donde se pinta la obra, en la articulación ética – estética se conforma un marco simbólico que opera circunscribiendo los acontecimientos y que permitirá ordenar y localizar la experiencia. El lanzarse a la pura contingencia no es aventura ya que no se juega con lo serio. En lo aventuroso el sujeto se dirige a lo contingente con determinados recursos simbólicos – imaginarios que permitirán a partir de las identificaciones y conocimientos adquiridos ir construyendo respuestas ante los distintos sucesos. Si este marco no existiese el sujeto no podría orientarse y responder anticipadamente. Recordemos que lo aventuroso es vivido en cierta ensoñación que es mas profunda cuando más se aleja de lo cotidiano; si el marco simbólico es el del “hombre de los bosques” el sujeto lo vivirá como “hombre de los bosques”, identificación imaginaria (del Yo) en la que se articularán normas, valores y conocimientos que orientarán al sujeto durante el desarrollo de la aventura y ante la emergencia de lo novedoso. En una situación de riesgo psíquico o físico, comprobar que no se posee la destreza que se suponía desencadena la angustia o la vivencia de terror que al inhibir al sujeto suele producir desenlaces trágicos. Si en la ensoñación el Yo se duplica viéndose el sujeto como protagonista de una especie de película donde dispondría de los recursos para hacer frente a lo inesperado se hace necesaria la planificación del aventurero profesional para disminuir la posibilidad de riesgo vital o traumático en quienes deciden vivir la aventura. Cuando esto no ocurre aumenta exponencialmente todo tipo de riesgos psíquicos y físicos con la posibilidad de que el sueño rápidamente se convierta en pesadilla… tengamos en cuenta que las “historias reales” de los aventureros suelen construirse en función de quienes tuvieron buenas experiencias vitales, ocultándose las historias donde la tragedia y la muerte son el desenlace final, ya que esto no constituye una aventura.

Como en nuestra época vivimos en un mundo que exalta lo imaginario por sobre las posibilidades del sujeto; debemos ser muy cuidadosos por el engaño que implican las propagandas que incitan a la aventura, ofreciendo como mediadores diferentes objetos de consumo que van desde el alcohol hasta las zapatillas… El guión publicitario ofrece cosas para que el sujeto se identifique con determinada comunidad de estilo y de esta manera solucione imaginariamente las dificultades en torno a lo real de la sexualidad y la muerte. También debemos ser cuidadosos con las practicas educativas que se constituyen como un delirio teórico compartido suponiendo que a) Simplemente con contar con los elementos el sujeto es capaz de solucionar el problema, por lo que no es necesario alguien que ocupe un lugar de saber para transmitir los conocimientos adquiridos por siglos de transmisión cultural b) Las pedagogías que critican la repetición de la técnica y que la confunden con un objetivo “procedimental” que no necesita ser “ejercitado”.

Nuestro “mundo pantalla” en los niños y adolescentes provoca sensaciones que pueden llevar a situaciones de altísimo riesgo; ser campeón del “need for speed” no me da experiencia de manejo de vehiculos, de la misma manera que fumar determinado cigarrillo que vi en la TV no me habilita para correr picadas en la ruta – aunque lamentablemente algunos lo hacen – Para manejar un auto con destreza deben suceder otras cosas, y es sobre ellas que debe tener efecto el marco simbólico de la aventura que se propone. En la articulación ética y estética las imágenes pueden simbolizarse y las palabras pueden imaginarizarse en el guión de la aventura y en cada una de las expresiones que conformarán su vivencia. Es muy importante que quien se encuentre en el lugar del aventurero profesional sea capaz de transitar por el “cuadro” despertando el entusiasmo de los aventureros. Recuerdo que en ocasión den realizar una excursión con scouts, mientras caminábamos por el cauce de un río en un momento me di vuelta noté en los rostros de los niños un goce que los atravesaba a cada uno de distinta manera (la fantasía de cada uno resonaba en la fantasía grupal); ellos no sabían que el día anterior habíamos recorrido de lado a lado y a lo largo los 500 metros por los que transitábamos verificando la seguridad del lugar por lo que la vivencia de incertidumbre (la de ellos porque nosotros conocíamos la ausencia de riesgos) le otorgaba un condimento especial a una actividad en la que en cualquier momento podría suceder cualquier cosa. Quien ocupa el lugar del aventurero profesional es el responsable de que la aventura pueda ser vivida y por medio de las opciones estéticas que elije – como en este caso-, permitir que un grupo de chicos pueda tener una vivencia de “alto voltaje” sin que exista riesgo para ellos… este manejo de los aspectos imaginarios de la aventura permite la articulación de sentimientos, palabras e imágenes en un relato que en parte será construido y compartido por todos y que en parte será patrimonio singular intransmisible de cada participante.

Es interesante plantearnos que la experiencia de la aventura dentro de su Marco Simbólico posibilita en muchas oportunidades distintos tipos de experiencias que se relacionan entre si: sublimes, de beatitud y místicas. En las experiencias sublimes el sujeto se encuentra con una disposición particular del espíritu en la que cierta representación placentera (aquello que enmarcado en el cuadro) ocupa su facultad reflexiva, por ello Simmel afirma que la aventura sucede en un “no pensar” lo que implica un rebajamiento de la conciencia que permite la ensoñación; lo sublime se encuentra del lado de la contemplación por lo que el sujeto depone la mirada ante la experiencia para dejarse atravesar por ella, provocándole en algunas ocasiones el sentimiento de beatitud o de felicidad plena que para los antiguos griegos era señal de sabiduría. Finalmente la aventura puede provocar que el sujeto se encuentre con una experiencia mística que en el primer texto de la revista (Apuntad Alto! “Volver a BP”) definimos de la siguiente manera: “aquellas experiencias simbólicas, indecibles, que permiten que la individualidad se subsuma en una vivencia de Unidad con Dios o con los Ideales que sustentan el Ser; que sumergen a la persona en un “alto voltaje” produciendo un crecimiento por Identificación al amparo de los Ideales”.

Vladimir Jankelevitch afirma que “las aventuras de los demás o las mias, en tanto que me han convertido en otro o en una tercera persona ante mi mismo tienen por definición un carácter estético”, quizás por ello pasan a formar parte del patrimonio de los relatos de las personas, grupos y comunidades.

[1] Sigmund Freud, “Lo ominoso”, AE XVII

[2] Horacio Wild. Revista Conceptual Nro. 8 – Estudios de Psicoanálisis. Articulo “El ícono, una palabra para el ojo”

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