El castorcito feo [un cuento de campamento con moraleja]

Castores disfrazados en un campamento

Castores disfrazados en un campamento

Érase una vez un Campamento Scout en el que todo el mundo era muy feliz y todos se trataban como hermanos.

Los Scouts más mayores estaban encantados de convivir con la Colonia y la Manada, dónde encontraban a sus hermanos pequeños y no perdían ocasión de ayudarles y compartir ratos de charla y juego con ellos.

Por supuesto, tal y como sucede en una familia, cada cual tenía a su hermano pequeño favorito:
Ese lobato tan guapo,
esta castora tan sonriente,
esta lobata con mucho desparpajo,
ese lobato tan gracioso…

Y a ellos dedicaban especial cariño y atención.

Escuchaban lo que tenía que contarle,
les animaban a comer cuando el menú de campamento no era de su gusto,
jugaban con ellos en el tiempo libre,
siempre tenían un beso para darles cuando se cruzaban por el campamento…

Pero en la Manada y la Colonia no sólo estaban los guapos y guapas, las simpáticas y los simpáticos, los graciosos y las graciosas. También había Lobatos que no eran graciosos, ni rubios con ojos claros, ni guapos y Lobatas que no tenían una mirada dulce o simplemente no llamaban la atención. Había Castores tímidos y Castoras gorditas.
Y para esas niñas y niños que no parecían sacados de un anuncio de coches, no había ningún hermano mayor favorito.
En el seno de la Familia Feliz y dentro de la Madriguera se sentían uno más y nadie les daba de lado por su físico, su timidez o su falta de desparpajo. Pero en el comedor, en el tiempo libre y en las actividades de grupo volvía la sombra del patito feo sobre ellos. Mientras unos Lobatos eran llevados en brazos por un Esculta o se sentaban sobre las rodillas de un Rover, ellos permanecían sólos, apartados sin querer por ser diferentes.

¿Te suena la historia?
Este pequeño cuento lo escribió una de mis hermanas, entonces jefa de colonia, en el año noventa para concienciar al Consejo sobre la importancia de respetar, en trato de igualdad, a los Castores.

Una de las tareas que como Viejo Lobo he repetido año tras año es contarles este cuento a la Unidad y al Clan de mi grupo y hacerles ver que cuando traben amistad con un Scout pequeño sea por razones que vayan más allá de si es bonico, si tiene los ojos azules o de si tiene mucho desparpajo.
Que no le hacen ningún favor ni es realmente amistad si lo tratan como un muñeco, cogiéndolo en brazos a todas horas, dándole de comer, besándolo continuamente, diciéndole lo guapo que es.

Y por si fuera poco daño, además dejan de lado a otros niños porque no son guapos, no son graciosos o simplemente no llaman la atención.
Los responsables de la Colonia y de la Manada tratamos a todos por igual y repartimos nuestro cariño y nuestra atención a todos y pedimos que en el grupo, independientemente de las relaciones de amistad que puedan surgir, que todos los Scouts respeten a los Scouts más pequeños de la misma forma.

Cierto es que en todos los campamentos que he vivido no ha habido nunca mala intención por parte de los hermanos mayores. Nisiquiera eran conscientes del daño que hacían y por el contrario creían beneficioso para ambas partes esta relación, que yo dificilmente llamaba amistad pero que ellos así lo veían.

He hablado aquí de la Unidad y del Clan pero en algunos casos también cayeron en el error troperos, cocineros y por supuesto algún que otro Scouter.

Si en tu Campamento observas esta situación no regañes a unos y a otros porque probablemente no sean conscientes de que han tomado la senda equivocada. Hablales de la historia del Castorcito Feo y hazles ver que puede haber una relación de hermandad muy hermosa si la basamos en el respeto mutuo y en igualdad de condiciones.

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