El Escultismo es una cosa muy seria

Seguro que ante esta rotunda afirmación cualquier lector pensará que la reflexión no puede esconder nada nuevo ante algo tan evidente. Pero mi reflexión parte de unas experiencias determinadas, por unas circunstancias pasadas, insalvables, que diseñaron el escultismo en una época, en unos jóvenes llenos de ilusión y en unos grupos nuevos, emergentes, donde lo más importante era el sobrevivir, como objetivo único y prioritario. Sobrevivir para poder dar a las generaciones venideras lo que recibimos de manos de otros jóvenes que nos precedieron con la misma ilusión y entusiasmo.

Cuando esas circunstancias han cambiado, es evidente que las condiciones y los recursos con los que disponen los educadores scouts no son los que teníamos hace veinticinco años, me causa sorpresa que se repitan patrones de conducta educativa, evidentemente no justificadas. Me refiero al “método educativo” de repetir lo que hicieron conmigo mis scouters cuando yo era un educando, basándose y justificándolo con el fundamento de “si funciono conmigo… ¿porqué no va a funcionar con estos chavales?”.

Este planteamiento hace que cosas tan triviales como enseñar una canción se perpetúen por los tiempos, y al cabo de veinte años echas un vistazo en una sección del que fue tu grupo y observas con incredulidad que se siguen repitiendo las mismas canciones, los mismos juegos, los mismos talleres, las mismas técnicas… y que además siguen un patrón temporal establecido muchos años atrás, justificado en su tiempo pero que en nada responde a las necesidades actuales.


Antiguamente, cuando yo comencé mi camino como educador, lo que luego sería mi profesión y de la que estoy totalmente enamorado, intentábamos repetir patrones, pues no teníamos otra cosa, no contábamos con escuelas escultistas, las que nacían lo hacían con paso lento, no teníamos recursos didácticos apropiados y ajustados a la educación en el tiempo libre, los libros que hablaban de escultismo actual eran pocos o estaban escritos en inglés, francés o eran publicados en países sudamericanos que en nada respondían a nuestra realidad, y muchas cosas que caían en nuestras manos eran difícilmente aplicables, por lo que nuestro esfuerzo residía en aportar elementos nuevos, extraídos y adaptados de esas publicaciones, al modelo educativo que habíamos recibido como educandos. Y funcionaba. Creamos un bucle que se repitió durante mucho tiempo, salvándolo de caer en el aburrimiento a base de ilusión y entusiasmo, de un fuerte sentido de pertenencia que hacía de tu grupo un ente único, genial y maravilloso, donde de cara al exterior todo estaba en su sitio y todo estaba bien resuelto. Pero, evidentemente, esto tenía fecha de caducidad… pero no caducó.

Con el paso del tiempo y la llegada de las modernas escuelas scouts de tiempo libre la situación dejó de estar justificada. En aquellos tiempos donde la pervivencia del grupo era lo más importante, una vez consolidados, dejo de ser el objetivo prioritario y hubo que trabajar en el campo educativo. Investidos de una ilusión sin límites nos dimos cuenta de que muchas cosas que realizábamos tenían una justificación pedagógica, tenían un por qué, y esa constatación hizo nuestra labor mucho más interesante, más válida, en un momento fuimos capaces de justificar algunas cosas que hacíamos por tradición con un argumento pedagógico; pero también comprobamos que otras cosas no lo tenían y que resultaban ser dañinas.

Esa constatación trajo consigo que desde la formación se hiciera hincapié en reforzar lo adecuado y en desterrar lo inadmisible. De esa época nace la necesidad de corregir errores muy graves que, por ejemplo, se habían asociado a las famosas totemnizaciones indias, entre otras, o al hecho de que el método educativo no tuviera una adaptación a los tramos de edad y que estos fueran muy similares en una sección y en la otra que le precedía. En definitiva, nuestra labor de investigación, adaptación y formación tenía una necesidad que con la consolidación de las escuelas fuimos capaces de realizar y ese tiempo pasó.

Ahora no existe esa necesidad; los programas están perfectamente definidos y justificados, las herramientas didácticas responden perfectamente a los objetivos, el método está adaptado y limitado por edades y la organización posibilita el conocimiento… pero desde la obligación.

Nuestros educadores tienen la OBLIGACIÓN de formarse y esto les condiciona a la hora de participar de la formación. Pocos son los educadores que participan de la formación en el convencimiento del valor de la misma, o con la convicción de aprender algo nuevo de verdad. Lo cierto es que cuando un joven participa en los cursos de formación asimila unos conocimientos que le facilitarán su labor como educador, pero ¿y los que se niegan a participar de esta o no pueden? Estos son los que vuelven a repetir patrones educativos, en los que participaron como educandos, sin el conocimiento del porqué y esto hace de su labor un peligro, pues para mantener la atención de los jóvenes introducirán nuevos elementos que en el mejor de los casos supondrá una mejora en su labor educativa, pero corriendo el riesgo de que esto no sea así y en el empeño por innovar cometan verdaderas aberraciones.

Hagamos de la NECESIDAD de la formación el verdadero sentido de esta y despejemos la obligatoriedad (que existe); no hagamos de la obligatoriedad el único sentido de la formación, inyectemos ilusión a nuestros jóvenes educadores haciéndoles ver lo bueno del conocimiento, haciéndoles saber que su función educativa tendrá mejores resultados cuando despejen todas las incógnitas de su labor como educadores, que dejen de ser meros transmisores de actividades, de pasatiempos, de entretenimientos… que no pase por la cabeza de un scouter la idea de repetir programas ajenos, démosles las herramientas y los conocimientos necesarios para hacer su propia labor educativa, sin repeticiones y desterrando de una vez por todas la frase de “esto lo hacemos así desde hace mucho tiempo… desde antes de que tu vinieras” como único argumento para justificar una acción.

Por todo esto es necesario hacer ver que el escultismo es una cosa muy seria, donde nada se puede dejar a la improvisación, donde no todo tiene acogida, donde trabajamos en un marco educativo perfectamente definido, con un método que nos hace únicos y con una adaptación en los programas sustentados en la realidad de cada pueblo, de cada barrio, de cada niño…

Es importante hacer ver la importancia de la formación en nuestra organización, y es labor nuestra alentar a los jóvenes educadores a que se acerquen a esta… señores, que el escultismo es una cosa muy seria.
Podemos hablar de la ética y la calidad en la formación… pero ese es otro tema.

saber más:
Breve historia de la Escuela “Insignia de Madera” de Murcia
en la Enciclopedia scout en español

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2 Respuestas a “El Escultismo es una cosa muy seria”


  • Concuerdo: lo bonito del escultismo es que es un juego, pero en serio….

  • estoy totalmente deacuerdo con todo lo planteado.Estas situaciones ocurren,desde mi punto devista,cuando los educadores,monitores scouters o còmo lo querais llamar,se equivocan considerando el escoultismo como un fin en si mismo,no dandose cuenta que lo que tienen es una herramienta,que en su momento BP diseñò,y nos la dejò para ser usada

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